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viernes, febrero 3, 2023

LOS CUATRO CASTILLO

Publicación de la revista Quehacer

Difícil responder a la pregunta de quién es Pedro Castillo cubriendo con un trazo único su postulación a la presidencia y el ejercicio de ella, por más que el tiempo transcurrido sea corto. Hubo un consenso sobre su origen social y punto de partida -maestro rural, sindicalista pragmático, rondero y provinciano- aunque hasta hace poco era el presidente sobre el que sabían menos los peruanos al inicio de su gobierno.

Su estilo ha sido revelado al paso de su presidencia, en tanto su perfil político -la suma de lo que representa, despliega y propone- se ha construido al paso del tiempo. Él y su presidencia son un cuaderno en blanco que se escribe cada día.

Su recorrido en los últimos 18 meses fue acelerado. Desde cuando en septiembre de 2020 pactó con Vladimir Cerrón, líder de Perú Libre, ser miembro de ese partido y su candidato a la presidencia, ha transitado del anonimato electoral a la presidencia, y en ella desde la satisfacción al vértigo del desplome en cámara lenta.

El sentido de su irrupción fue muy debatido. En la academia se instaló una duda metodológica que pretendió dilucidar su intrusión exclusivamente desde lo indescifrable, sorprendente y excepcional.

Para la derecha política y empresarial fue el resultado de una dedicada estrategia radical en la que su presencia apenas alteraba el relato de la guerra política que envuelve a los grupos conservadores peruanos y los empuja a la ultraderecha activa. En este relato, la crisis de la democracia no es una razón que explique a Castillo. Por su parte, en la izquierda, el profesor fue asimilado de inmediato como la voz de los sectores progresistas, la antigua tesis del pueblo errante que siempre encuentra una representación de izquierda. Si Castillo fue explicado desde la derecha como el candidato radical que emergió de las piedras como la venganza de los pobres, desde la izquierda se le presumía portador de un socialismo duro y contrario al socialismo cosmopolita.

Las claves de Castillo son enmarañadas. Es correcto anotar que sin la destrucción de actores y convenciones no habría irrumpido electoralmente. Al mismo tiempo, esa presencia no ha sido ni única ni estable. Varios Castillos se han sucedido, reflejo de un actor precario sacudido por una crisis profunda.

El primer Castillo

Castillo irrumpe en la primera vuelta como un outsider ubicado fuera de las convenciones tradicionales y reglas establecidas (Becker, 2009) 1, más que como el outsider clásico, el que ‘viene’ desde fuera de la sociedad política para instalarse en ella (Samuel y Shugart, 2010) 2.

Ese resultado se debe también a la tesitura de la campaña electoral 2020-2021, especialmente en las semanas previas a la primera vuelta (11.4.2021) en las que se visibilizó la resistencia democrática de los peruanos, un porcentaje de casi 30%, que rechazaba optar por la oferta electoral (nulo, blanco, nadie, no sabe), así como el voto estratégico que trasvasaba adhesiones por quienes ya habían decidido su voto, designado con el peruanismo de chocolateo. Sobre lo primero, Lima y los sectores de ingresos altos decidieron sus votos más rápido que el resto del país. A pocas semanas de las elecciones había dos países, uno vivía más las elecciones y el otro vivía más la crisis y la pandemia.

Castillo obtuvo 15,5% de los votos emitidos. Ganó una elección dominada por el fracaso de una oferta electoral que no redujo la resistencia a votar. No aseguraría en este punto, que el primer Castillo fuese el gran candidato del cambio. Habría que recordar que en la primera vuelta, las derechas obtuvieron 42% de votos, las izquierdas 23% y se abstuvo de votar el 30%.

Frente a una mayoría nacional disidente, el primer Castillo fue un candidato que representaba un poco de cada valor del escenario: cambio, antipolítica, hartazgo y conservadurismo social, entre otros 3. Si Verónika Mendoza representó una de las caras de la polarización, Castillo representó varios elementos de una fragmentación agitada y viva 4 marcada por la subrepresentación electoral, el giro conservador y la mayoría disidente. Fue el Castillo, provinciano, antilimeño populista y conservador.

