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LA IGLESIA CATÓLICA Y LAS DISPUTAS GLOBALES

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A propósito de la próxima visita del Papa León XIV. Hablemos de la Iglesia Católica, la más grande organización religiosa del planeta, que se ha convertido en pieza importante de la disputa por el control global. Esto se traduce, laical y religiosamente, en la vigencia de la llamada “Controversia de Valladolid” entre Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda

Nada de lo que se refiere a la Iglesia Católica puede entenderse tan solo por la coyuntura. Se trata de una institución que tiene, literalmente, alrededor de 2000 años, nació con los orígenes del cristianismo y de manos de los mismos apóstoles.

Los cismas y disensiones han acusado a la Iglesia Católica de desviaciones doctrinarias o dogmáticas y por eso han reclamado la continuidad evangélica. Pero la continuidad histórica e institucional desde los orígenes, corresponde sin duda alguna a la organización de la Iglesia Católica, cuyo crecimiento acompañó al de la Roma imperial desde la conversión de los emperadores.

El papado se constituyó como reconocimiento a la primacía del obispo de Roma sobre los demás obispos, alrededor del siglo IV, tiempos aún de influencia del Imperio Romano, y por lo tanto del rol político y administrativo predominante de la ciudad de Roma. Así, el papa es papa porque es obispo de Roma, no al revés.

Ese crecimiento también ha estado ligado – con lo que esto significa para todos los efectos – a la invasión europea del mundo, uno de los eventos más significativos y decisivos de la Historia universal. La Iglesia Católica ha acompañado ese proceso, lo ha secundado ideológicamente, y se ha instalado en las diversas colonias con mayor profundidad e intensidad que otras confesiones.

Todo ese trayecto lo hizo aportando – desde sus propias contradicciones – con argumentos tanto para la imposición del vasallaje como para la idea de liberación. Y en ese marco, las llamadas “Controversias de Valladolid” entre Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda, son la muestra más significativa del rol, precisamente, controversial, que le cupo y sigue ocupando, a la institucionalidad católica.

En ese famoso debate en pleno siglo XV, Ginés de Sepúlveda defendió que los pueblos indígenas de América eran de «naturaleza bárbara» y, por lo tanto, inferiores a los europeos. Según Sepúlveda, los indígenas necesitaban ser sometidos por la fuerza para ser educados y cristianizados, pues consideraba que no tenían capacidad para autogobernarse. Para ello recurría a textos bíblicos que sostenían con firmeza su punto de vista.

El fraile Bartolomé de las Casas, por su lado, argumentaba que los indígenas eran humanos con dignidad y derechos, y no «bárbaros» como afirmaba Sepúlveda. Para él, las culturas indígenas tenían sus propias formas de organización social y política, que debían ser respetadas. Afirmaba que la conversión al cristianismo debía ser pacífica, a través del ejemplo y la persuasión, no mediante la violencia ni la coacción. Y así, abogaba por la protección de los pueblos indígenas frente a los abusos de los colonizadores, a los que denunciaba describiendo ejemplos de tales crímenes, al tiempo que rechazaba la idea de que la colonización fuera un proceso legítimo. Para todo ello, igualmente, recurría a textos bíblicos que sostenían sus argumentos firmemente.

 

Aclarando luchas políticas usando la fe cristiana

Es bueno subrayar algo que es un tópico común entre los pensadores católicos y de las otras confesiones cristianas históricas – ortodoxos, luteranos, anglicanos, metodistas – y es que toda religión tradicional contiene en su mensaje muchos elementos que no son de ninguna manera cristianos. Es decir que los misioneros del pasado llevaban consigo un bagaje cultural propio que servía de vehículo para su prédica.[1] Esto es lo que se admite en credos que tienen una tradición de dos mil años de reflexión sobre su fe.

