La educación en el Perú va más allá de lo que conocemos como escuela, colegio, instituto o universidad, y es que reducirlo a esa noción responde a la vieja escuela que se impuso hace mas de 200 años a la sombra de una disciplina militar y de la revolución industrial que sentó las bases de la escuela pública moderna en la que se debían formar a quienes trabajarían en las fábricas. Este fue el paradigma que organizó la escuela en pabellones, aulas con carpetas una detrás de otra, con horarios rígidos, donde algunos mandan y otros obedecen. Dos siglos después nuestro sistema educativo se resiste a abandonar este modelo que colisiona con la aspiración republicana y democratica que tiene como propóstio formar ciudadanas y ciudadanos autónomos, responsables, con pensamiento critico y comprometidos con el bien común.
Hoy a diferencia del siglo pasado el conocimiento, parte importante de la información están afuera de lo que concebimos como escuela; los maestros y maestras ya no tienen el poder exclusivo de la infomación; las redes sociales, el internet, la IA hacen su trabajo sin pedir permiso a la escuela; mientras tanto la mayoria de las escuelas están desconectadas de esta realidad, siguen organizadas como un espacio de vigilancia y obediencia entre quienes mandan y obedecen. Resultado de ello son escuelas que han perdido la brújula, muchas de ellas sin propósito, mantiendo a los maestros atados a normas y procedimiento administrativos que los alejan de la tarea pedagógica de pensar junto a sus estudiantes como resolver problemas reales, y acompañar la diversidad de interéses, capacidades que los más de 8 millones de estudiantes peruanos tienen.
El impacto de este modelo, alcanza también a los cerca de 8 millones de peruanos y peruanas jóvenes y adultos mayores de 15 años que no han concluido la educación básica. No desertaron, el sistema educativo, social y económico los expulsó del aula. Este dato porbablemente gráfique lo que la escuela sig ifica para ellos, en el que se ven privadosdel derecho a aprender a lo largo de toda la vida. Por lo tanto, esta crisis tiene una dimensión pedagógica, social, económica y política que debemos reconocer.
Responder a este problema profundo, no pasa por imponer falda largas para las mujeres y cabellos cortos para los varones. Estereotipos como esos son la expresión del temor o miedo a reconocer que la educación debe responder a la diversidad y no a la homogeneidad, aunque esto último resulte mas fácil para quienes tiene la responsabilidad de gobernar la educación, sin reconocer que las amazoníaa, los andes, las costas son expresión a la vez de una diversidad cultural y lingüística que para mucho gobernantes parece ser un problema y no una oportunidad para educar.
No basta con atribuir responsabilidades a la escuelas, directivos, docentes, familias o estudiantes. Las brechas existentes se producen en un país desigual, quebrado por la violencia, la discriminación, la precariedad de los servicios educativo, lo que condicionan las oportunidades de aprender y en la que persiste la obsesión por uniformar cuerpos y conductas, lo que revela una comprensión limitada de la autoridad educativa y desaprovecha la posibilidad de transformar la escuela.
En tiempos que parecen distópicos, cuando resurgen tentaciones autoritarias que pretenden imponer el facilismo de la obediencia sin murmuraciones antes que formar en ciudadanía, nos encontramos también con escuelas donde la ausencia de reglas compartidas debilita la convivencia. Ni el autoritarismo ni el desorden y anarquía permiten construir una educación democrática. Es hora de atrevernos a imaginar y construir otro sistema educativo que no le tema a la diversidad, sino que la convierta en fuente de conocimiento, creatividad, desarrollo y convivencia democrática. La democracia no se aprende solo en los libros de educación cívica; se aprende cuando la comunidad puede opinar, cuando las reglas son justas, cuando el conflicto se resuelve sin violencia y cuando cada estudiante reconoce al otro como su par.
Ello debe partir de reconocer que el bienestar y el aprendizaje son dos caras de una misma moneda donde la disciplina escolar deje de ser militar para hacer realmente que las reglas se cumplan por todos, por ello, acompañar a docentes y directivos, y asegurar condiciones básicas para enseñar es una tarea prioritaria. Las escuelas necesitan ejercer su autonomía en la que cada vez mas los docentes diseñen, creen, propongan, lideren, trabajen en equipo y dejen de ser agobiados con cargas administrativas o normas punitivas.
No podemos conformarnos con repetir que otra educación es posible. Hay que construirla con decisiones, recursos y ciudadanía activa. Nos toca hacernos cargo, en un contexto en que el poder de educar está en las escuelas, los espacios locales se convierten en territorios de oportunidades, acortando la brecha entre la escuela tradicional y el espacio público que también educa, haciendo de las bibliotecas comunales, parques, teatros, piscinas, canchas deportivas, los bosques en la amazonía y loscamoos agrícolas en espacios educativos en laboratorios reales que den soporte a la escuelas que sean espacios de aprendizajes reales y eliminen las oportunidades de violencia y abandono de la cual son víctimas nuestras infancias adolescencias.
Nuestro Perú requiere descentralizarse de verdad. Las decisiones que la hagan viable deben garantizar la participación real de estudiantes, docentes, familias, organizaciones indígenas, comunidades locales. Todavía podemos hacer de la escuela ese espacio de construcción ciudadania que no le tenga miedo a la diversidad, sino que permita crear y vincularla al desarrollo de la comunidad, derribando la idea que el autoritarismo es mejor que ser ciudadanos.
Si alguien pregunta “¿quién dijo que todo está perdido…? (Fito dixit), la respuesta es no, mucha iniciativas transformadoras están ociurriendo en muchas escuelas de nuestro Perú, demostrando que la educación puede ser una experiencia ciudadana que nos permite vivir firmes y felices en las unión.