El segundo Castillo

De cara a la segunda vuelta (6.6.2021), Castillo se convirtió en el candidato del cambio político y fue asumido por la sociedad como el representante conjunto de la izquierda y el antifujimorismo, el mal menor.

Fue el mejor de los Castillos; se construyó menos a sí mismo; en realidad fue construido más por sus adversarios, la derecha y sus medios, y la coalición de izquierda formada en torno a él. A diferencia de la primera vuelta, -el Castillo de la fragmentación-, en la segunda vuelta predominó la polarización y los abismos electorales y sus disyuntivas arriba/abajo, Lima/regiones, modelo/antimodelo neoliberal y ricos/pobres, reflejada especialmente desde el debate Fujimori/Castillo en Chota (1.5.2021).

La derecha, que pasó 30 años predicando que la derecha e izquierda ya no existían, hizo un rayado de cancha ideológico exagerado y violento que movilizó mediante el miedo a millones de electores y enganchó a las clases medias de las grandes ciudades, un giro sectario que legitimó al segundo Castillo. La idea de “salvar” la democracia no pudo convencer a la mayoría.

Castillo culminó la elección como una opción provinciana, diversa y excluida que preconizaba cambios desde abajo, una identidad no reñida con la izquierda. La mitad de los electores escogieron al segundo Castillo; eligieron su lugar en esa batalla creada con claves exageradas, disolvieron los códigos simbólicos de la derecha -la bandera, la selección de fútbol y el relato patriotero-, pero asumieron su contenido. Desecharon el envoltorio y se quedaron con el Castillo construido/reconstruido.

Querías ideología, toma ideología. Castillo terminó representado la crítica a la elite y al modelo que se resiste al cambio. La encuesta del Instituto de Estudios Peruanos – IEP pos segunda vuelta (22.6.2021)5 reveló que la ecuación cambio (51%), inclusión (14%) y confianza (10%) definió el voto a favor de Castillo, haciendo un total de 75% de razones ideológicas simbólicas y transformadoras. El segundo Castillo fue hijo del rayado comunismo/democracia que se transmitió a una parte de los peruanos con significados distintos y que dio lugar a un juego dinámico de intuiciones, resistencias y silencios, amenazas, publicidad, clasismo, racismo y macartismo. El segundo fue el Castillo del ámbito nacional, progresista, antineoliberal y antifujimorista.

El tercer Castillo

Un Castillo en proceso de moderación asumió el poder el 28 de julio de 2021. La feroz batalla entre la segunda vuelta y la toma del poder impulsada por la ultraderecha que pateó el tablero institucional al no reconocer los resultados, tuvo sus efectos. La figura predominante del tercer Castillo fue el simbolismo social que subordinó a lo político. Era el primer maestro de escuela en asumir la jefatura del Estado, mestizo y pobre en su niñez y juventud. Hasta el partido que lo cobijó, Perú Libre, era nuevo y no limeño.

Su gobierno fue respondido por la elite derrotada que presionó desde el primer minuto tanto para sacarlo del poder como para que deje de ser el Castillo de la campaña. El relato de un país dividido en dos mitades, pero no fragmentado, era entonces, como ahora, engañoso. Habría sido fácil “despolarizar” el Perú, pero los abismos -Lima vs regiones. costa vs sierra y ciudades vs el país rural- reclamaban políticas de cambio que los derrotados no estaban dispuestos a aceptar. Y los ganadores tampoco.

El tercer Castillo creyó que era suficiente despolarizar y así lo atestiguan su mensaje a la Nación del 28 de julio y la presentación al Congreso de su primer gabinete (26.6.2021). Desarmó la movilización democrática que entre junio y julio había defendido su triunfo electoral y propugnó una gobernabilidad vacía, por formal y tradicional, en donde solo importaba el Gobierno y el Congreso, atrapados en un juego cerrado en la cúpula del poder. Fue poco consciente, con excepción del núcleo progresista de su gobierno, que su presidencia concurría al punto más alto al que ha llegado la exigencia de cambio.