Agreguemos que, desde los Padres de la Iglesia (como Orígenes o San Agustín) hasta los teólogos contemporáneos, se reconocen múltiples sentidos de la escritura (literal, alegórico, moral, anagógico, cuya lectura exige conocer los idiomas originales (hebreo, arameo, griego), el contexto histórico-cultural de la época, el género literario, la historia de la interpretación, etc. Y un énfasis mayor en el mensaje cristiano, a partir del mandato del fundador: » La ley y los profetas eran hasta Juan. Desde entonces el reino de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él» (Lucas 16:16)

Mientras que el literalismo de las sectas que hoy abundan asume que el texto bíblico en el idioma traducido (sea en inglés King James o en español Reina-Valera) transmite un significado directo e inmediato que cualquier lector puede entender en el siglo XXI exactamente como fue escrito, sin necesidad de mediación histórica ni teológica. Al mismo tiempo que se empeñan en recurrir al llamado Antiguo Testamento, contradiciendo su propio autonombre de “cristianos”. Lo que – ´por ejemplo – les permite asumir como parte de su mensaje, el modo de vida occidental/norteamericano como sentido común ligado a sus creencias.

Y en sentido contrario a lo de las sectas, existen sectores conservadores al interior de la Iglesia Católica, para los que la «Tradición» (a menudo identificada con las formas, la liturgia y los dogmas consolidados en el Concilio de Trento o el siglo XIX) actúa como un filtro rígido. Cualquier interpretación del texto bíblico que parezca alinearse con el mundo moderno, el ecumenismo o la diplomacia actual es vista con sospecha si se desvía de lo que «siempre se ha enseñado».

 

La Teología de la Liberación

Gustavo Gutiérrez, padre de la Teología de la Liberación, dedicó ocho años de su vida al estudio de la vida y obra de Bartolomé de las Casas, al que dedicó un libro de 700 páginas, “En busca de los pobres de Jesucristo”, donde dice.  “La teología lascasiana, fruto de su inculturación en la realidad del indio, presenta una continua interacción entre reflexión y compromiso histórico, entre teoría y práctica. Se trata de un pensamiento que no sólo se refiere a la práctica, sino que está elaborado por alguien inserto en ella. Las Casas une fe y lo que hoy llamaríamos análisis social de su época. Ésta fue, sin duda, su fuerza y también la diferencia entre él y la gran mayoría de los que se ocuparon de cosas de Indias desde España.”

El título del libro nace de una frase de Guamán Poma de Ayala, mestizo que vivió entre los siglos XVI y XVII inmerso con los pueblos indígenas andinos, “haciéndose pobre y metiéndose entre ellos 30 años” y que dejó una extensa crónica con muchos dibujos, con denuncias de abusos contra ellos, y descripciones valiosas de sus rituales, creencias, y vida cotidiana. Gustavo Gutiérrez establece un paralelo entre ambos personajes, precisamente por aquel punto de partida vivencial, desde la misma vida del oprimido. De lo concreto a la teoría.

Así, Guamán Poma de Ayala denuncia abusos describiendo los hechos, dando nombres de corregidores, curas o encomenderos, el lugar y la fecha de tales actos, y los nombres de las víctimas. Bartolomé de las Casas hace lo mismo en su “Brevísima relación de la destrucción de las Indias” (1552).

Las Casas no es el único, hay otros varios, pero es el más visible y destacado, en esos tiempos en que, en Occidente, la Iglesia lo era todo. Bartolomé de la Casas se constituye, así, por su testimonio, en uno de los epítomes vivenciales y referenciales de la Teología de la Liberación.

 

Monseñor Arnulfo Romero, de El Salvador

En el pequeño país de El Salvador, azotado por una guerra civil que duró entre 1980 y 1992, donde se enfrentaron el gobierno en manos de la ultraderecha identificada con un grupo de familias que controlaban la mayor parte de la actividad económica, y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), a la izquierda, que exigía reforma agraria y varios cambios profundos, ocurrió un hecho destacable.

El Vaticano había designado al nuevo arzobispo de la ciudad de San Salvador en 1977. El designado fue el obispo Arnulfo Romero[2] que era visto como una figura conservadora, muy dedicado al estudio de la doctrina, a la liturgia, y a la vida espiritual individual. La oligarquía salvadoreña y el ejército recibieron su nombramiento con alivio, pues pensaron que pondría fin a los rechazos y respuestas inconformes que venían creciendo en las comunidades eclesiales de base, que criticaban las injusticias sociales y la violencia estructural en el país.

