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viernes, octubre 7, 2022

REFORMA, reformas

Por Baldo Kresalja R.

 

En nuestra historia republicana ha sido frecuente, cíclico, ofrecer un cambio constitucional para enfrentar crisis de diferente calibre e impacto. Y también han existido partidos o grupos políticos que lo han ofrecido en sus campañas electorales, sea imaginando un mejor futuro o como herramienta para imponer sus puntos de vista.

Lo que es una realidad histórica comprobable es que en los sistemas democráticos los cambios constitucionales pueden ser numerosos y en ciertos casos hasta frecuentes. No hay país democrático que no haya efectuado cambios en su texto constitucional. Por tanto, la Reforma con mayúscula es una práctica que si se lleva adelante con conocimiento, argumentación sólida y si logra el apoyo de la opinión pública, no tiene por qué dar lugar a insultos o desgarros. Siempre, claro está,  que se respeten los derechos fundamentales, se mantenga el equilibrio entre los poderes del Estado y se refuerce el estado de derecho.

Entonces, es una manifestación de profunda ignorancia afirmar que no puede ni debe haber cambio alguno en un texto constitucional, porque se le considera  divino, sublime y palanca para el desarrollo integral de un pueblo. Pamplinas. Ninguna Constitución por sí misma traerá consigo el desarrollo, porque su letra no tiene los poderes mágicos con que sueñan los palabreros de plazuela, y porque el bienestar está conectado en mucho mayor medida con el trabajo, la austeridad, el ingenio y la creatividad y, sobre todo, con la convicción que el servicio en el Estado, a cualquier nivel, es una obligación moral imperativa, tal como se debe enseñar en el hogar, en la escuela y en el barrio. No estoy saliéndome de la pista; sé perfectamente que en los días que corren hay muy pocos paradigmas a seguir o ejemplos que mostrar, y más aún porque buena parte de la población sigue pensando que el Estado es un botín a repartir y que  el amor al prójimo no tiene más permanencia que la de  acudir a una procesión religiosa de cuando en vez.  Ello debe entonces ser superado

Así que aquellos que proponen la inviolabilidad de la Constitución fujimorista de 1993, aprobada irregularmente, no puede ser algo más que el argumento propio de una ancianidad vanidosa, o quizás también el de un grupo de abogadillos con pensión asegurada y deseos de figuración en un mar de incautos asustados por cambios largo tiempo demandados. Nada de ello significa coincidir con el pedido de una Asamblea constituyente, tal como lo han venido haciendo los integrantes de ese partido que encarna violencia e intolerancia, denominado falsamente Perú Libre, porque está más claro que agua de lluvia que lo que desean es perpetuarse en el poder y destruir el sistema  democrático representativo, el que sin duda requiere en nuestro país de mejoras importantes al igual que el sistema electoral, para que no sigan vinculados  al mismo personas provenientes de actividades ilegales y dinero negro.

Lo que debería hacer la clase política, las universidades y los medios es, por ahora, estudiar y plantear reformas, con minúscula inicial, para mejorar el texto constitucional en determinadas materias, engrampándolo con las propuestas de la academia, de los trabajadores y empresarios, y los dirigentes de los pueblos. En el Perú dividido de hoy, por los extremismos tanto de derecha como de izquierda no existe un momento constituyente, que nace de la convicción mayoritaria  para el diseño de un acuerdo de paz que persiga el bienestar, y en el que deben estar representados todos, con sus mayorías y sus minorías. Y existen muchas materias en los diversos capítulos del texto constitucional que pueden y deben mejorarse, tanto en cuanto a derechos y deberes, en el diseño político, en la parte económica, en las atribuciones de los poderes y en el clamor de cambiar sustantivamente la administración de justicia. Hay trabajo para rato. Pero no escuchamos aún voces convocantes para esa tarea.

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