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sábado, diciembre 3, 2022

El morbo mediático como síntoma de violencia de género

Por Claudia Arévalo

Este pasado jueves saltó a la palestra un caso que debería llevarnos a reflexionar acerca del tipo de sociedad que somos, y como la salud mental y los derechos fundamentales de las mujeres han sido reducidos a meros actos de un espectáculo mediático.

Una embarazada desaparece y nuestra generosidad como sociedad se activa: la gente comienza a compartir el aviso de desaparición de Gabriela y todos la buscan desesperadamente. Todos menos quienes deberían: la policía. Aparece al día siguiente, golpeada pero sin bebé; inmediatamente todos buscan a Martina, todos menos quienes deben. Y por otro lado, hay gente que empezaba a comentar: que raro todo eso… ¿por qué estaba sola? ¿Por qué sus padres no fueron con ella?

¿Por qué siempre el por qué?

Y ante lo mediático del caso se movilizan organizaciones feministas y grupos de la sociedad civil que quieren encontrar a la nena; junto con ellas se activan otras voces: las que juzgan, las que critican, las que dicen qué raro, las que no creen en la solidaridad, las que piensan que algo extraño debe estar pasando, porque una mujer embarazada no se puede comportar así.

En el Perú desaparecen o hay registro de la desaparición de 5 904 mujeres entre adultas, adolescentes y niñas; mujeres a las que no se busca, mujeres que son juzgadas al decirles “como habrá salido”, “con quien habrá salido”, “por qué no se cuidó”, “seguro se ha ido con alguien”, “que irresponsable la familia”.

Todos hemos dicho alguna ve frases así.

Todos.

Incluyéndome.

Y entonces la madre aparece, sin bebé, y no quiere declarar; los familiares no entienden, están confundidos; pronto, la autoridad declara: la señora NUNCA estuvo embarazada. Los programas de escándalos, los noticieros “serios”, los espacios miserables de farándula; todos hacen pampa rasa con la familia y con Gabriela. Todos tienen algo que decir, todos opinan, y ella es acusada de falsedad, y amenazada con ser denunciada.

En las fuentes oficiales comienzan a aparecer los ministros diciendo que la señora no estaba embarazada, y que será llamada a declarar por faltas a la fe pública, y acusada de engaño; se indican las penas vigentes más rápido que inmediatamente; el ajusticiamiento mediático de la mujer avergüenza, todos opinan sobre si está loca, sana, o es una mentirosa compulsiva.

Hace unos días fue liberado un hombre que violó a su hija desde los ocho años; las pruebas existen, así como la declaración de la agraviada, pero el hombre fue liberado en menos de dos días. En este país se libera violadores a cada momento, pero no podemos encontrar 5 mil mujeres desaparecidas; los violadores pululan en los organismos del Estado, en las calles, en las familias, en los parques, en los mercados, en las universidades, en las casas, en nuestras vidas diariamente y nadie hace nada. Cuando alguien es violada, nuestra cara se publica en los medios más que la del violador; se perdona penas a violaciones en manada; se perdona a pedófilos… y en comparación una mujer es linchada por supuestamente fingir un embarazo.

Si eso no es patriarcado no sé qué es. Si eso no es linchar a la mujer por serlo y no es persecución por género no sé qué es.

La trata de blancas y de personas tienen un componente estructural de género; las mujeres somos mercancía sexual, lo hemos sabido siempre: niñas, adolescentes y adultas somos mercancía, y para esta sociedad valemos menos que un violador, eso es seguro. Las desapariciones mencionadas generalmente están relacionadas con el tráfico sexual y la violencia de género.

Pero ¿qué promovemos en nuestra sociedad? Suspendemos la educación sexual integral, volvemos al medioevo con tenencias compartidas automáticas; se intenta cambiar el nombre del ministerio que nos representa. Lo repito: las mujeres no valemos nada para esta sociedad. Somos, por lo menos, desechables.

Esta historia retorcida ha dejado bien claro cuáles son nuestras prioridades como sociedad; el mensaje morboso, y el juicio social a la mujer que no puede permitirse ciertos comportamientos, porque deja de ser víctima para convertirse en villana.

Una lástima, una lágrima, eso somos; y si la historia es falsa o no jamás debemos arrepentirnos de hacer las cosas con las mejores intenciones y defendiendo a una víctima, porque somos, primero que nada, PERSONAS, y debemos entender que primero viene la buena fe, y después nuestros prejuicios.

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