Por Eloy Espinoza
La política es una actividad difícil. Su análisis no puede quedarse en lo descriptivo. Demanda que el quehacer político responda a ciertos principios y valores. Eso implica asegurar el cabal respeto a elementos como la separación de poderes ( funciones) y la independencia en el ejercicio de la labor asumida.
En este sentido, reconozco que en un partido político debe tenerse una organización interna y con ideales claros. Pero no significa que el jefe o jefa de un partido es quien impone su punto de vista para favorecer sus intereses personales o de grupo, máxime si una de sus militantes es nada menos que la Presidenta del Congreso. El Congreso no puede ser dirigido por un candidato a gobernador. Eso es un desconocimiento total de lo significa la independencia de poderes. Los y las congresistas son nuestros representantes, y no de una familia o de un grupo que busca hacer gestión de interés. No por algo los y las congresistas no están sometidos a mandato imperativo.
Ayer, ante una situación éticamente recusable, y eventualmente con otras implicancias que se deben analizar, el Congreso hizo esta vez lo que tenía que hacer. Yo no conozco personalmente a la señora Camones, y tengo una muy buena impresión de ella, y de sus esfuerzos por salvar a la anterior mesa directiva de los continuos desaciertos de la entonces Presidenta del Congreso. Sin embargo, cometió un grave error, y esas equivocaciones nos llevan a responsabilidades que deben ser sancionadas.
Moyano queda a cargo de la Presidencia del Congreso, y en cinco días se nombra un nuevo Presidente o Presidenta. Ningún congresista está descartado(a).
Ojalá lo ocurrido sirva de advertencia sobre cómo debe entenderse y manejarse la función pública. Como decía en un artículo anterior en esta misma revista, hacer política no es realizar gestiones en favor de ciertos grupos de interés. Y esto se aplica a todas las autoridades de un Estado, sobre todo si proviene de elección popular.