Desde que empecé mi actividad profesional, hace más de 15 años, siempre creí que me correspondía aportar a la generación de ciudadanía desde mi profesión, o mis profesiones. También creí que con mi trabajo realmente estaba aportando. El resultado electoral de las elecciones presidenciales y el probable resultado de las municipales limeñas de este domingo me está reventando en la cara: no ha sido suficiente.
Mi formación en periodismo me regaló la noción siempre presente de servicio público. Cuando empecé a hacer más teatro que periodismo, ese detalle era lo único que realmente extrañaba. Racionalmente entendía la importancia de la cultura, pero no lograba interiorizarla.
Eso me llevó a una búsqueda que empezó con la exploración del periodismo como insumo para el teatro, tuvo un avance sustancial cuando estudié actuación a nivel universitario y finalmente pude completar al leer el libro Elipses, del filósofo, dramaturgo y director Juan Mayorga, que lleva más allá la idea hamletiana del teatro como espejo social y lo propone como traductor de nuestra realidad. En el camino, por supuesto, hubo otras lecturas, personas y reflexiones. Fue una búsqueda de años que me permitió aclarar mi horizonte profesional. Justo un poco antes de este lamentable 2026, que lo vuelve a cuestionar.
La sensación de servicio público al hacer teatro o cine ya la tengo interiorizada. No era muy lejana a la que le corresponde al periodismo. Ambas se entienden dentro de la comunicación social. Ambas están marcadas por aportar a la generación de ciudadanía mediante la provisión de insumos, en forma de información o de ficción, que ayuden efectivamente a comprendernos mejor como personas y como sociedades, a cuestionarnos a partir de ese entendimiento, y a tomar decisiones. Incluidas las electorales. Justamente, se trata de un ejercicio democrático en sí mismo. No en vano la libertad de expresión y la cultura suelen estar en el primer grupo de víctimas de los regímenes autoritarios.
Esa es, precisamente, la vía que encontré para asimilar la utilidad pública de la cultura: su inherente dimensión política. Esto no aplica solamente a obras que presenten grandes dramas sociales, aplica para todo. Porque ir al teatro o a una sala de cine con decenas de personas, en el mismo momento, y prestar atención colectiva a un dispositivo que ocurre en frente, ya es un acto político que nos obliga a encontrarnos y nos permite cuestionarnos. Aunque atendamos al contenido más superficial jamás pensado, lo que, por cierto, también llevaría consigo una carga política.
Como plantea Mayorga, todo esto configura la trascendencia de la cultura a pensamiento crítico, uno que nos facilite revisarnos para ser mejores. Tanto de manera personal como colectiva. ¿Qué pensamiento crítico hemos ayudado a construir quienes hacemos comunicación social si nuestra sociedad decide volver a darle el poder a un grupo que violó, sistemáticamente y de diferentes formas, los valores mínimos de convivencia democrática durante más de treinta años? Incluyendo la libertad de prensa. ¿Qué aporte hemos hecho a una ciudad que vota por quien alienta, literalmente, a la violación?
Hemos sido derrotados. Nuestro trabajo no ha servido. Al menos no lo suficiente. En mi caso particular, a pesar de haber abordado directamente esos temas más de una vez y en más de un formato.
Pero el problema no es solo la inutilidad. Si se intenta ver desde una perspectiva individual y egoísta, está en riesgo la continuidad del camino profesional que había aclarado en los últimos años. Quienes nos dedicamos a la cultura, al arte, al periodismo, a la comunicación social en general, estamos amenazados. Como lo están quienes dedican su trabajo directamente al fortalecimiento de la democracia. Nosotros lo hacemos solo de manera un poco menos directa.
Están a la vista los sucesivos ejemplos del daño institucional: la nueva ley de cine, la vulnerabilidad del LUM, el abandono del MUNA, la creación del Colegio de Artistas, los casos de negación a la calificación oficial de espectáculos culturales, la reducción de presupuesto para las escuelas de arte, etcétera.
Si ya había pocos espacios y recursos para poder aportar, todo indica que en el futuro próximo habrá todavía menos, como nos anticipa el caso argentino. Y lo que podamos hacer, además, probablemente llegará a una recepción ya no solo limitada, sino también condicionada por el orden conservador. Todo en plural porque es imposible verlo individualmente, es un problema colectivo: gremial y social.
La sensación es clara. El análisis también. La pregunta es: ¿ahora qué toca hacer?
Queda esta interrogante como punto de partida para mi colaboración con Pata Amarilla