Evidencia 1:
El 27 de septiembre último, cinco personas fueron brevemente detenidas en las proximidades de la base de la Real Fuerza Aérea Británica de Fairford, localizada a aproximadamente 160 kilómetros de Londres. No se les encontraron explosivos, pero se sospecha que estaban realizando labores de inteligencia para Irán. Pocos días después, entre el 4 y el 5 de octubre, alrededor de una docena de los ultramodernos aviones bombarderos B-1 Lancer, de los Estados Unidos, abandonaron esa base y regresaron a su país, pues existían fundados temores que agentes vinculados a la Guardia Revolucionaria Islámica, de Irán, podían perpetrar un ataque con drones.
Evidencia 2:
Ucrania, que es un país que carece mayormente de Marina, ha logrado impresionantes resultados en la destrucción o inhabilitación de objetivos navales rusos, principalmente mediante el empleo de drones, incluyendo por ejemplo alrededor de la tercera parte de la flota rusa en el Mar Negro; la destrucción de la fragata Almirante Makarov (buque insignia) y otros, en la Bahía de Sebastopol; el hundimiento de la corbeta lanzamisiles Ivanovets (cuyo valor estimado es de US$ 65 millones); el hundimiento de la patrullera Sergei Kotov, uno de los buques más nuevos de la flota rusa; y el daño crítico al submarino clase Kilo Novorossiysk (cuyo valor estimado es de US$ 400 millones). En adición, el 1 de junio de 2025, Ucrania ejecutó la Operación Pavutyna, mediante la cual atacó con drones varias bases aéreas localizadas muy adentro de territorio ruso, destruyendo o dañando alrededor de 41 bombarderos (cuyo valor estimado es de US$ 7 mil millones). Igualmente, mediante los sistemáticos ataques ucranianos con drones, la capacidad de refinación petrolera de Rusia se ha reducido a la mitad, según información de semanas recientes.
Evidencia 3:
El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel desplegaron la agresión militar contra Irán denominada Operación Epic Fury, que en sus primeros días logró destruir enormes cantidades de armamento e instalaciones militares de éste, pero sin haberlo derrotado ni haber alcanzado los confusos objetivos que se propusieron. La estrategia de respuesta iraní, extremadamente eficaz, ha estado basada en la producción y uso masivo de drones de ataque de un solo uso (principalmente tipo Shahed), logrando entre otros aspectos imponer inmensos costos económicos regionales y globales —energía, aviación, infraestructura digital— con medios baratos y fáciles de dispersar. No menos importante, mediante el masivo uso de sus drones y en ocasiones también de equipamiento militar convencional, Irán ha causado grandes daños a diversas bases militares estadounidenses en el Medio Oriente, haciéndolas perder su valor de poderío militar para convertirlas en factor de inmensa vulnerabilidad. A ello se añade el bloqueo iraní del Estrecho de Ormúz; y -a través de los Houtis, sus aliados en Yemen- del estrecho de Bab el-Mandeb, que conecta al Mar Rojo con el Golfo de Aden; así como ataques a refinerías de hidrocarburos en países vecinos, con lo cual han logrado reducir sustancialmente el abastecimiento mundial de petróleo y encarecerlo grandemente.
Un Shahed-136 es un dron de ala delta, con motor de pistón y componentes de uso dual, que puede lanzarse desde un camión. Su costo unitario oscila entre US$ 20 mil y 50 mil, pero producidos por Irán el costo real podría reducirse a sólo US$ 4 mil. Para derribarlo, EE.UU. y sus aliados han recurrido con frecuencia a misiles Patriot PAC-3 MSE (cuyo costo unitario estimado es de US$ 3,7 a 4 millones), SM-2 (unos US$ 2,1 millones) o SM-6 (unos US$ 4,3 millones). En los casos extremos la relación de costos llega a 114 a 1 a favor de Irán.
Evidencia 4:
Riyadh Air es la nueva aerolínea estatal de Arabia Saudita, que inició sus operaciones hace pocas semanas, pero de modo extremadamente desafortunado, pues debido a los ataques y amenazas de los Houties, ha tenido que cancelar la mayoría de sus vuelos por tiempo indeterminado; ha sufrido daños a uno de sus aviones Boeing 787-9 Dreamliner, valorado en US$ 130 millones; y preventivamente ha tenido que trasladar la casi totalidad de su flota de aeronaves a aeropuertos más seguros, dentro del país y en el extranjero.
Pero ¿qué relevancia tienen para el Perú estas cuatro situaciones ocurridas a miles de kilómetros de nuestro país? La respuesta es que muchísima, y para comprenderlo necesitamos familiarizarnos con el concepto de guerra asimétrica.
Una premisa fundamental, históricamente enraizada, en las estrategias militares tradicionales es la de equiparación de potencial bélico, principalmente determinado por variables cuantitativas de armamento y de personal. Pero ese paradigma ha devenido en obsoleto frente a la realidad contemporánea de guerras asimétricas en muy diversos escenarios mundiales, como los recién mencionados.
La guerra asimétrica es un conflicto en el que los adversarios poseen capacidades militares, económicas, tecnológicas o políticas significativamente diferentes. En lugar de enfrentarse en condiciones equivalentes y mediante métodos convencionales, el actor más débil procura compensar su desventaja aprovechando las vulnerabilidades del oponente y empleando formas de combate indirectas, flexibles o no convencionales. La asimetría no se limita a la diferencia de tamaño entre los contendientes. También puede existir en los objetivos políticos, el nivel de legitimidad, el acceso a la información, la capacidad de movilizar a la población, el dominio tecnológico o la disposición a asumir costos y riesgos. La introducción de nuevas tecnologías en los escenarios bélicos actuales -particularmente los drones y otros armamentos autónomamente operados- ha fortalecido el potencial estratégico y táctico de los actores más débiles, y ha convertido en factor de gran vulnerabilidad a las instalaciones militares, y a los tipos de armamento tradicionales de apreciable tamaño, aún a pesar de la sofisticación tecnológica que pueden encerrar. Otro rasgo de la guerra asimétrica es su descentralización geográfica, en contraste con la tradicional concentración típica de las guerras tradicionales.
El Perú está invirtiendo la friolera de alrededor de US$ 5 mil millones en mejorar su armamento e instalaciones militares, pero prácticamente todas esas adquisiciones ahora han adquirido el carácter de gran vulnerabilidad estratégica, y por tanto de obsolescencia, de cara a las nuevas realidades de la guerra asimétrica. Como lo demuestran las situaciones antes referidas, los aviones F-16 que hemos adquirido -cuyas capacidades operativas pueden ser desactivadas remotamente por los Estado Unidos, utilizando los sistemas electrónicos que estas aeronaves tienen instalados- son además blanco fácil para ataques con drones de muy bajo costo. Aún mayor vulnerabilidad tendrá la nueva Base Naval del Callao.
Estos son argumentos sustanciales para cuestionar la solvencia del planeamiento militar peruano, y de volver a insistir en que mucha mejor inversión en la Defensa Nacional haríamos si, con la décima parte del malgasto que estamos efectuando en esos ya obsoletos armamentos e instalaciones, desplegáramos una vigorosa iniciativa de triple hélice: una alianza Estado – sector privado – universidades, para desarrollar capacidades endógenas de diseño, producción y uso de drones, cuyos beneficios podrían propagarse inmensamente más allá del mero ámbito militar. Así adquiriríamos niveles básicos de soberanía tecnológica, en vez de ser consumidores netos de lo que producen grandes potencias.