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martes, diciembre 7, 2021

Los Inkas civilizan Europa: de Tawan a Pishqa Suyos

“Mi ciudad fue creada

—fatalidad o designio–

de las primeras gredas y milagros del mundo”.

Gustavo Pérez Ocampo

 

En el Cusco, de niños, con mi hermano imaginábamos que en una máquina del tiempo retornábamos a los años de la invasión española, provistos de armas de fuego. Impedíamos así la caída del Tawantinsuyo. Sin duda, la historia habría sido otra.

 

Era una manera de mirar, desde una perspectiva contrafáctica, nuestra historia. Este acercamiento transgresor me cautivó, ya en la universidad, cuando leí el capítulo dedicado por Alberto Flores Galindo a la revolución de Túpac Amaru en su libro “Buscando un inca”: “De haber triunfado, el Cusco sería la capital del Perú, la sierra predominaría sobre la costa, los gobernantes descenderían de la aristocracia indígena colonial, el indio y su cultura no habrían sido menospreciados”, escribió.

 

Laurent Binet, joven escritor francés, quien escribe desde las entrañas y, sin ambages, con una profunda vena política, nos presentó el 2020 en su novela Civilizaciones, una historia universal alternativa imaginada. Y es que, como nos plantea desde el epígrafe, citando a Carlos Fuentes, “El arte da vida a lo que la Historia ha asesinado”.

 

En esa línea, lo que nos presenta es una propuesta de resurrección histórica, que es posible, en su mirada, gracias a tres giros de tuerca que los vikingos, a su llegada a este lado del mundo, produjeron: la transmisión del conocimiento del hierro, del caballo y la propagación de algunas enfermedades, con la inmunización posterior de las poblaciones originarias. La novela se desarrolla en cuatro partes.

 

La primera parte nos la cuenta un narrador omnisciente. Liderados por Freydis, los vikingos, aventureros y fugitivos, llegaron a Cuba, Chichén Itzá, Panamá, en accidentados viajes, hasta llegar a Lambayeque, donde se quedaron, pues los lugareños lograron inmunizarse respecto a las enfermedades que ellos iban diseminando a su paso. En Lambayeque, Freydis se hizo muy poderosa y murió rodeada de honores. El ánimo con el que los vikingos recorrieron estas tierras se muestra mucho más abierto al intercambio con los skraelings, como denominan a los desconocidos, y al aprovechamiento mutuo de lo nuevo. Los habitantes de este lado del mundo se interesaron, de manera especial, por el hierro y los caballos: “Los skraelings se convirtieron en buenos jinetes y aprendieron a forjar el hierro”.

 

La segunda parte está contaba por Cristóbal Colón en su diario (desde el 3 de agosto de 1492 hasta un tiempo posterior a marzo de 1493), y se desarrolla principalmente en Cuba. Se muestra como un aventurero encorsetado por sus creencias religiosas, absolutamente dogmáticas e intolerantes. A diferencia de los vikingos, Colón mira con menosprecio a los habitantes de Cuba (su desnudez lo indigna sobremanera) y solo se interesa por conocer si tenían oro. Piensa que su vuelta a Europa sería pronta e incluso planifica llevarse a algunos indios, como denomina a los habitantes de la isla, seguro de haber llegado a la India. Embelesado con la belleza de los parajes que observa, afirma que los nativos son muy temerosos y que no conocen la propiedad, por lo que se sorprende cuando, luego de un tiempo, sus embarcaciones han desaparecido y atribuye esto a que los indios se las robaron. Poco después, se da cuenta de que estos empiezan a causar bajas en sus filas y, además, están muy bien armados. El día de la navidad de 1492 se queja de que algunos de sus compañeros han sido torturados. A pesar de que el curso de los hechos los va acorralando, persiste en su idea de “civilizar” a los nativos en nombre “del mayor reino de la tierra, y también de la verdadera religión y del verdadero Dios”. Colón escribe, luego del 4 de marzo de 1493, sin precisar la fecha; se nota su desesperación. Su gente ha enfermado y muerto y se encuentra solo “en medio de estos salvajes”. Se indigna porque lo han despojado de su ropa y está desnudo; termina señalando que se sabe solo “un blanco más para ofrendar”.

 

La tercera parte está constituida por las crónicas de Atahualpa (en el contexto de la guerra con su hermano y la confusión generada por ella en el Tawantinsuyo), quien, a pesar de que llegó al Cusco, casi derrotando a Huáscar, tuvo que emprender la retirada ante la arremetida de este y sus tropas. Desde las puertas del Cusco, recorre en huida los caminos hacia el norte, pasando por Cajamarca, Quito (su añorada ciudad, que manda incendiar para que Huáscar solo encuentre sus cenizas), hasta llegar al Caribe. Atahualpa está acompañado de sus leales generales Quizquiz, Rumiñahui y Chalco Chímac. Llegan a Cuba y quedan encantados con los paisajes y el clima de la isla; se enteran de que esa isla, Haití y Jamaica son gobernadas por una vieja reina, Anacaona —madre de Higenamota, personaje central de la historia—, a quien pide asilo. Los taínos andaban desnudos, montaban caballo y tenían armas de fuego. Cuando se reúnen, la reina le cuenta la historia de unos extranjeros (obsesionados con su dios y con el oro) que llegaron hace muchos años, a través del mar, desde el este.