Ya en el cargo, Romero empezó a recibir denuncias sobre los excesos, abusos y crímenes cometidos por el Estado en contra de pobladores. Su fuente principal era su amigo muy cercano, el sacerdote jesuita Rutilio Grande que trabajaba en comunidades rurales empobrecidas y que predicaba un Evangelio profundamente comprometido con la justicia social, hasta que fue asesinado aquel mismo año de 1977. Ese hecho marcó un punto de quiebre en Romero y sacudió su conciencia. Entendió que no podía vivir su fe cristiana desde la indiferencia. Y entendió que debía actuar asumiendo todos los riesgos. Decía: “Una Iglesia que no sufre persecución, sino que está cómoda en el ambiente del poder y de la riqueza, no es la verdadera Iglesia de Jesucristo.»

Desde entonces, sus homilías se convirtieron en un hecho político gravitante e importante en el país. Eran sermones religiosos cargados de emoción social y políticamente comprometidos. Cada domingo por la mañana desde el púlpito de la catedral, Romero predicaba ante una multitud que lo acompañaba y con millones de personas más que lo escuchaban por la Radio YSAX, que transmitía sus misas en todo el país.

Romero leía el Evangelio del día y lo comentaba con gran profundidad, enfatizando siempre que el mensaje de Jesús exigía la defensa de los pobres, haciendo la denuncia del pecado social de los explotadores, y abogando por la promoción de la justicia. Luego, hacía un repaso de la semana, donde informaba sobre asesinatos, desapariciones, secuestros, represión militar, señalando con nombre y apellido a las víctimas y a los responsables, recogiendo las denuncias que la prensa censuraba o callaba. Enseguida, terminaba llamando a la conversión, pero también a la acción concreta en defensa de la dignidad humana.

En medio de toda esta actividad, ocurrió un hecho que es importante recordar. Romero reunió todas las denuncias y pruebas que pudo y viajó a El Vaticano para entrevistarse con el papa Juan Pablo II. Pero este no lo recibió como correspondía hacer con un arzobispo. Entonces Romero – sin rendirse – hizo fila entre la multitud que acudía a las audiencias generales y finalmente, de esa manera, logró hablar con el papa. Esta insistencia le permitió obtener la audiencia privada en la que, si bien no se le censuró, tampoco obtuvo el respaldo que requería. Dijo en su diario: “Quedé con la satisfacción de haber cumplido con exponer la verdad, pero también con la impresión de que en Roma no se conoce plenamente la realidad que vivimos los pueblos latinoamericanos»

Eso no lo intimidó y siguió con su labor que generaba tanta esperanza entre su pueblo. Hasta un año después, el 24 de marzo de 1980, en que sería asesinado mientras celebraba misa, justo durante el momento de la elevación, convirtiéndose en mártir para millones de personas en América Latina y en el mundo.

La oligarquía lo odiaba, y su última homilía fue determinante para aquel asesinato. Dirigiéndose a los soldados, a las fuerzas armadas y al poder civil, había exclamado: «Queremos que el gobierno comprenda seriamente que de nada sirven las reformas si van teñidas de tanta sangre. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!”

El testimonio de vida de monseñor Arnulfo Romero dio un impulso muy grande a la movilización de las comunidades de base. Su martirio fortaleció, por lo mismo, a la reflexión teológica para la liberación.

 

La Iglesia Católica y la Teología de la Liberación

Las comunidades eclesiales de base fueron con fuerza en los 70/80, y en menor medida hoy, la forma de movilización de los creyentes católicos de las mayorías en América Latina. Su fuerza fue trascendente, en particular desde el Concilio Vaticano II que señaló cambios profundos para la iglesia, y generó toda una generación de obispos que planteaban lo que desde ya se empezó a llamar la “opción preferencial por los pobres”. Las Conferencias Episcopales de Medellín (1968) y Puebla (1979) marcaron, con importantes documentos, este derrotero de la iglesia católica latinoamericana. La Teología de la Liberación bebe también de esa experiencia. Pero esto no se dio sin problemas, como vemos en dos casos de teólogos que dieron contenido teórico a ese vital proceso comunitario.

El de Leonardo Boff que va directo contra la institucionalidad de la iglesia, cuestiona su estructura jerárquica y sacramental, y propone una iglesia que brota de las comunidades de base, obra del carisma del Espíritu Santo y del poder del pueblo de Dios. Sostiene que el poder institucional (especialmente el papado y la Curia Romana) debe ser cuestionado y reformado profundamente, porque ve en él una forma de dominación y no de servicio.

