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Del cabildo colonial al municipio vecinocéntrico: Revolución democrática municipal

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En Perú y América Latina, el municipio es continuidad del ayuntamiento o cabildo virreinal, según Catalina Victory (1999), pues no se desarrollaron experiencias propias, autónomas, de gobierno local. Este se basó en el “modelo del municipio hispano”. Y donde predominaban el ayllu y prácticas como el ayni o la minka generalmente se les menospreció y excluyó.

El historiador Nelson Pereyra (2024), recalca que los ayuntamientos españoles en ciudades como Huamanga, Ayacucho, Perú, los integraban los vecinos españoles “encumbrados y poderosos miembros de la élite hispana temprano-colonial.” Así, el municipio nace autoritario, excluyente y discriminador.

Un intento democratizador se dio con la Constitución de Cádiz (1812), creándose ayuntamientos constitucionales donde había mil habitantes o más. Sus representantes se elegían por sufragio y tenían autonomía. Eso trastocó el cabildo colonial de vecinos notables que compraban regidurías y otros puestos hereditarios. Fernando VII retornó en 1814 restaurando el absolutismo.

Independencia sin democracia 

Con la independencia, José de San Martín en 1821 creó desde el poder, el municipio republicano con elecciones limitadas. Hasta 1896 los analfabetos en castellano, de habla runasimi (quechua) u otras lenguas, votaban con reservas, las mujeres nunca. Pero los castellanohablantes -analfabetos en quechua y otras lenguas- siempre sufragaron, además eran varones, mayores de 25 años y contribuyentes.

Otro intento democratizador fue la Ley Orgánica de Municipalidades de 1873, de Manuel Pardo, creándose concejos departamentales, provinciales y distritales con rentas. Pero fracasó por la crisis del guano y la resistencia gamonal. Luego, en plena guerra con Chile los concejos departamentales se suprimieron en 1880. Reformas desde la cúpula del poder son difíciles de enraizar.

La exclusión siguió. En la elección del presidente Pardo en 1872 votaron 3,778 personas, cerca del 0.27% del total, pues el censo de 1876 indicó cerca de 1’400,00o de potenciales electores. Luego, tras la guerra con Chile se culpó a los indígenas por la derrota, creció el racismo ilustrado y en 1896 se eliminó el voto a los iletrados en castellano.

A inicios del siglo XX hubo escasos procesos eleccionarios municipales, como en 1900 y 1922. Y hasta 1963 el prefecto o el presidente designaban al alcalde por conveniencia política presidencial y de gamonales. Ese año, con el primer gobierno de Belaúnde, se retomó la elección de alcaldes. Pero en 1968, tras el golpe militar de Velasco, nuevamente se les designó a dedo.

Revolución democrática liberal

La constitución de 1979 trajo una revolución liberal desde arriba, promovida por el socialismo y los movimientos sociales democratizadores. Le dio voto y ciudadanía plena al analfabeto en castellano. Antes, en cientos de provincias y distritos rurales, ni el 20% de castellanohablantes, pero analfabetos en otras lenguas, decidía el gobernante. Desde 1980 todos debían elegir al alcalde.

Comenzó el fin del poder de las «familias notables», gamonales, hacendados. No tendrían el monopolio del poder político. La democracia canalizó la disputa por el poder, pero con un piso desigual. El poder económico aún avasallaba, pero muchos experimentaban la importancia de su voto. La democracia otorgó poder electoral.

Ese año, 1980, comenzó el conflicto armado interno en zonas rurales de la sierra sur. Como la democracia era una amenaza para los alzados en armas, la combatieron con terror, quemando ánforas, asesinando autoridades, etc. El Estado central, nutrido del espíritu elitista, racista, autoritario, también usó el terror y prácticas antidemocráticas, atentando contra la democracia en el campo.

Pero, las elecciones municipales continuaron. El campesinado fue un soporte de esa revolución que debió surgir en 1821, y no tras 159 años. La duración de la mentalidad colonial se explica mediante el concepto, continuum crítico, del politólogo Juan de la Puente, (“La República Obscena”), que es la reproducción de estructuras donde perviven mentalidades y relaciones de poder bajo nuevas formas. La independencia fue un cambio de régimen y personas, no una revolución democrática. Y el municipio, urbano y elitista, permitió la sobrevivencia de ese pensamiento.

Revolución democrática desde abajo

Elementos centrales de la democracia liberal, ciudadanía política e igualdad ante la ley, nacieron constitucionalmente desde arriba, sobre persistentes desigualdades y exclusiones, y sobre una entidad copiada de la España colonial. Por ello requiere al menos dos cambios. 1. Superar mentalidades y estructuras coloniales, virreinales, jerárquicas. 2. Dotarlos de concepciones, herramientas y métodos democráticos para incorporar demandas vecinales.

De allí el éxito de mecanismos resolutivos de participación como el “Hatun Rimanakuy”, HR, en castellano “Gran diálogo entre nosotros”, del 2015 en la capital de la región de Ayacucho, la Municipalidad Provincial de Huamanga. De esa experiencia surge mi libro: “El arte de gobernar con las y los vecinos. Creando una municipalidad vecinocéntrica”.

De la experiencia del HR nació la concepción de municipio vecinocéntrico, por incorporar al mundo popular en la gestión, enraizar democráticamente al municipio. También logró elevar la recaudación municipal en 25% en los siguientes dos años según el Servicio de Administración Tributaria. Como en el HR, la revolución democrática debe partir desde abajo para ser histórica.

Jesús Ospina Salinas
Escrito por

Jesús Ospina Salinas

Magister en sociología por la Pontificia Universidad Católica del Perú, y licenciado en administración, por la universidad Inca Garcilaso de la Vega. Fue gerente municipal de la municipalidad provincial de Huamanga, en el 2015 durante la gestión del alcalde Hugo Aedo. Ha publicado el libro "El arte de gobernar con las y los vecinos. Creando una municipalidad vecinocéntrica". Escribe en el diario Jornada y tiene una columna en radio Santa Ana.

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