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sábado, diciembre 3, 2022

El consenso, condición necesaria para la vida de todos los peruanos

LOS MEDIOS Y LOS FINES

Los acontecimientos de la coyuntura política poselectoral enervan a cualquiera. Desconocimiento de la (tercera) derrota consecutiva, acusaciones de fraude, de falsificación de firmas, impugnación de actas, solicitud (vía habeas data) del padrón o lista de electores con toda la información de los peruanos, resurrección de políticos jubilados, concurrencia de abogados vinculados a grandes intereses, pedidos de anulación de la segunda vuelta por parte de antidemocráticos periodistas, políticos derrotados y militares en retiro; además, de la  reciente e ilegal solicitud de declinación (eufemismo utilizado para esta ocasión) o renuncia de Luis Arce Córdova, miembro del pleno del Jurado Nacional de Elecciones, justifican desde toda referencia este estado de ánimo y nos convence cada vez más que, aparentemente la fiscalía no se equivoca al sostener que no estamos frente a un partido político, sino ante una organización criminal que ha extendido sus oscuras redes por todas las instituciones del país y que se escuda en un libreto cuyos integrantes han aprendido bien y repiten hasta el cansancio, azuzando y embaucando  muchas veces a la gente de buena voluntad: la defensa de la democracia contra el pretendido comunismo.

Sin embargo, esta crisis, que es el efecto de un problema de fondo mucho más intenso y estructural, va a atenuarse, desfogando pronto toda su violencia por otros canales mucho más peligrosos, sobre todo desde la extrema derecha (Martín Navarro, Pata Amarilla: 18/03/2021). Por eso, siempre teniendo como horizonte el bienestar de nuestro país, tanto para el próximo gobierno como para nosotros los ciudadanos, se hace necesario el trabajo en unidad contra el mal mayor, para que, por medio del consenso, se reconduzca la caínica polarización y enfrentamiento en el que estamos sumergidos. Sin el logro de esta condición mínima, será imposible dar batalla a los verdaderos enemigos de todos los peruanos y que nos destruye por igual: la pandemia, la falta de trabajo para (sobre)vivir, y ahora más que nunca, la corrupción.

Antes y durante el proceso electoral, lógicamente, estos aspectos eran los de mayor relevancia (Martín Navarro, La República: 27/03/2021). Cualquier persona en su sano juicio no habría dudado en ello, hasta que se reveló con toda su furia la disputa electoral en segunda vuelta por mantener la dominación del país. Por ello, la búsqueda del consenso es inobjetablemente, primera meta a cumplir, sino todo lo que se intente hacer desde el gobierno será rechazado desde el principio por la otra mitad del país y sí esto se intensifica y prolonga nos puede llevar a niveles exponenciales de violencia como en la peor época del terrorismo (solo que ahora desde la otra orilla). Nos pondría al borde de una guerra civil.

He leído a muchas personas afirmar con toda convicción que nunca olivarán el clasismo, terruqueo y racismo manifestado por sus amistades, familiares e incluso extraños expresados en las redes sociales a lo largo de esta trágica campaña electoral. Esto, habría revelado qué clase de seres humanos son realmente. Religiosos en las iglesias (eso ya es conocido desde antaño), patriotas en torno a un partido de futbol o una camiseta (que en realidad representa más a las trasnacionales como Coca Cola, Movistar o Backus que al país), pero con un sigiloso y ahora declarado desprecio por el prójimo, por los otros. Es cierto, estoy de acuerdo y comprendo su justa indignación y resentimiento; sin embargo, insisto, mantener esta postura, a pesar de la ofensa, nos llevará a incrementar la violencia que puede ser un punto de partida de un sinfín de violencia.

En estas condiciones, ¿cómo hacemos el consenso? Es difícil plantearlo sin que suene a utopía (no como horizonte de posibilidades, sino desde su aspecto negativo). Sin embargo, estoy convenido que el primer paso es el perdón, pero no uno retórico y moralista, sino esencial. El perdón debe ser la consecuencia del reconocimiento sincero y profundo de los errores y delitos (o pecados depende desde el punto de vista de donde se mire y uno no excluye a los otros) en el que hemos incurrido todos. Un perdón fraterno no nos exime de la sanción que la ley prescribe. Es decir, el perdón con justicia es el camino para la reconciliación de todos nosotros. De ahí, la importancia del cambio de los valores éticos que profesamos. Estos tienen que ser compatibles con nuestra postura y acción política, de lo contrario, no estaríamos más que haciendo lo mismo que reclamamos en el otro. La frase de Bogues es preclara y necesaria de recordar ahora más que antes: “Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos”.

De este modo, el problema del consenso no es solo del gobierno y la clase política, sino por encima y por sobre todas las cosas, de todos nosotros los ciudadanos, tanto de un lado como del otro, pero como sostiene Monseñor Carlos Castillo, “desde las entrañas de pobre”, mirando el mundo desde los que más sufren, de lo contrario todo serán en vano.

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