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domingo, noviembre 27, 2022

LOS MAGISTRADOS DE ELVER PIZARRO

El hombre del maletín era una persona muy tranquila y con una delicada ironía; hablar pausado y preciso, nunca una palabra de más o menos, en las prolongadas conversaciones de política y cultura en el desaparecido Café Extra bajo la atenta mirada de José, el propietario.

No fue una sorpresa su libro de cuentos para niños, hace unas décadas; en ellas rememoraba a sus compañeros de escuela y sus travesuras, el espíritu narrativo de sus relatos calzaban con su personalidad en los detalles y la delicadeza en su tratamiento a sus ratones, gatos y colegiales.

Consagrado al mundo de las leyes, luego de trabajar en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la UNSAAC, emigró a su querido Sicuani en la tierra de los K’anchi Runa; en los episódicos encuentros callejeros, o en otro café al paso, nos hablaba de Wendoly, su extraña musa, y los cuentos que escribía para unas publicaciones en Brasil.

Hasta que hace unas semanas, estando el Chino Velásquez, Mario Guevara y otras estrellas de la pintura, agradeciendo a los Apus y otros dioses, por haber sobrevivido a las siete plagas de don Alan García, Sendero Luminoso, Fujimori y el COVID; apareció con su caja de libros para presentarnos a otra de sus creaturas y criaturas: Dura lex, sed lex.

Como nunca, brindó una cerveza y voló al paradero, viajaba a Sicuani para dictar sus clases para la Maestría, como dicen, nos dejó a medio brindis. Quedé con las ganas de preguntar por su famosa Wendoly: Otro día te hablo de la comadre y se despidió con su risita socarrona.

A los días abrí el libro editado por los compadres de Siete Culebras y busqué algo de la musa y sólo encontré a una francesita Julietta, voluntaria de una causa perdida y embaucada por un pendejo profesor de quechua, portero de un clandestino partido de izquierda.

En otras páginas aparecen y desaparecen, unas diligentes abuelitas y abuelitos; uno por confusión con un gato le revienta la cabeza a un egresado universitario que orinó borracho en la puerta equivocada. Otra abuelita, como la viuda negra, instalada en las graderías en la Plaza de Armas, asecha a humanos y palomas para llevarlos al cielo o al infierno.

Supongo que era la mascota más querida del narrador, por cuya razón tiene que esconder sus sapos y culebras, al encontrar mascado y relamido su carísimo zapato de cocodrilo, precisamente un abogado a pocas horas de su colegiatura. Es de comprender por el título y la profesión del autor, que los abogados son el punto de sus ironías y flagelos.

Por el color del libro y el título: Dura Lex, sed lex, parece un tratado de jurisprudencia, o un comentario de doctrina jurídica, o tal vez –dije- estamos ante un manual de: cómo ser abogado en diez días. En tiempos líquidos, con el tal Acuña que regala grados y doctorados, todo es posible.

El flamante Magistrado del Poder Judicial –el personaje del libro- desde púber fue preparado por su abuelita metiche y chupa cirios, para hacer honor al Orabunt Causas Melius, que adorna el símbolo de los abogados; primero lo tortura llevando al niño, por todas las iglesias del Cusco en una media mañana; en el trayecto al colegio reza veinte veces, en honor a la verdad el chibolo, más parece un cartucho del Colegio Salesiano, que un travieso Garcilasiano. Inocente ironía, jodiendo a los colegiales de su tiempo y al lector, puede ser una explicación.

Ingresó a la Facultad de Derecho y acabo con todos los profesores, con notas sobresalientes y ponderadas; imposible matemático y jurídico porque los sabios catedráticos eran unos prestigiosos jaladores, jamás examinaban el conocimiento del alumno, lo reducían al desprecio de una nota once. En esto, Elver comete parricidio con sus profesores.

Como exitoso abogado y prominente miembro de la Corte Superior, en el texto tiene varios carros, unas lanchas grandes que adornaban la playa de estacionamiento de los abogados, que medían sus capacidades por el tamaño de sus carros y no por la administración de la recta justicia.

Como saben los abogados, no hay crimen perfecto y menos un juris consulto pulcro; el ejemplar padre de cinco hijos, una esposa imaginariamente abogada y simpática, comete por primera y única vez una pequeña y tonta travesura, una malicia impostada, mirar no tocar, solo mirar desde el carro y con gafas oscuras, un trasero de una desconocida secretaria.

Hasta ahí llegó la pureza del santo varón y purgará una prolongada carcelería, por atropellar a un inocente, autoacusación heroica de su recta conciencia. Como dicen los chicos callejeros de mi barrio: perdió la cabeza y la libertad por un aplanado…

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