
Una historia común: una familia típica de tres miembros, el padre, la madre y la hija, viviendo en una ciudad del interior de un país latinoamericano. En este caso es Calí, en Colombia, pero podría ser cualquiera otra semejante.
La hija, todavía una niña camino a ser adolescente, es quien narra la historia, rememorándola. La relación con su madre es difícil, porque no es fácilmente accesible. La busca pero su recuerdo no la encuentra. Es que la mamá, que se llama Claudia, como ella, tiene sus propios problemas, más fuertes que el instinto maternal de acoger a su hija. La memoria que tiene es que su madre está casi siempre en cama, durmiendo hasta tarde, leyendo revistas femeninas y de variedades, distante y lejana.
La hija pregunta, cuestiona y, sobre todo, indaga, trata de entender. La madre evita las respuestas, cualquier acercamiento natural y mucho menos el nivel de intimidad que exigen las interrogantes planteadas.
Pilar Quintana, con lenguaje preciso, buena cadencia, escuetas descripciones y diálogos fluidos, nos va adentrando en esta historia llena de francos sentimientos y humanas incertidumbres.
Claudia, la hija, va advirtiendo que la relación de sus padres no es buena. Se trata de un padre ausente, con sus propios demonios, que incluyen los celos a su esposa.
La madre le cuenta a la hija en algún momento de sinceramiento que estuvo enamorada de un hombre divorciado, con quien hubiera sido feliz casándose. Pero la familia de ella se opuso tajantemente. Una hija de una familia decente no puede casarse con un divorciado, fue la sentencia del padre, el abuelo de Claudia.
De la misma manera como en otra ocasión, la mamá le cuenta a su hija que no pudo estudiar en la universidad porque una chica decente estaba para casarse bien y ser una ama de casa hacendosa y madre preocupada de los hijos que Dios disponga.
Claudia recuerda esas confesiones y se explica ahora la frustrada vida de su madre. Entiende también los celos de su padre y la frigidez de ese matrimonio.
Hay también otro personaje en la historia: la tía Amelia, quien es soltera, vive sola y sin hijos. La engríe y le regala una muñeca a su sobrina, que la acompaña durante toda su niñez. En algún momento, Claudia hace que la muñeca se suicide tirándola por el barranco.
La hija va descubriendo con el devenir del tiempo los intersticios de la vida, la vastedad de los sentimientos y la necesidad de forjarse como una persona independiente.
En su madre ha identificado la tristeza, la frustración vital y la desidia. No haberse podido casar con el hombre del cual se enamoró primero, ni haber estudiado en la universidad por habérselo prohibido su padre, explican por qué se convirtió en lo que fue.
En su padre ha encontrado al hombre que porque trabaja cree que está siendo feliz, olvidándose de lo que es la ternura conyugal, el cariño paternal y la vida en familia, con sus ratos de alegría y sus momentos de tristeza.
La suma del descontento de su madre y la indiferencia de su padre da como resultado el desdichado matrimonio que tuvieron.
Ganadora del Premio Alfaguara 2021, Los abismos, de la escritora colombiana, Pilar Quintana, confirma que la vida se inicia como descubre Claudia, la hija narradora, desde que se toma conciencia de la personalidad individual y de los sentimientos profundos de cada uno.