Y el de Gustavo Gutiérrez que plantea no solo reconocer a la pobreza como punto de partida de toda reflexión teológica, sino de averiguar sus causas y ser parte del proceso para cambiar las circunstancias que generan pobreza, construida sobre el despojo y la injusticia. Es estar, dice, verdaderamente, del lado de los oprimidos y asumir íntimamente, realmente, prácticamente, sus demandas. “La pobreza es muerte”, afirma con dureza Gutiérrez. La Teología de la Liberación no es, dice, una reflexión acerca de la relación individual del hombre con Dios, sino que es “una aventura colectiva de liberación, en la que el clásico combate espiritual adquiere dimensiones sociales e históricas.”

Pero, a pesar de su difusión y aceptación, y de la solidez argumentativa que no contradecía en nada al evangelio, todo aquello fue definido como desviaciones marxistas por El Vaticano en tiempos de Juan Pablo II. Argumentaban, además, que algunas formas de la Teología de la Liberación politizaban el Evangelio, reduciéndolo a una praxis de liberación social o política, dejando de lado la salvación espiritual.

Si bien, como intelectuales formados, la mayoría de aquellos teólogos alguna vez referenciaron a Marx entre tantos autores, sus fuentes doctrinales eran siempre el evangelio y la tradición de la iglesia que hallaron en personajes como Bartolomé de la Casas. Planteando una forma de espiritualidad que no se alejara de la realidad, de la vivencia de las mayorías.

El entonces cardenal Ratzinger, presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe – ex Santo Oficio –, si bien matizó sus puntos de vista con el pasar del tiempo, fue quien relegó a la Teología de la Liberación a cierto desván marginador. Tanto Boff como Gutiérrez, y Jon Sobrino otro teólogo, este centroamericano, fueron obligados a guardar silencio, y a no publicar ni difundir sus propuestas. Todos acataron disciplinadamente la orden, aunque Boff dejó los hábitos luego de un tiempo.

La llegada del papa Francisco I significó la irrupción de otro punto de vista. Francisco escribió: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a sus propias seguridades.” A lo que agrega esto en una entrevista: “Decir que todo lo que suene a justicia social es comunismo es una calumnia que viene de hace siglos.”

La experiencia latinoamericana, el contacto con las comunidades de base en su propio país, la conciencia de la necesidad de atender inmediatamente a las demandas urgentes de poblaciones marginadas, marcaron profundamente al que fuera arzobispo de Buenos Aires, ciudad que en sus villas miseria no solo acoge a argentinos sino a bolivianos, peruanos, paraguayos, migrantes con los que el cardenal Bergoglio debía tratar. Y lo hacía cotidianamente.

El papa Francisco recibió a Gutiérrez en el Vaticano con el cardenal Müller, que había sido parte del equipo de Ratzinger en otros tiempos, y declaró que “La Teología de la Liberación tenía aspectos que necesitaban corrección, pero su intuición fundamental sobre los pobres no solo es válida, sino necesaria.” Y el mismo Müller agregó, rectificándose. “Gustavo Gutiérrez ha hecho una teología que no es ideológica, sino profundamente evangélica. Su voz ha sido importante para llevar la mirada de la Iglesia a los que sufren.”

Esta reivindicación en toda la regla se dio en el contexto de una Teología de la Liberación y comunidades de base golpeadas por las opciones conservadoras y partidarias de aquella espiritualidad individualista que cuestiona Gustavo Gutiérrez, y defensoras de la iglesia totalmente vertical que denuncia Boff. Además de la irrupción de las iglesias evangélicas venidas sobre todo de los Estados Unidos, con una lectura literal de la Biblia, fundamentalmente conservadoras en aspectos sociales, promotoras del inmovilismo social y el apoliticismo, y cargadas de prejuicios muy severos.

Esta irrupción de iglesias evangélicas fue, en parte, promovida por el gobierno de los Estados Unidos[3] preocupado por el avance de las acciones y prédica sociales en la predominante Iglesia Católica latinoamericana y, particularmente, por la Teología de la Liberación[4].

 

No es fácil ser papa

En medio de ese conflicto interno y externo a la organización religiosa más influyente del planeta, está la figura del papa, obligado a evitar que la inmensa institución dueña de una historia donde se dio de lo mejor y de lo peor, pero que porta una experiencia que es difícil de reconocer en cualquier otra organización, se disperse.

