Argumentar que el anuncio de la presidenta Keiko de desterrar las ideologías en las escuelas, tiene como sustento el pensamiento de Carlos Marx, es un regalo muy caro para el materialismo chusco y mediocre que exhibe la primera mandataria. Para el autor de El Capital, la metafísica y el idealismo era un sistema de ideas, creencias, religión, moral o filosofía que presentaba la realidad social de manera invertida y distorsionada, una falsa conciencia que ocultaba o justificaba las contradicciones materiales de la sociedad. Pero, a riesgo de parecer petulante, no creo que Keiko tenga la capacidad para elucubrar un sistema de ideas en su cabeza.
Es cierto que se le critica a Marx de haber desarrollado una paradoja con su propia teoría, al haber creado un sistema de ideas totalizador o una «ideología» que busca universalizar su propia visión de la historia (el materialismo histórico), contradiciendo su rechazo a las construcciones ideológicas. Se le acusa que en algunas de sus obras exhiba un determinismo económico que reducía la superestructura (la moral, el derecho, la religión, la política y la cultura) a un simple reflejo mecánico de la base económica. Pero, igual crítica, aunque desde otro ángulo, se le podría hacer a Max Weber en sus obras, especialmente en su libro, “La Reforma Protestante y el Espíritu del Capitalismo”, para quien el modelo capitalista que se desarrollaba bajo la reforma protestante luterana, era casi el único llamado a ser exitoso y el recomendable para toda la humanidad. Ahora mismo, los defensores de la hispanidad lo critican ácidamente por sobreestimar el factor ideológico y religioso, en detrimento de procesos tecnológicos, políticos y de desarrollo de la Revolución Industrial. Después de todo, todas las ideologías y religiones han tenido sus extremos reduccionistas o fundamentalistas.
Ya quisiéramos que este nivel de debate existiera en el Perú, como expresión de un auge cultural y esplendor de diversas tendencias ideológicas. Nada de eso ocurre por estos lares. Lo que quiere la presidenta Fujimori es oficializar una leyenda negra para ocultar y deformar la historia y los reales hechos ocurridos durante los últimos 30 años, sobre el papel del gobierno de su padre, los abusos de las FF.AA. y las acciones criminales del gobierno de Dina Boluarte. Otros ultraconservadores quieren reescribir la historia para, por ejemplo, presentar a Simón Bolívar como un traidor absoluto del Perú y, algunos relativizar los abusos del colonialismo español, aprovechando que efectivamente, siempre es bueno incorporar nuevas ideas en la reflexión histórica como producto de la investigación, lo cual de hecho se está haciendo.
Lo que precisamente quiere hacer el gobierno de Keiko y otras tendencias ultraconservadoras es crear “una falsa conciencia”, (en palabras de Carlos Marx), sobre los años de la violencia senderista y las décadas subsiguientes. Quieren oficializar un pensamiento binario en niños y adolescentes, como si en estas últimas cuatro décadas, la disputa se haya reducido entre los defensores de la democracia, los patriotas frente a los terroristas, ahí donde a las Fuerzas Armadas, hay que perdonarle todo, porque son fuerzas heroicas. Y, todo aquel que se oponga a ello será acusado de terruco, despreciando los derechos humanos, el Estado de Derecho y el debido proceso. No debemos olvidar que ésta llamada ideofobia ya hace tiempo que viene siendo promovida por el neoliberalismo, funcional a la exacerbación del individualismo, el hedonismo y la cultura del éxito por el éxito. Es decir, es la ideología de la no ideología, donde predominan formas de capitalismo salvaje, entremezcladas con economías informales y/o delictivas, donde todo vale.
La enseñanza en la escuela no debe prohibir las ideologías, sino estudiarlas con un espíritu crítico y objetivo, así como rechazar las evidentemente totalitarias como el terrorismo. En este marco, un docente de primaria o secundaria debe ofrecerles a los estudiantes herramientas, hallazgos históricos, libros clásicos y autores recientes, sin crear fobias, sino inducirlos a una reflexión profunda y que luego en su maduración cognitivo emocional, libremente decidan porque optar. Es decir, si se enseña economía liberal, marxista o keynesiana, no hay que prohibir ninguna, sino que el estudiante tenga la capacidad de abstracción y, por su propia cuenta, pueda discernir libremente, contrastándola con la aplicación de cada una de ellas en el Perú y otros países. Si en la historia se estudia el debate entre San Martin y Simón Bolívar sobre la republica o la monarquía constitucional en el Perú, el docente no debería apelar a un nacionalismo ramplón, sino referirse a diferentes versiones de ensayistas peruanos y los hechos históricos ocurridos. Sera la riqueza de opiniones, libros y ensayos lo que despertará la curiosidad del estudiante y quizá descubrirá que la mejor salida para el Perú, entre 1821 y 1824, era una salida monárquico constitucional, tal como lo hizo Brasil y México o quizás no, ratificando que Bolívar tenía razón.
Una visión arcaica y de las cavernas que prohíbe libros, películas e ideologías para crear una verdad oficial es totalmente contradictorio si la educación quiere promover el pensamiento crítico. Si se quiere generar una actitud crítica y analítica de determinados hechos históricos o presentes se tiene que dar oportunidad a los estudiantes para confrontar puntos de vista y por eso es que en los colegios modernos lo que se hace es utilizar distintas fuentes cuando se aborda un problema determinado: se explora qué dice la derecha, qué dice la izquierda, qué dicen los conservadores, qué dicen los progresistas, qué dicen los liberales. Es decir, se confrontan fuentes diversas y entonces el alumno de verdad desarrolla su pensamiento crítico.
Quizás la mejor época de desarrollo intelectual en el Perú fue precisamente cuando en la mitad del siglo pasado se desarrolló un fructífero debate entre diversas tendencias ideológicas como el indigenismo (Pedro Zulen, Luis E. Valcárcel); el pensamiento conservador o de derecha (Porras Barrenechea, Víctor Andrés Belaunde); del aprismo (Haya de la Torre, Luis Alberto Sánchez); del anarquismo y el socialismo (Gonzales Prada, José Carlos Mariátegui) y el propio Jorge Basadre. Si se habla de la ideología como un sistema de ideas, ¿no es acaso el libro de Víctor Andrés Belaúnde, Peruanidad, ¿una estructura de pensamiento que intentaba explicar como una síntesis viviente que une las herencias indígena e hispánica con valores espirituales en constante construcción? Y me pregunto, ¿Cómo podría un docente inculcarle, a un alumno del tercer grado de secundaria, la lectura de estos clásicos del pensamiento peruano, con un talante prohibitivo sobre las ideologías?; porque como ha dicho recientemente León Trahtemberg, “no hay forma de escribir un libro si no hay ideología”. Claro, eso no lo sabe Keiko porque nunca escribió un libro y, menos, un artículo científico o periodístico.