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Creando gobiernos vecinocéntricos

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Las campañas electorales municipales de 2026 dejaron una gran lección: la relación entre candidatos y población sigue siendo débil, superficial y, en muchos casos, meramente instrumental. Primó la imagen sobre la idea, el impacto visual sobre el proyecto, el retrato en una marcha —previo pago, comida o regalo— sobre el debate de fondo.

Estas prácticas desarrolladas en amplios espectros políticos, en especial por la extrema derecha, se han visto incrementadas por las granjas de trolls, la corrupción mediática y la compra de voluntades, como se aprecia en el caso Cerimedo. Más allá de dónde vengan, obstruyen el debate sobre el futuro y sustituyen la discusión colectiva por el ataque al pasado personal.

El resultado es una relación entre candidaturas y vecinos marcada por lo que podríamos llamar las 3D: Distancia: los candidatos prefieren el círculo cerrado al contacto directo con el vecindario. Temen la crítica, el debate, la reacción imprevisible del otro. Discriminación: se privilegia a los propios —quienes llevan banderolas, pancartas o volantes— y se excluye a los desconocidos, sospechosos de ser infiltrados. Desconfianza: la cercanía se percibe como riesgo. Abrir el partido compromete a ser transparente, y eso se vive como una invasión a la privacidad.

El resultado son campañas populistas y prebendarias, con una cercanía impostada, arbitraria e interesada. Y, en el fondo, existe una carencia formativa, pues muchas candidaturas y sus equipos no saben cómo relacionarse con el vecindario, cómo tender puentes de diálogo ni cómo promover debates y acuerdos.

Escuela de cogestión

Para suplir estas deficiencias de origen, quienes ganen las elecciones regionales y locales deben convertir el proceso de transición en un proceso de empoderamiento y cogestión, no solo con la gestión saliente, sino —especialmente— con la población que gobernarán y con quién deberían gobernar los siguientes cuatro años.

No se trata de diseñar planes entre cuatro paredes para luego «bajarlos» a la gente. La transición-gestión debe ser una escuela de formación tanto para los nuevos cuadros como para las organizaciones sociales que deberán darle legitimidad al triunfo legal. El poder de decisión debe compartirse desde el día uno.

La transición-gestión es el espacio donde la gestión municipal se dota de legitimidad ante la población por su capacidad de gobernar con todos, no solo para quienes votaron por el nuevo alcalde o alcaldesa. Permite planificar, organizar y dirigir el desarrollo del siguiente gobierno, haciendo corresponsable a la población para evitar el despilfarro y superar errores técnicos que nacen en el gabinete por el desconocimiento profundo del territorio.

Cuando se llega a la gestión sin haber construido las políticas con la población, al aplicarse se encuentran desfases y conflictos. Por eso, en la transición importa el vínculo entre el ganador y su equipo, pero más importante aún —si se desea una gestión exitosa que permita escalar a superiores puestos de gobierno— es establecer y consolidar la relación con la población.

El objetivo tras ganar elecciones es lograr en los próximos cuatro años un gobierno que la población sienta como suyo y que apoye y valore. Lo central es construir una hoja de ruta compartida entre el nuevo gobierno y la ciudadanía. La meta es que al asumir el municipio en enero de 2027 ya exista una estructura organizativa sólida, un equipo capacitado y una población corresponsable.

La cogestión se construye, como se hizo la experiencia exitosa del Hatun Rimanakuy, implementada en el 2015 en la municipalidad provincial de Huamanga, y que diera origen al concepto de municipio Vecinocéntrico, donde se reconoce el derecho del vecindario a participar en el diseño, gestión y evaluación de las políticas públicas a través de espacios donde se delega poder al vecindario. Una municipalidad vecinocéntrica, promueve una mayor conciencia y reconocimiento de la población sobre sus derechos, y deberes en el pago de sus tributos e impuestos.

Este tipo de municipalidad logra tener solvencia económica para contribuir a elevar la calidad de vida de las y los vecinos. Permite que la gestión pueda crear mayor valor público, y recomponer la relación entre Estado y sociedad.  La propuesta es lograr convertir un municipio gestionado tradicionalmente de manera vertical, sin participación ciudadana en uno “Vecinocéntrico”.

Los riesgos y perspectivas

Y si bien la cogestión no es una panacea, pues podría derivar en clientelismo, o captura de organizaciones sociales por el gobierno y cooptación de dirigentes, no hacerlo es repetir las historias de municipios sin impacto en la vida de la gente, terminando gestiones con una muy baja aprobación o siendo rechazados por amplios sectores. En ese sentido, la campaña de 2026 dejó que la política local no se puede reducir al marketing. Los nuevos gobiernos locales tienen una oportunidad —y una responsabilidad— histórica, convertir la transición en un paso de una gestión tradicional en una vecinocéntrica. Seguir gobernando con las 3D— ya mostró sus límites.

Jesús Ospina Salinas
Escrito por

Jesús Ospina Salinas

Magister en sociología por la Pontificia Universidad Católica del Perú, y licenciado en administración, por la universidad Inca Garcilaso de la Vega. Fue gerente municipal de la municipalidad provincial de Huamanga, en el 2015 durante la gestión del alcalde Hugo Aedo. Ha publicado el libro "El arte de gobernar con las y los vecinos. Creando una municipalidad vecinocéntrica". Escribe en el diario Jornada y tiene una columna en radio Santa Ana.

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