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sábado, mayo 18, 2024

LA CAPTURA DEL CIELO Y EL VIVIR SABROSO

Latinoamérica se mueve intensa, caóticamente, con ondulaciones subterráneas, dinámicas incomprensibles, multicolores y perseverantes, erráticas. En un artículo en el New York Times, Turkewitz, Taj y Bartlett describen este proceso afirmando que, después de años “de inclinarse hacia la derecha, América Latina se precipita hacia la izquierda”. Las palabras ponen de manifiesto prejuicios, taras ideológicas. La concepción occidental para entender este mundo resulta estrecha, aunque cobra plena realidad entre nosotros aquella frase de José Saramago, en El hombre duplicado: “el caos es un orden por descifrar”. Hay todavía mucho por descifrar en nosotros mismos para llegar a entendernos, en nuestra plurinacionalidad, multilingüismo, en nuestra lacerante violencia, nuestra multiculturalidad, más aun si apenas conocemos  una pequeña dimensión de las civilizaciones milenarias que nos precedieron y que constituyen nuestra columna vertebral, aunque las negamos todavía.

Desde una perspectiva más cercana a esos procesos hacia los que América Latina se “precipita”, García Linera afirma que “el horizonte predictivo del mundo se ha derrumbado” y nos encontramos en un tiempo liminal, que “supone que el viejo horizonte predictivo con el que las personas organizaban, real e imaginariamente, la orientación de sus vidas a mediano plazo ha colapsado, se ha extinguido”. Entonces, la percepción caótica del mundo, de nuestro mundo, se acentúa, pues no sabemos hacia dónde vamos; sin embargo, algunos artistas de vanguardia, como Calle 13, en su canción Latinoamérica, abren trocha a pesar de esa incertidumbre y nos proporcionan pistas del horizonte en sus versos: “Vamos caminando/ Vamos dibujando el camino”. La Patria Grande no se detiene, sigue moviéndose, constante, “Un pueblo sin piernas, pero que camina”, sin pausa.

Es claro, las cosas han empezado a dejar de ser como eran antes. Los cambios se han dado de manera manifiesta, aunque con intensidades diferentes. Quizá por eso hoy el racismo se respira más fuerte, pues como afirma Cecilia Méndez, este se ejerce, especialmente, contra aquel que “osa entrar en los espacios donde la sociedad privilegiada no estaba acostumbrada a verlos y reclama sus derechos”. Es una señal de que se están produciendo cambios. Y creo que los cambios, hechas las sumas y restas, han sido para mejor, a pesar de que, como región, sigamos siendo la paradoja escandalosa de la democracia por el perverso nivel de desigualdad en que vivimos.

La historia latinoamericana reciente —a contracorriente del racismo imperante en sus élites— tuvo un hito fundamental en la elección de Evo Morales en Bolivia. Más allá del personaje, su primera victoria electoral marcó el inicio de la democratización real de la sociedad boliviana y la irrupción de representantes de las poblaciones kechua y aymara, entre otras, en esferas de poder de las que estaban secularmente excluidas. Ese proceso que sigue en desarrollo tuvo como uno de sus aciertos el disciplinado manejo económico y, aunque tiene muchos aspectos cuestionables, los cambios que ha generado son innegables y han traspasado sus fronteras influyendo en toda la región, incluso en su vecino Chile. Hoy Bolivia no solo es diferente, es mejor y más democrática que antes.

Hace unas pocas semanas, Colombia acaba de marcar otro hito esencial con la elección de Gustavo Petro y Francia Márquez. Ese país en el que cualquier liderazgo que cuestionara el statu quo era eliminado no solo política sino también físicamente, acaba de elegir a un ex guerrillero, un político que ha confrontado con inteligencia a los poderes fácticos, y a una lideresa afrocolombiana, abogada, quien trabajó como empleada doméstica en su juventud. Ambos han planteado la necesidad de construir la paz en ese país tradicionalmente violento y Petro ha marcado su línea política y de gobierno afirmando que los sectarismos de izquierda y derecha fueron los que causaron esa violencia. Como afirma el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, una guerra de tantos años y con muchos actores cambiantes, “es distinta según quien la cuente: es una si la cuenta una víctima de la guerrilla, y otra si la cuenta una víctima de los paramilitares o los crímenes de Estado, y ahora añadiré que también es distinta según el victimario. A lo largo de meses hemos conocido esos relatos –de guerrilleros, de paramilitares, de soldados–, y el informe de la Comisión [de la Verdad], entre muchas cosas, es un espacio privilegiado donde esos horrores, a los que hemos dado la espalda tanto tiempo, ahora nos miran a los ojos y nos piden que hagamos algo con ellos”.

Una tarea impostergable para Colombia es efectuar los cambios que democraticen realmente esa sociedad. Ese país ha votado por cambios de verdad y el presidente Petro ha efectuado designaciones de ministros, buscando perfiles que permitan que los cambios prometidos —y requeridos por la sociedad colombiana— no generen un retroceso económico o institucional.

Ahora bien, esa vocación por la paz, la reconciliación y la estabilidad no significa, como lo recuerda enfáticamente Francia Márquez, negar que en su país existan inequidades tanto de raza, de clase como de género, e incluso que el racismo “también atraviesa al progresismo y a la izquierda” latinoamericanos. Ella en su reciente visita a Bolivia, reconoce la importancia del proceso de ese pequeño país en el proceso histórico que es la lucha por la dignidad de los pueblos.

Los excluidos por siglos en nuestros países, se abren espacios lenta y democráticamente, y empiezan a ser parte de los gobiernos en la región. Ellos mismos, con autonomía, van logrando de a pocos su inclusión. Es casi como si tomaran por asalto el cielo y en lugar de una vida monacal y aburrida, se inauguraran en él los tiempos del “vivir sabroso”.

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