El porcentaje de peruanas, de peruanos que sabíamos que existía un Informe Final y una Comisión de la Verdad (CVR) el año 2013 no superaba la quinta parte del país, hoy ni el 15% de los jóvenes sabe de su existencia. Y sin embargo, es un tema que jamás ha dejado de discutirse en los gobiernos y parlamentos desde que el Informe se entregara el año 2003. Después de su publicación y circulación de su resumen, además del acceso gratuito y sencillo a sus capítulos a través de su página web, una ola de cuestionamientos fue levantada y mantenida. La razón principal descansaba en la reacción del integrante de las fuerzas armadas de la CVR, Teniente general FAP Luis Arias Graziani, quien suscribió el Informe Final con reservas: una “falta de imparcialidad” del antimilitarismo que impidió a los integrantes de la Comisión ver con claridad lo ocurrido.
Es cierto que el Informe de la CVR se encuentra tan centrado en las acciones y estrategias terroristas de Sendero Luminoso, como en las acciones y estrategias militares de las fuerzas armadas, tanto las buenas, como aquellas que dañaron o quitaron cruelmente la vida de miles, de miles de personas inocentes durante dos décadas de gobiernos. Es aquí donde el orgullo militar se siente adolorido. Porque el Informe dice que los primeros e ineficaces encargados procedían del idealizado Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada, porque las estrategias planteadas por Estados Unidos no consiguieron funcionar. Que hasta el año 1989 el número de personas inocentes muertas por Sendero Luminoso estaba cerca de ser el mismo de los crímenes cometidos por estrategias militares para contrarrestar el terror con terror del mismo. Que el mérito estuvo en el uso de estrategias taiwanesas, en retomar los cuestionados comités de autodefensa, y parecía que también en el estilo estadounidense de investigar, pero acompañado lamentablemente de repensar la guerra como un conflicto de baja intensidad que devino en la creación del Grupo Colina. Narra también la historia política de los militares y de cómo no cesaron hasta conseguir un golpe de Estado el año 1992. No pues, no quedan bien.
¿Por qué la Comisión de la Verdad debía hacer público todos los crímenes cometidos por el Estado peruano, por sus Fuerzas Armadas, por su Policía, si los primeros consiguieron acabar y vengarse de Sendero Luminoso y la investigación policial fue la que consiguió atrapar a su líder Abimael Guzmán? Pues porque las comisiones de la verdad en el mundo entero se crean para proteger a las víctimas de los crímenes producidos por el Estado durante guerras y conflictos políticos armados. Y víctimas no sólo civiles, sino de aquellas que pudo haber en la policía y en el ejército también. Para realizar el Informe, las fuerzas armadas y policiales formaron parte de la población con la que la Comisión también trabajó durante sus años de vigencia. Y sirvió para conseguir pruebas y testimonios que ayudarán los procesos judiciales contra los responsables de todos los bandos.
Tengo la intuición, aunque carezco de evidencia, de que para una persona que ha sido formado en la defensa y protección armada, hablar de víctimas es un tema a eludir. Sentirse víctima o victimario resulta absurdo o indignante si pensamos en un cuerpo y una mente disciplinados para vencer y rendir. Y mucho más perturbador, si apoyar a la víctima implica que tus compañeros, que tú mismo terminarás en la cárcel. Sin haber recibido jamás buenas órdenes y directrices, pensando que sembrar terror era lo debido. Es entonces la categoría de víctima la que genera desazón porque se trata no solo de un acto sentimental, sino de un acto de justicia. Y es el temor al castigo, al más duro de todos, al fin de tu carrera, el espíritu con el que se cree que se construyó el Lugar de la Memoria. Y la memoria hace referencia a una memoria no objetiva, sino a una memoria pública que requiere mantenerse con vida para evitar que se repitan los crímenes que vivimos durante la guerra contra Sendero Luminoso.
Hasta ahí puedo comprender el temor de los victimarios, pero no me parece justo que sea el Lugar de la Memoria un blanco fijo del fujimorismo. Porque quien acude al LUM, encuentra que está centrado realmente en comprender el dolor y provocar el respeto a las víctimas. Sean de la iglesia, del ejército, de una comunidad campesina, de una ribera amazónica, de una universidad, del barrio pituco de la capital, un policía, el LUM les da un espacio para que sean reconocidos y respetados. No se dedica a hablar mal de los militares, da poco espacio al terror de baja intensidad que lideró Vladimiro Montesinos, habla bien del Comando Chavín de Huántar, de los Húsares de Junín y se dedica más al reconocimiento de una población que viva o muerta hubo de migrar y perder y recuperar.
Pero como el fujimorismo y sus militares no pueden cambiar el Informe Final que los señala y avergüenza, siempre han querido cambiar el Lugar de la Memoria. Quieren contar una historia donde todo crimen militar quede más justificado o se borre y olvide para siempre. Si la idea era que no nos volviera a pasar, es normal que los de a pie temblemos ligeramente, como nuestra tierra, cuando nos dicen que de eso ya no se debe de hablar.