Entre la movilización por el cambio y la otra movilización, contra aquella, Castillo optó por rebajar al mínimo las reformas. Su primer gabinete -salvo algunos ministros, como los de Economía, Agricultura, Salud, MIDIS y Mujer- lo patentizó. El mejor seguro de su gobierno era no cerrarle las puertas a la sociedad en toda su variedad y dialogar con ella sin intermediarios, pero él cerró esa puerta. El radicalismo vacío del grupo parlamentario oficialista y el premier, no compensó esta cancelación.

Una encuesta de IEP (23.7.2021)6 días antes de la toma de mando de Castillo indicaba que la opinión pública favorecía al nuevo presidente. El 45% creía que Castillo era demócrata, más que los que creían que era autoritario, 31%; y lo aprobaba el 53%, un poco menos que otros presidentes al inicio de su gestión, aunque iba a gobernar sin la confianza de la elite (43% de aprobación en los sectores A/B).

Los otros datos del sondeo confirmaban que era incompleto quedarse en la polarización sin atender la fragmentación: el 40% en Lima apoyaba al nuevo presidente, fuera de Lima el 59% y en el Perú rural el 68%; solo 1 de 4 creía que hubo fraude en la segunda vuelta; y los peruanos se imaginaban al gobierno empezaba desde la esperanza y la incertidumbre, 39% y 29%, respectivamente, más que desde el miedo (15%).

En el tercer Castillo, el estilo de gobierno fue igual de decisivo que las operaciones en favor de su destitución impulsadas en el Congreso, en la calle y en los medios. Testimonios de ex ministros y un ex secretario general de la presidencia abonan al conocimiento del estilo Castillo. Estas revelaciones son del ex ministro del Interior, Avelino Guillén7, la ex premier Mitha Vasquez8; el ex ministro de Economía, Pedro Francke9 y Carlos Jaico, ex secretario general de Palacio de Gobierno10. También las entrevistas concedidas a tres medios de comunicación a inicios del año, particularmente a César Hildebrandt de Hildebrandt en sus trece11.

Este estilo consistió en los primeros meses -y al parecer continúa- en no gobernar y, en cambio, flotar. El Presidente dio paso a un gobierno con graves desbalances y sonoros desaciertos en el nombramiento de ministros, viceministros y altos funcionarios y en el que el signo dominante es la ausencia de un horizonte programático. Esta tendencia fue más acusada en el primer gabinete; el premierato de Mirtha Vásquez intentó superar el estadío de radicalismo vacío y afincamiento exclusivo en la simbología y recuperar el diálogo con la sociedad.

En el estilo Castillo, algunos rasgos son recurrentes: (1) en la designación de funcionarios, el privilegio de la relación personal y sindical y el origen regional común, es decir, la renuncia tácita a políticas públicas que se mantienen o a la reforma de las que lo requieren; (2) el abandono de la práctica directriz y ordenadora de la presidencia, de modo que la gestión y control de la política no se llevaba a cabo en las reuniones del Consejo de Ministros y en el trato bilateral con los ministros, los acuerdos supremos; (3) la presencia ascendente de un “gabinete en la sombra” que suplió al Presidente en la gestión de los asuntos de gobierno; (4) la búsqueda de estabilidad a partir de prácticas clientelares y acuerdos privados, generalmente, sin contenido político; y (5) la instalación de prácticas irregulares e ilegales por parte del entorno presidencial.

En el análisis, esta práctica personal es la principal razón del deterioro público de su gobierno, en lo que coinciden los sondeos de opinión que miden la aprobación presidencial y sus causas. El problema del tercer Castillo no fue, exclusivamente, la actividad de los grupos que dentro y fuera del Congreso impulsaron su salida del poder o su posición política, sino la eficacia y la falta de reformas.

Este cuadro no estuvo reñido con logros innegables que corresponden al impulso de los ministros: el gobierno mantuvo a flote la vacunación, batalló contra las especulaciones en la economía, avanzó en el diseño de innovaciones en los sectores Mujer y Agricultura, dos gabinetes recibieron la confianza del Congreso y soportó la embestida de la elite política, empresarial y mediática que exigía una ruptura rápida y profunda con la dirección de Perú Libre. En sí misma, la batalla simbólica librada alrededor de Castillo fue un acierto, por él, su gobierno y la perspectiva democrática. Fue una respuesta a la arremetida conservadora y neoliberal que se inició antes de la primera vuelta y que no le perdonó a Castillo haber desafiado a la elite política y empresarial, aún en el discurso, y al esquema neoliberal y la cultura limeña, racista y excluyente.

