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martes, mayo 21, 2024

LA TREGUA ES DE LA GUERRA, NO DE LA POLÍTICA

 LOS MEDIOS Y LOS FINES

Todos los que ya pasamos de los cuarenta años, seguramente debemos recordar el breve, pero a la vez aleccionador cuento infantil llamado, Los burros de Don Tomás, que aprendimos en tiempos escolares en nuestro emblemático libro Coquito. En este, el personaje central, Don Tomás, había comprado cuatro burros. “Montó en uno y volvió a su casa. Por el camino los contó: uno, dos y tres. No contaba el que montaba. Ya en su casa, dijo a su mujer: ¡Mira!, he comprado cuatro burros y traigo solo tres; me han robado uno. ¡Qué raro! ─dijo la mujer. ─Tú no ves más que tres, pero yo veo cinco” (Casa de la Literatura, 2015).

La moraleja es: quien se encuentra sobre el burro no se percata que va sobre este. Por distracción o por ignorancia acaba siendo un jumento más.

De similar manera, nuestros políticos de derecha o izquierda (Jorge Montoya, El Comercio, 16/02/22; Guido Bellido, El Comercio, 18/02/22), algunos analistas y casi todos los periodistas (Mario Ghibellini, 19/02/22; Fernando Tuesta, El Comercio, 23/02/22), no parecen advertir la distinción entre lo que es la política y otros campos del mundo de la vida, como la guerra. Así acaba de pasar, una vez más —antes sucedió con la confusión schmittiana entre opositor y enemigo a la que ya hemos hecho referencia en otra ocasión (Pata Amarilla, 3/06/21)—, con la denominada tregua entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo (La República, 17/02/22; RPP, 20/02/22; El Comercio, 22/02/22), pues el lenguaje en los medios y la política parece aguantarlo todo (Mark Thompson, 2017).

La RAE, comprende a la tregua como el “cese de hostilidades” y a estas últimas como la “agresión armada de un pueblo, ejército o grupo”, y a lo hostil como lo “contrario o enemigo” (2022). Como vemos, todas las palabras utilizadas para su definición tienen que ver con la guerra, no con la política.

De la misma forma, para Claus Von Clausewitz —a cuyos corifeos les fascina repetir incansablemente su famosa frase, la guerra es la continuación de la política por otros medios, sin antes haberse sumergido en la investigación del significado de esto en toda su obra—, “la guerra es, pues, un acto de violencia encaminado a forzar al adversario (más adelante le llama enemigo)[1] a someterse a nuestra voluntad” (Arte y ciencia de la guerra, 1972, p. 9). Dicho en otros términos y desde otro horizonte, la guerra es la dominación pura o la corrupción de la política y no su continuación (Política de la Liberación. Arquitectónica, Enrique Dussel, 2009); pues cuando el campo político —la sociedad está compuesta por campos que se entrecruzan, pero no se confunden— es atravesado por la dominación, cambia progresivamente su naturaleza hasta convertirse en un campo de guerra o de cálculo de una ingeniería técnico-instrumental. Ahí se ha pasado a otra acción o institución que como política es imposible (Política de la Liberación. Arquitectónica, Enrique Dussel, 2009). Y a la inversa, la política es voluntad o poder de vida comunitaria (Dussel, 2009); es decir, la potencialidad, el poder (posibilidad, voluntad, capacidad y virtud como fuerza) para sostener la vida en comunidad institucionalizada y no su destrucción, o su fracaso, como temprana —en los años ochenta lo escribió— acertada e inteligentemente sostuvo el maestro Sinesio López (El Zorro de Abajo, 6, 15-16).

Lo que acabamos de describir es, con toda la mucha complejidad que alberga, la forma más sencilla y epidérmica, politológicamente hablando, en que podemos distinguir la guerra de la política; pues si nos remitimos al examen filosófico —o sea, sustancial— la cuestión se complica todavía más, pero igual debemos tratar de ensayarla.

El ser humano es, como manifestó el gran Aristóteles, un zoón politikón. Es decir, el hombre y la mujer son entidades (entes) políticas (poder comunitario), por lo tanto, racionales. Lo racional tiene que ver con la capacidad de intentar dar explicación interpretada y argumentada del mundo que nos rodea. Lo contrario a ello es la fuerza (como violencia), lo más básico que tenemos como entidades naturales. La razón planifica, la fuerza actúa. La razón organiza, la fuerza destruye. La razón convence, la fuerza impone. Por eso, la política es producto de nuestra racionalidad —a despecho de los ontologizadores y apologistas de la violencia—, la guerra, de nuestra básica animalidad. La tregua es racionalidad dentro de la fuerza, ya que significa el cese momentáneo de los actos de la violencia (instintividad) desatada. Por el contrario, el convencimiento por medio de las palabras es el mecanismo de la política, en esta no hay posibilidad de tregua, no es asunto de su campo social. Una no tiene que ver con la otra.

Esta confusión no es solamente actual en la clase política de nuestro país, proviene desde la misma fundación de la república y en cómo se ha entendido y ejercido la política en su desarrollo (Navarro, 2016). Es cultural, casi se encuentra como una impronta en nuestro código genético.

De ahí que nos cuestionamos: ¿Dónde quedó la función pedagógica de la política, de nuestros políticos, de nuestros intelectuales y de nuestros periodistas, que se califican a sí mismos democráticos? Cuando los presidentes de ambos poderes, Aníbal Torres y María del Carmen Alva, hablan de tregua a las hostilidades, ¿de qué y desde dónde están enunciando?, ¿desde la política o desde la guerra? Y a los académicos y analistas: ¿qué les impide iluminar las distinciones que realizan?, ¿dónde queda la coherencia democrática? Todos ellos, políticos y analistas, intelectuales y periodistas, no parecen darse cuenta de que todo el tiempo debemos conducirnos con cuidado en lo que hacemos y decimos, más aún, si tenemos el privilegio —porque hoy día lo es— de expresarnos públicamente a través de un medio de comunicación o como representantes de una institución política. Si no hay reflexión sincera, si no hay ánimo de inteligencia, seguiremos montados en el cuarto burrito, reclamando iracundamente, como Don Tomás, el supuesto robo del que hemos sido objeto. ¿Con qué moral y autoridad señalamos desde la política la paja en el ojo ajeno, sino vemos la viga que hay en el nuestro?

[1] El paréntesis y su contenido es nuestro.

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