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El salón de clases, de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional San Antonio Abad del Cusco, quedó espantado y petrificado, con la intervención de la alumna más simpática y destacada, que enfrentó al docente; sus compañeros hundieron sus cabezas, iniciando un prolongado y cobarde silencio. El profesor, emplazado entre callar como sus colegas o salir al frente; recurrió a su verdad y recriminó los asesinatos de inocentes y humildes, que hacía Sendero Luminoso, señalando que el socialismo nada tenía que ver con el terror y el crimen.

 

Ella reaccionó con odio encendido, considerando la respuesta, como una ofensa peor que un insulto a sus padres. Perdió la compostura cordial y su caracterizada sobriedad, al retrucar al catedrático:

Tarde o temprano llegará el odio de clase. Ustedes los revisionistas, son un colosal montón de basura y serán barridos y aniquilados por la revolución, salió gritando del aula, acompañada por su inseparable pareja, —estamos condenados por la historia a triunfar y si es preciso lo haremos con tu sangre.

 

Desde entonces, Vladimiro Iván Pérez Ruibal tropezaba a diario en la puerta de su casa, con jóvenes estudiando en las mañanas o jugando pelota en las noches. Ocupado en la preparación de una huelga indefinida en la universidad, frente a la anunciada militarización del país que implementaba la dictadura fujimorista; no dio importancia a los carteles y banderas rojas con perros colgados, que amenazaban en la universidad a los docentes y estudiantes de la izquierda legal.

 

El 12 de julio 1991, salió temprano besando a la hija dormida; durante la mañana trabajó en el balance del Inti Raymi en la municipalidad, del que era regidor en la gestión de Daniel Estrada Pérez; tampoco tuvo tiempo para escuchar, las amenazas proferidas por algunos ambulantes, en los noticieros durante el día; que fueron reportados y alertados por los dirigentes de su organización el Partido Comunista del Cusco. A las cuatro de la tarde, en el viejo Volkswagen, recogió a su mujer y la dejó en una oficina bancaria, siguiendo viaje a la universidad.

 

Un cuarto para las cinco de la tarde, tres estudiantes subieron corriendo las escalinatas del pabellón de la facultad, avanzando a la sala de profesores, en el segundo piso. Otro alumno, para distraer la atención de algunos presentes, movió bulliciosamente las carpetas, en el primer piso. Uno de los tres, quedó vigilando el pasillo y dos tocaron la puerta. Iván abrió y retrocedió, impactado por un disparo en el pecho y otro en el cuello.

 

Recontó sus treinta y tres años, sus años escolares en el Colegio de Ciencias, sus actividades en la Juventud Franciscana, el viaje que soñaba su padre a la Unión Soviética en donde estudio su profesión de economista; su militancia en la Juventud Comunista en Moscú; sus responsabilidades en el sindicato de docentes y la Federación Departamental de Trabajadores del Cusco, las elecciones y la exitosa gestión municipal junto de la Izquierda Unida.

En los segundos finales de su aliento, sonrío por sus amores con Chivi, pero sobre todo a su pequeña hija, la conejita; nunca olvidaría a su querida madre y a su padre un maestro del Colegio Nacional de Ciencias. Aún consciente recibió el tiro final en la cabeza, disparada por su alumna, que dirigía el grupo.

 

Al siguiente año, el 14 de junio de 1992, las luces del Paraninfo Universitario de la Plaza de Armas fueron apagada, encañonados los personeros legales y quemadas las ánforas de las elecciones universitarias para la federación estudiantil; minutos antes por los altoparlantes daban por ganadora a la lista de Nueva Universidad; un frente de la Izquierda Unida y encabezado a la Presidencia por un dirigente de la Juventud Comunista Peruana; los autores del asalto se escudaban detrás de la fachada de Fuerza Estudiantil y FER Bolchevique, una variopinta lista de senderistas, puka llaqtas y radicales.

 

La celebración de los estudiantes universitarios, por el triunfo para la conducción en la Federación Universitaria del Cusco, fue violentamente interrumpida por la detonación de petardos y el disparo de un arma, bala que impactó en la cabeza de Guyen Hilares, dirigente estudiantil de la Juventud Popular un organismo estudiantil de Patria Roja, que falleció luego de una penosa agonía.

 

El crimen fue silenciado y archivado el proceso, por una extraña alianza que empezaba a brotar entre los senderistas “arrepentidos” que se convirtieron poco a poco, en la fuerza de choque del fujimorismo en la universidad y en la región, en la peor etapa de la dictadora; la fiscal que archivó el caso por “falta de pruebas” fue premiada con un alto cargo en el reorganizado Poder Judicial en Lima. La justicia cerraba sus ojos, y las ideas fueron silenciadas nuevamente en la tricentenaria universidad, como en los tiempos de la colonia.

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