En una semana, política y prensa coincidieron en discursos que nos sirven de insumo para analizar el racismo como fenómeno histórico en nuestro país. Una historia que goza de una vigencia aterradora. El primero tiene como protagonista a María del Carmen Alva. En una actividad oficial, la presidenta del Congreso de la República nos recordó en un discurso público y de forma muy clara -sin que esa sea su intención- la supervivencia de la clasificación por castas en el pensamiento común de algunos sectores de la sociedad peruana: “Un Congreso para todos. Lima y regiones unidos, blancos e indios unidos, pobres y ricos unidos”. Motivados por la polémica generada y para no desentonar, Canal N en su programa Enfoques Cruzados organiza una mesa para “discutir” sobre racismo a la que titula “Perú: país de blancos, cholos y negros” (sic). Y aunque el fin era dar un supuesto discurso/diálogo de unión y peruanidad porque “somos un país de todas las sangres»; irónicamente lo que ocurrió en aquella mesa fue una muestra de cómo históricamente se han reproducido y normalizado los discursos racistas.
Si vamos hacia atrás en la historia encontraremos continuidades que me permiten afirmar que estos eventos son parte de un mismo fenómeno, aunque con variantes obvias por la distancia temporal. En el siglo XX los parlamentarios constituyentes discutían sobre la posibilidad de otorgar el derecho al sufragio a poblaciones analfabetas, rurales e indígenas. En este siglo también ocurre una amplia discusión entre políticos e intelectuales acerca del “problema del indio”, entendido principalmente como su relación con la tierra, acceso a la educación o su rol que debían tener en la transformación del país. En el siglo XIX, descendientes criollos pontifican en claustros universitarios sobre el mestizaje como forma de inclusión del “indio” y la necesidad del “cruzamiento” como forma de mejorar el país. También en el XIX, en el proceso de la independencia de América, políticos y militares (entre los cuales encontramos varios próceres) llamaban desde periódicos y discursos públicos a que los “indios” participen de la formación de la nueva nación. En el siglo XVIII, criollos ilustrados creaban un discurso que buscaba reivindicar a los pueblos americanos, discurso que incluso cuestionaba el orden colonial (la división en “república de españoles” y “república de indios”) y que exigía que los “indios” también debían ser gobernados por las mismas leyes. ¿Qué se repite en todos estos eventos? Que son determinados sujetos quienes detentan el poder del discurso. Lo que da a su vez el derecho de hablar de los “otros”, y con esto, el poder de decidir sobre ellos sin que sea necesaria su participación real sobre aquellas reflexiones, acciones, buenas intenciones o imposiciones.
Se preguntaba Foucault: «¿Cuál es el estatuto de los individuos que tienen -y solo ellos- el derecho reglamentario o tradicional jurídicamente definido o espontáneamente aceptado, de pronunciar semejante discurso?» No todos tenemos igualdad de participar en el discurso público. Hablar sobre otros es una práctica de poder. El vocero del discurso debe ser alguien cuyas “competencias” eran reconocidas, es decir, eran aceptadas como quienes poseen el derecho de hablar. La posición de poder por excelencia proviene y tiene una estrecha relación con la ciencia, la academia, la ley o la política. Y no olvidemos que el racismo y la desigualdad son relaciones de poder.
Era 1550 cuando se llevó a cabo la mejor ejemplificación de esto que quiero expresar. En Valladolid, frente al emperador Carlos V y una junta de sabios, dos de los teólogos (la teología era por esos años la disciplina más desarrollada por los intelectuales) más reconocidos, Bartolomé de Las Casas y Ginés de Sepúlveda, tuvieron un largo debate público. El tema: la humanidad del indio. Así sin comillas. Esa era la duda que merodeaba en los ambientes políticos y académicos del mundo hispano. Mientras sabios y conocedores discutían, la historia nos recuerda que las poblaciones indígenas americanas iniciaban una debacle demográfica, eran repartidas a los colonizadores como parte del botín, obligadas a vivir en reducciones y sometidas a la mita minera. Todo eso, pese a que la postura lascasiana de que los indios sí eran humanos y debían aplicarse las leyes sobre ellos, se impuso. La realidad histórica (la más de las veces) no necesariamente obedece a buenas intenciones.
Mientras ocurrían los debates sobre los derechos a los que podían o debían acceder los “otros”, la historia avanzaba. Fueron sujetos considerados “indios” las principales víctimas de Sendero Luminoso durante el Conflicto Armado Interno, es en comunidades andinas y amazónicas donde ocurren los llamados conflictos sociales y medioambientales que llegan a episodios de violencia, sobre poblaciones indígenas se cometió el genocidio del “boom cauchero” y fue sobre comunidades rurales que se crearon nuevas formas de esclavitud como el pongaje o el enganche.
La duda primigenia de la humanidad del indio es la duda, que con variantes, hemos observado a lo largo de la historia colonial y republicana, hasta llegar, con menos ilustración, a un debate televisivo. Se repite también, el poder de discutir sobre otros desde un pedestal político o académico, sin que muchas veces se cuente con la voz de aquellos de quienes supuestamente se está hablando, también es una constante. Tristemente, lo aplastante de la realidad sobre las buenas intenciones, es otra constante.