El papa Francisco se esmeró – en el poco espacio de actuación que tenía – en intentar reformar la iglesia. Pero, así como los teólogos de la Liberación suspendidos acataron su penitencia obedeciendo sin protestar, en la mente de todo sacerdote, incluyendo al papa, predomina por encima de todo, cuidar la permanencia y continuidad de la iglesia. Y eso significa avanzar como elefante en una cristalería o, tantas veces, detener la marcha.

Sobre la exigencia de revalorar a las mujeres y su lugar en la sociedad, los tímidos pasos del papa Francisco – ubicando por primera vez a mujeres en varios de los más importantes cargos tanto religiosos como administrativos de la iglesia, por ejemplo – se explican en ese contexto de tiras y aflojes entre dos sectores que son, ambos, parte constitutiva de la secular organización del catolicismo. Este proceso de reivindicación de la mujer también puede leerse en la clave de la contradicción entre dominación y liberación.

Veamos cómo, por ejemplo, la dominación “natural” de unos pueblos sobre otros, la sustentaba Sepúlveda con este texto del apóstol San Pablo en el que se refiere a la predominancia masculina: “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor. Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia; y él es el salvador del cuerpo. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo.” (Efesios 5:22-24) Sepúlveda se valía de este pasaje para justificar la existencia de una jerarquía natural en la que los pueblos «civilizados» (los europeos) debían gobernar sobre los «bárbaros» (los pueblos indígenas). Así, señalaba, la sumisión de los indígenas a la autoridad europea era parte de un orden divino de jerarquías. Esta extrapolación de Sepúlveda es interesante porque, antes que hubiera las críticas a la dominación del hombre sobre la mujer, el uso afirmativo por el que Sepúlveda usa ese texto subraya la percepción conservadora de la relación hombre/mujer como sinónimo de dominación “natural” no solo en la pareja, sino que atada a todos los ámbitos, como una sola.

No tiene por qué ser así. En una homilía en la misa con motivo del fallecimiento del papa Francisco, el cardenal Carlos Castillo, arzobispo de Lima, dijo: “en la Biblia no todo es revelación, hay mezcla. Para leer la Biblia hay que leer las leyes de Jesús que perdonan la cruz. Y todo lo que no se parece al perdón y al amor, mucho cuidado, porque es mano humana que escribe y le mete su salsa. Y por eso tenemos que aprender a leer la Biblia y no agarrarla a rajatabla.”[5] Con lo que reconocemos, nuevamente, el contrabando cultural que arropa a la enseñanza cristiana.

 

Los nuevos tiempos de la tecnología y la justicia social

El Papa León XIV ha surgido como un continuador menos profético del legado de Francisco, pero no por ello menos claro en el compromiso de la Iglesia Católica con la justicia social, con la paz, con la obra común humana. En su primera encíclica, que aborda el fenómeno de las nuevas tecnologías, su primera referencia es a textos bíblicos que contrastan valores humanos muy diferentes. Dice: “Evitemos, por tanto, el ‘síndrome de Babel ‘: la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos. Este es el riesgo de la deshumanización —construir el futuro excluyendo a Dios y reduciendo al otro a un medio—, una tentación antigua y siempre nueva, que hoy también toma un rostro técnico. Elijamos, en cambio, el “camino de Nehemías, que pone de relieve el valor del trabajo compartido para hacer que la ciudad de Dios sea un lugar seguro para los exiliados que regresaron.”

Esto describe perfectamente el legado que León XIV porta, nacido tanto de su reflexión teológica como de los veinte años de vivencia inmediata con los más pobres en un país de América Latina. Buena parte de la formación del sacerdote Prevost se hizo en Perú, en contacto con una realidad apenas distinta de la que había formado a Francisco en las villas miseria de Buenos Aires. De allí a entender con profunda convicción que la prioridad la tienen los más pobres, los más desvalidos, el trecho es mínimo. Ver la imagen del Papa León XIV en el muelle de Lampedusa, Italia, uno de los puntos principales de llegada de migrantes procedentes de África, siguiendo en esto a un gesto idéntico de su predecesor, fue una imagen potente, más intensa que mil palabras.

