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jueves, junio 13, 2024

Los escenarios económicos proselectorales

Por Luis Alberto Arias

Un análisis prospectivo sobre ofertas y realidades

La campaña electoral ingresa a la recta final y los candidatos se esfuerzan por aumentar sus promesas que consisten en: crear empleos temporales, otorgar más bonos a la población, aumentar la inversión pública, aumentar los gastos en salud y educación, reducir la pobreza y dar incentivos tributarios.

Lo que casi ningún programa ha desarrollado ni ningún candidato ha señalado en entrevistas y debates, es cuánto costará el conjunto de sus promesas y cómo van a financiar sus ofertas electorales.

Una vez que la campaña electoral haya culminado y los peruanos hayamos elegido al nuevo presidente o presidenta, lo más probable es que los programas y las promesas sean encarpetados.

El nuevo presidente o la nueva presidenta enfrentarán la realidad de un congreso en el que no tendrán mayoría. Inclusive, tener la primera minoría está en cuestión. Ello como resultado de nuestro sistema electoral de dos vueltas en la que en la primera se elige el Congreso y en la segunda a quien presida el Ejecutivo.

De esa manera  las promesas de campaña tendrán que ser negociadas y consensuadas con un Congreso adverso que tendrá su propia agenda tal como ya lo hemos visto con el actual Congreso.

En otro campo, la principal preocupación del presidente(a) será la lucha contra la pandemia. Dada la escasez de vacunas que está marcando el primer semestre del presente año, lo más probable es que el nuevo gobierno se tendrá que hacer cargo de buena parte del proceso de vacunación masiva.

Además, aún estaremos en una etapa de transición en el combate al virus, etapa que se caracterizará por la intermitencia entre la relajación de medidas y los encierros o confinamientos (miremos los casos actuales de Paris y Santiago de Chile). En dicha etapa no se descartará el otorgamiento de nuevos bonos y los gastos de apoyo al sector salud para la compra de vacunas y otros suministros médicos. Las guerras cuestan y la lucha contra el coronavirus, obviamente, también.

Así llegaremos a fin del año 2021 o inicios del año 2022, con las arcas fiscales casi completamente diezmadas y con el país más endeudado. Cuando ese momento llegue, la usual luna de miel que se le concede al Ejecutivo habrá terminado. En realidad, es más que optimista suponer que habrá una luna de miel.

A partir del segundo trimestre o semestre del 2022, estaríamos ingresando al periodo pospandemia. Para ese momento el nuevo gobierno tendrá que elegir en qué escenario se quiere ubicar:

  1. El primero, un escenario básicamente de piloto automático que lo retornará directamente a la situación pre pandemia: bregando por un equilibrio fiscal que se lograría básicamente por la recuperación de la recaudación que traerá la reactivación económica, pero con espacio fiscal insuficiente para acometer las grandes reformas asociadas a la mejora del gasto social y de infraestructura. En el retorno a la pre – pandemia habrá sin embargo más desempleo, más pobres, más informalidad y, por qué no, más desigualdad.
  2. El segundo, un escenario en el que se planteen las reformas que se necesitan en el campo de la salud, pensiones, educación, lucha contra la pobreza y descentralización, que requerirá un espacio fiscal mucho mayor, y que lleva inevitablemente a una reforma del Estado que busque un mejor gobierno que brinde mejores servicios a los ciudadanos con un ahorro de gastos improductivos y a una reforma tributaria a fondo, de la que nos ocuparemos más adelante.

De modo claro se podría afirmar que el segundo escenario es el que requiere un mayor esfuerzo, más cuadros calificados, un trabajo de mucho mayor integración entre entidades públicas y reformas institucionales y es a la vez el que encontrará más obstáculos, muchos de ellos en el Congreso.

No obstante, la situación podría cambiar por un evento que a medida que transcurren las semanas está aumentando en su probabilidad de ocurrencia: un nuevo súper-ciclo de precios de metales. Así, tal como ocurrió a partir del año 2003 los buenos precios aumentarían las utilidades de las mineras y con ello la recaudación, contribuyendo a recuperar las alicaídas finanzas públicas. No solo eso, el boom de los precios de los metales traería un círculo virtuoso de inversión privada y crecimiento. Si ello ocurriera ojalá sepamos aprovechar esta vez “las ganancias que trae el viento”.

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