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La soledad de los autócratas

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La democracia está en crisis a nivel global. Así lo evidencian la conducta internacional de muchos Estados y su desenvolvimiento en la esfera política interna. Los partidos políticos y los medios de prensa tradicionales están perdiendo aceleradamente eficacia como vehículos de mediación con la ciudadanía. La el poder político la comunicación, pero ahogando la información y el conocimiento. Y esas mismas redes sociales están facilitando la coordinación de las protestas sociales y amplificando las expresiones de descontento ante la incapacidad de las instituciones democráticas tradicionales para representar el sentir ciudadano y responder a sus clamores. Un rasgo adicional y no menor de estos aciagos tiempos es la propagación de gobernantes autócratas.

La autocracia es el gobierno autoritario en el cual el poder está concentrado en un personaje. En éste, el Estado de derecho es sustituido por el capricho del gobernante; los pesos y contrapesos institucionales, propios de un régimen democrático, son neutralizados por aquél, quien concentra en sí y en su reducido entorno servil. En algunos casos, la autocracia emerge dentro de un régimen de raigambre autoritaria, como es el caso de Vladimir Putin, en Rusia, y de Xi Jinping, en China; en otros, como proclividad y sin alcanzar un carácter tan extremo, se forma dentro de regímenes cuyo perfil democrático se está erosionando, como son los casos de Donald Trump, en los Estados Unidos, y de Nayib Bukele, en El Salvador.

La autocracia suele caracterizarse por la extrema concentración de poder y el culto personalista en torno al jefe de Estado; por la falta de transparencia y los constantes conflictos de intereses en el desempeño de la función pública; por la imposición de restricciones ilegítimas para el ejercicio de la libertad de prensa; así como por la falta de competencia política, debido a la supresión de opciones opositoras y la ausencia de elecciones libres.

Sin perjuicio de las muchas diferencias que pueden identificarse entre ellos, existen rasgos que suelen ser comunes a los autócratas. Y es que su conducta no es simplemente un estilo de gestión política, sino que hunde sus raíces en insondables carencias psicológicas, que los impulsa a procurar compensar sus inseguridades personales mediante la búsqueda de constante validación y a obsesionarse con la necesidad de mantener control sobre todo lo que ocurre en su entorno. Consonante con ello están las agudas proclividades narcisistas y autorreferenciales, que los impulsan a reclamar admiración; les impiden abrigar niveles básicos de empatía; los inducen a disfrutar del sufrimiento ajeno; y a descalificar puntos de vista alternativos a los suyos. Sus aptitudes de socialización están permeadas por la pulsión de exigir lealtades absolutas; y, en base a ello, por el maniqueísmo de clasificar a las personas bajo el simplismo binario de aliados o enemigos. Los impulsos paranoicos, expresados en la desconfianza generalizada, suele ser un rasgo adicional de estas desgarradas personalidades.

Quienes típicamente rodean a los autócratas y se convierten en sus aliados preferidos suelen ser sujetos oportunistas, que instrumentalizan esa relación para avanzar sus propios intereses; personas cínicas, o que conscientemente anulan su pensamiento crítico; o individuos cuyas propias carencias los impulsan a desarrollar una relación de dependencia emocional frente a quien perciben como su líder. Para algunos seguidores, el autócrata -con su autoritarismo, su intolerancia y sus certezas absolutas- representa una imagen paterna, de la que acaso carecieron en etapas vitales anteriores.

La conducta y el entorno de los autócratas, donde la disidencia o el pensamiento crítico no tienen cabida, facilita el despliegue de graves yerros en la toma de decisiones. La sobrevaloración de las propias capacidades y de sus oportunidades, sin que alguien pueda decirle al emperador que está desnudo, acaban arrastrándolos hacia sus debacles como gobernantes. Las ilegales guerras contra Ucrania, desplegada por Vladimir Putin, y contra Irán, desplegada por Donald Trump -ambas con resultados manifiestamente adversos a lo que ellos ilusionaron- y la obsesión de Xi Jinping por ocupar Taiwán, dan testimonio de las gravísimas consecuencias que aparejan los regímenes autocráticos.

Los autócratas destruyen o erosionan los procesos y líneas de sucesión para el cargo de jefe de Estado, evitando que otros dirigentes acumulen poder, y con ello siembran inestabilidad, recelo generalizado y conflictividad en las altas esferas, respondiendo así a sus impulsos paranoicos.

Al final de cuentas, por decisión propia, basada en sus carencias psicológicas y desmedidas ambiciones, los autócratas cavan sus propias fosas de inmensa soledad. Sus autopercibidas excepcionalidades los inducen a desvalorar al prójimo, y  sus inseguridades y temores los llevan a desconfiar de todos. En esa autogenerada soledad queda grabada su pobreza espiritual, la garantía de su fracaso y el daño de históricas proporciones que dejan como legado a sus países.

Oscar Schiappa-Pietra
Escrito por

Oscar Schiappa-Pietra

Licenciado en Derecho y Abogado (Universidad Nacional Mayor de San Marcos). Magister en Derecho con mención en Derecho Internacional Económico (Pontificia Universidad Católica del Perú). Master in Social Policy and Planning in Developing Countries (London School of Economics and Political Science). Master in International and Comparative Law (George Washington University). Master in Public Administration, Kennedy School of Government, Harvard University. Secretario general de la Sociedad Peruana de Derecho Internacional. Fue asesor del Presidente del Consejo de Ministros y del Ministro de Relaciones Exteriores (Perú). Fue director ejecutivo de APCI; director del Plan Binacional de Desarrollo de la Región Fronteriza Perú-Ecuador; funcionario de Naciones Unidas, y consultor del Banco Mundial y del BID.

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