 

Pronto, se conoce la presencia de Huáscar y su numeroso ejército en Jamaica, al acecho de Atahualpa. Los taínos le piden abandonar su isla y, en ese momento, Higenamota le indica que la ruta que debían seguir era hacia el mar, en sentido inverso a los extranjeros de su recuerdo. Siguiendo el modelo de los barcos abandonados, construyen un tercer barco más grande aún. Higenamota (quien se haría luego, amante del Inka) le pide que le permita ir con ellos. Se embarcan. Atahualpa sabe que su tiempo en los Cuatro Suyos ha terminado y que se inaugura el tiempo de los Cinco Suyos.

 

Luego de largo tiempo de navegación llegaron a Portugal, a una Lisboa arreciada por un terremoto y por el hambre, lo que les permitió ingresar a Europa, sin ser a penas percibidos. La expedición de Atahualpa empieza a recorrer Europa. Él va incluso con su puma. Higenamota, desnuda siempre, lo acompaña. Se instalan en un templo donde conversan con unas “criaturas” asustadas e inofensivas que tienen el cráneo rapado; les ofrecen algo de alimento y un extraño elixir oscuro teñido de rojo. Aprecian “la estatua de un hombre muy delgado clavado sobre una cruz”, una especie de huaca y se preguntan ¿quién sería “ese dios clavado”? Sus hombres salen a explorar los alrededores y corroboran que el país ha sido destruido por el terremoto, que mucha gente pasa hambre y otra tanta ha muerto. Son conscientes de que su presencia intimida a los lugareños: “los hombres golpearon sus lanzas contra los escudos y los levantinos se dispersaron como vicuñas espantadas por el trueno”.

 

El cronista que narra las hazañas del Sapa Inka en el nuevo mundo incluye en su relato algunos cantos denominados “Incadas”. Nos cuenta que, si bien los sacrificios humanos no eran extraños para los Inkas, Atahualpa quedó profundamente impresionado con los condenados a muerte en la hoguera por la inquisición. En algún momento, Atahualpa concluye que un dios que exige esos sacrificios es un dios malvado y no merecía ser adorado.

 

El enfrentamiento era inevitable. Chalco Chímac vio en el universo de conversos, moriscos, brujas, bígamos, iluminados y luteranos, potenciales aliados. Quizquiz atacó un templo y lo mandó incendiar: “Su dios clavado no los socorrió”. Ya en su recorrido en España, Atahualpa e Higenamota no entienden por qué, mientras algunas personas viven plenamente satisfechas y rodeadas de comodidades, otras viven en la mendicidad y, más aún, cómo no se rebelan.

 

Atahualpa sigue hacia el oeste, hacia el Inti, las tropas del Rey de España lo acechan. Higenamota se fue, a través del mar, a cumplir una misión central. Cuando ya el Inka y los suyos están acorralados, en el horizonte se aprecia la llegada de barcos: Atahualpa sabe que Higenamota logró persuadir a Huáscar de apoyar a su hermano en la conquista de este nuevo mundo. El avance con el apoyo de Huáscar (quien ha enviado a su hermano Túpac Hualpa) es incontenible. Se abre el comercio entre el Tawantinsuyo y el Quinto Suyo y llega a ser de mucha intensidad. Culturalmente, los Inkas nutren con sus costumbres una España abatida por la miseria de su gente, empezando por garantizar lo necesario para la subsistencia de todos, la carne de cordero la conservan con sal en charky, los campesinos conocieron de las virtudes medicinales del chacchado de la coca, se difunde la mita, se organizaron en ayllus.

 

Atahualpa avanzó hacia Bélgica y hasta Alemania, donde los campesinos alemanes ya estaban enterados de las reformas que estaban impulsando en España. Avanzan en las reformas religiosas y muchos se adscriben a la religión del Inti, dejando de lado su fe en el dios clavado.

 

El Quinto Suyo llegó a vivir una etapa de paz y prosperidad sin precedentes. Sin embargo, el Tawantinsuyo entró en guerra con los Mexicanos y las repercusiones de esta afectaron, primero, la fluidez del comercio entre los cuatro suyos con el quinto suyo. Los Mexicanos, belicosos y violentos, llegaron a Francia donde a traición atacaron ese país. Higenamota acudió donde su fiel amigo y se inicia un intercambio epistolar entre Atahualpa y ella. Además, Huáscar y Atahualpa intercambian información a través de los Quipus. La situación es grave, peligra el propio imperio. En este contexto, Higenamota se decepciona de Atahualpa, porque este no apoyó al Rey de Francia contra los Mexicanos, y nunca más volverán a verse. Cansado Atahualpa, sucumbirá ante una traición.

 

La cuarta parte narra las aventuras de Miguel de Cervantes, ya cuando el emperador era Carlos Cápac, hijo de Atahualpa. En Francia se asentaron los Mexicanos, quienes trasladaron hacia esas tierras su sed de sacrificios humanos. Los Inkas habían logrado conquistar la mayor parte de Europa; sus costumbres ya constituían parte del paisaje. Los nuevos habitantes eran hijos de los vencedores con los vencidos. Cervantes, perseguido, termina logrando una nueva oportunidad al otro lado del mundo; cuando llega a esas tierras (a Cuba), concluye que “Se hablaban allí todas las lenguas, se amaba a todas las mujeres y se les rezaba a todos los dioses”.

 

Conforme a la historia que nos narra Binet, si los Inkas hubieran conquistado el mundo, quizás habríamos podido disfrutar de un mundo más libre y justo para todos.

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