Hubo tiempos en los que en el Perú parte de la “ciencia” médica, e “intelectuales”, explicaban que los rezagos de las poblaciones indígenas, mestizas, afrodescendientes, y otros grupos subalternos, se debían a causas naturales: teniendo “forma humana” habían dejado de evolucionar. Para “mejorar la raza”, entre otras medidas, desde la segunda mitad del siglo XIX promovieron una selectiva inmigración europea para sacarnos del atraso a donde nos había llevado nuestra “degeneración biológica”.
Hacia fines del siglo XVIII, debatiendo las inconveniencias de unir o no en una sola a la República de Indios y a la República de Españoles (que incluía a los criollos), y establecer así las bases de la nación, en el Mercurio Peruano se decía: “La legislación conoció la cortedad no sólo de las ideas sino de espíritu del indio y su genio imbécil y para igualar de algún modo esta cortedad le concedió sabiamente las exenciones y protección de que se trata…”. Sigue: (el indio) “Tiene el cabello grueso, negro, lacio; la frente estrecha y calzada; los ojos pequeños, turbios y mohínos, la nariz ancha y aventada, la barba escasa y lampiña… el sudor fétido, por cuyo olor son hallados por los podencos como por el suyo los moros en la costa de Granada”.
Un siglo después, durante la Guerra del Pacífico, Ricardo Palma decía: «El Perú tiene un enemigo más formidable que Chile; y ese enemigo es el indio. […] El ejército del dictador [Piérola] ha estado infestado de indios, y por eso la catástrofe ha sido la que yo hube de augurar.» Décadas después, Alejandro Deustua, quien fuera Rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, escribía en su libro La Cultura Nacional (1937) que “El Perú debe su desgracia a esa raza indígena, que en su disolución psíquica no ha podido transmitir al mestizaje las virtudes de las razas en períodos de progreso… El indio no es ni puede ser sino una máquina”.
Por estos días, el señor Rafael Santos, excandidato a la Presidencia de la República (2021, 0.4% de votos), y al Gobierno Regional Lima (2026, con 5% de votos), intentaba explicar “científicamente” algunos resultados electorales: “En el Cusco no te olvides que están en la altura, y en la altura el oxígeno es bastante menor que en la Costa… por la altura que tiene no se dan cuenta de la realidad”. En simultáneo, el periodista Diego Acuña explicaba que ese resultado “solo puede ser descrito como una condición mental que debemos lamentar, y aspirar a subsanar de algún modo por el bienestar de esa región, y de lo que pueda contagiar a otras regiones del país”. Un simple cálculo aritmético les haría percatarse que en torno al 70%, que comparte la misma altura, también votó legítimamente por otras opciones.
Pocos días después, un comunicado del Colegio Médico del Perú, conformado en su mayoría por descendientes de quienes eran despreciados por su color de piel, lengua, vestimenta o apariencia física, y que accedieron a una buena formación profesional, afirma enfáticamente que, “La medicina y la salud mental no pueden usarse para justificar estigmas ni expresiones discriminatorias”.
Ante el mismo caso, el Colegio de Abogados del Cusco, presenta “una denuncia penal por el presunto delito de discriminación” contra el excandidato presidencial. Una congresista cusqueña también denunció al periodista, a la par de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, cuya Secretaria Ejecutiva es una mujer que se autoidentifica como Indígena.
¿Qué ha cambiado, y qué no, para que el racismo siga siendo parte de nuestra “normalidad”, y a la vez para que estas instituciones se pronuncien como lo han hecho?
El excandidato presidencial, junto al periodista y a otros influencers —todos hombres—, han manifestado públicamente su frustración ante el resultado electoral en el Cusco, la única plaza regional liderada por una mujer. Sin embargo, su reacción no entiende la política como deliberación, sino como desprecio; una postura en la que ni su formación política, intelectual o científica ha podido evitar que salgan a la luz sus sesgos racistas.
Pero no se trata de racistas al uso, sino de un tipo que, acorde con estos tiempos, llamaremos “racistas achorados”. Sintiéndose impunes, o necesitando creérselo, ostentan su supuesto privilegio a despreciar entre los “likes” de sus miles de seguidores. Como corresponde al guion de su performance, apelan a lo primario, el odio visceral y clasista. Su “achoramiento” sería una expresión virtuosa por “atreverse a decir lo que se piensa”, no dándose por enterados que en el Perú discriminar es un delito, no “una opinión”. Y que ya hubo Reforma Agraria, y que no estamos en los tiempos de Deustua.
Global y nacionalmente, al menos dos movimientos habrían tenido lugar en las últimas décadas. Por un lado, la expansión del enfoque de derechos, que en las estadísticas, en la cultura y en la legislación, en estrategias, políticas y planes, empezaron a atender las implicancias y oportunidades de valorar la diversidad. Por cierto, que con más intención que con capacidad real de transformación. Por otro lado, una creciente resistencia, también global y nacional, a esa expansión de esos derechos y diversidades.
Si la democracia es el espacio de disputa para que lo que antes fuera un privilegio devenga derecho universal (a la salud, a la educación, a la vivienda, al voto, etc.), esa resistencia global apela al esencialismo. Según ellos, su relativo mejor posicionamiento sería exclusivamente resultado de sus méritos, y no también de esos privilegios que se resisten a ver convertidos en derechos. La forma colonial de entender y ejercer el poder necesita esa estratificación arbitraria, disfrazándola de “científica”, para convencerse a sí mismos que les correspondería las posiciones de privilegio, vista su “natural” superioridad.
Debe resultarles muy doloroso comprobar que, en base a esfuerzo y talento, y a oportunidades en expansión, quienes solían ver por encima del hombro, alcanzan posiciones tanto o más relevantes que las de quienes consideraban que su ventaja era “natural”, al margen de otros determinantes. Una tal herida narcisista no debe resultar fácil de asimilar, ni en el Perú ni en otras partes del mundo.
En el prólogo a Los Condenados de la Tierra del psiquiatra Franz Fanon, Jean Paul Sartre ironizaba diciendo: “¿Cómo?, ¿hablan solos?”, destacando la lucidez con que los intelectuales del llamado Tercer Mundo se planteaban sus propias preguntas, y ensayaban sus propias respuestas. Guardando algunas distancias y contextos históricos y sociales, algo similar debe haberles pasado por la cabeza a quienes hoy se sorprenden por ser denunciados por racismo y discriminación.