El cuarto Castillo

Es al parecer el último y definitivo Castillo, que resulta de la moderación difusa que forzó poco antes de la caída del gabinete de Mirtha Vásquez, y especialmente después. Esta versión del Presidente concurre con el nuevo estadío de la crisis peruana, que pasa de la explosión -la permanente colisión de los poderes- a la implosión, con el Gobierno y el Congreso desfondados, quebrados principalmente desde dentro.

El cuarto Castillo es de la sobrevivencia, a cuyo efecto fue diseñado el gabinete de Héctor Valer, que duró tres días, y el gabinete de Aníbal Torres, que es la expresión de un pacto parlamentario que, para concretarse requería que el Gobierno girara un tanto más a la derecha. El mensaje del gabinete al Congreso, y los otros mensajes que emiten los ministros y el Presidente mismo indican que ha concluido el impulso de la campaña electoral y que Castillo no hará un gobierno de izquierda.

La elite política y empresarial sigue calificando a Castillo de izquierdista, y se entiende. No confía en él y no lo perdona -lo que recuerda la respuesta al giro de Ollanta Humala a la derecha en su momento- no es de los suyos, es ineficaz y, por una razón cultural: todo lo que viene de abajo y es popular, es sospechoso de socialista.

El perfil público de Castillo también ha cambiado, a tenor de los sondeos de opinión. Expresaba las posibilidades de una salida democrática a la larga crisis nacional. Ahora refleja el bloqueo de ella en su etapa implosiva. No ejerce una presidencia radical porque no estaba preparado para una batalla de esta naturaleza ni, mucho menos, para la batalla para hacer un gobierno aún sin cambios y reformas. Esta condición no anula el afán violento por retirarlo del poder, pero lo legitima.


  1. Becker, H. (2009). Outsiders: hacia una sociología de la desviación. Buenos Aires: Siglo XXI.
  2. Samuels, D. y Shugart, S. (2010). “Insiders and Outsiders: Madison’s Dilemma and Leadership Selection”. En Samuels, D. y Shugart, S. (eds.). Presidents, Parties and Prime Ministers. Cambridge: Cambridge University Press.
  3. Navarro, M. (2021). Castillo o Fujimori, la salida por los extremos.
  4. Varios artículos pre y post primera vuelta abordan la irrupción de Castillo “desde abajo” como expresión de esa fragmentación viva y agitada: Meléndez, Y. (2021). Las posibilidades de Castillo.; Doudtchitzky M. y Malaspina L. (2021). Pedro Castillo, el candidato de los “likes invisibles”.; Ledgard, J. (2021). La sorpresiva elección peruana revela profundas divisiones digitales.; Rendón, S. (2021). ¿Por qué (algunos) no vieron venir a Pedro Castillo?
  5. Instituto de Estudios Peruanos, Informe de Opinión. Junio II-2021
  6. Instituto de Estudios Peruanos, Informe de Opinión. Julio II-2021
  7. Ideele Radio, 31.01.22. Avelino Guillén: Pedro Castillo tiene la obligación de ser transparente y dar explicaciones a la ciudadanía
  8. RPP, 06.02.22. Mirtha Vásquez sobre Pedro Castillo: “El gran problema es este entorno más cercano que tiene él”
  9. BBC, 10.02.22. Pedro Francke, exministro de Economía de Perú: “En el gobierno de Castillo hay una falta de rumbo estratégico”
  10. Caretas, 01.02.22. “Secretario de Palacio, Carlos Jaico, revela ‘grandes errores de gestión’ de Pedro Castillo y ‘gabinete en la sombra’”
  11. Fue realizada el 19 de enero y publicada el 21 de enero en el semanario Hildebrandt en sus trece. Comenté esta entrevista en el artículo “El presidente busca un plan”, en el portal Pata Amarilla.

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