Al mismo tiempo, sin confrontar ni objetar a la ciencia, su primera preocupación escrita es sobre las tecnologías que, obedeciendo a los intereses de sus propietarios, amenazan con arrebatar la libertad e incluso la supervivencia de la especie humana. Esto lo vuelve, al mismo tiempo, un hombre más de estos tiempos apurados en los que la vida de las personas puede transformarse en segundos – ya no en años – por la influencia de ingenios cuya instrumentalización no obedece a criterio ético alguno. Y allí, siguiendo la tradición, precisamente, es obligatorio que la iglesia diga su palabra. E influya. El papado es – qué duda cabe – uno de los influencers más importantes del mundo,

Y así, no ha tenido temor de expresar puntos de vista críticos que lo han confrontado con sectores políticos. Su sostén es el evangelio. Y, en ese marco, su crítica a la extrema derecha ha sido contundente, resaltando que unir la fe religiosa con posturas de ultraderecha contradice la doctrina cristiana. Y agregó que “los valores del Evangelio, no se basan en el odio ni en la división, sino en la comprensión, la compasión, y el acompañamiento.”

Es, sin dudas, un Papa con fuertes convicciones políticas nacidas del evangelio cristiano y la doctrina social de la Iglesia Católica el que viene al Perú que es, además, una de sus patrias.

 

Las Casas y Sepúlveda, hoy

El investigador norteamericano Immanuel Wallerstein escribió: “Construir a nivel mundial cortapisas legales a los crímenes contra la humanidad es poco virtuoso si no son igualmente aplicables a los poderosos y a los que conquistan. El Consejo de Indias que se reunió en Valladolid no reportó este veredicto. Sepúlveda ganó. Aún no se ha reportado el veredicto y en esta medida Sepúlveda sigue ganando en el corto plazo. Los Las Casas de este mundo han sido acusados de ingenuos, de facilitadores del mal, de ineficientes”.[6]

Allí, en ese sistema-mundo, como herederos de Sepúlveda, cazan las iglesias evangélicas, pero asimismo el catolicismo conservador que, además, crece como una moda ultraderechista,[7] anclado en la verticalidad que cuestiona Leonardo Boff, y la espiritualidad individualista que cuestiona Gustavo Gutiérrez. Ese catolicismo ultraconservador, que recurre a San Agustín, manipulando esos textos para desacreditar proyectos de cambio social, diciendo, por ejemplo, que la pretensión de construir un mundo justo en esta tierra es ilusorio o demoníaco (y que es cuando entendemos que la famosa frase de Milei contra el papa Francisco no fue un exabrupto) al tiempo que defiende las jerarquías «naturales» y el deber de proteger el orden tradicional, reivindica también el nacionalismo étnico-religioso y la exclusión de los «otros» (migrantes, musulmanes, progresistas, minorías sexuales, etc.) identificando la “ciudad de Dios” agustiniana con la civilización occidental tal como la entienden, y otras interpretaciones antojadizas más.

Tal es el panorama. Desde aquella confrontación inicial, quizá el problema de los lascasianos es que nunca superaron a Las Casas, hombre finalmente de su tiempo, incapaz de cuestionar la misma colonialidad, y menos al extractivismo que la define. Esa colonialidad que – en clave peruana y de muchos otros países que se forjaron en la colonia – está tan ligada al centralismo que la extrema derecha, que vive de la división entre ricos y muy pobres, entre formales e informales, no puede permitirse que cuestionen, comenzando por negarlo.

Quizá los nuevos tiempos sean los de la respuesta desde las creencias de las gentes en un Cristo de los territorios, desde abajo, en una novedosa epifanía de las multitudes por su derecho a la vida. Después de todo, como bien dicen los teólogos de la liberación, el cielo es aquí, ahora. Y para todos.

 

[1] Michael Sheenan: “El contexto histórico de la moral” – en “La nueva moral”, Ediciones Sígueme, Salamanca 1972

[2] https://www.youtube.com/watch?v=UAetYFeD_7E&t=7s

[3] https://www.cia.gov/readingroom/document/cia-rdp90-00845r000100180004-4

[4] https://www.cia.gov/readingroom/document/cia-rdp97r00694r000600050001-9

[5] https://www.youtube.com/watch?v=Jq56Nyup7CI&t=760s

[6] https://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1315-94962009000100010

[7] https://ctxt.es/es/20250401/Politica/49101/vance-iliberalismo-trumpismo-catolicismo-derecha-neoconsservdora.htm

David Roca Basadre
Escrito por

David Roca Basadre

Columnista en Pata Amarilla.

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