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Gobernar con los vecinos: democratizar el poder municipal

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¿Es posible gobernar un municipio con toda la población y para toda la población? Sí, pero se trata que las autoridades y funcionarios comprendan que el poder recibido en las urnas, no les otorga el monopolio de las decisiones. Gobernar democráticamente es compartir el poder con la ciudadanía, reconocer capacidades en las organizaciones sociales para intervenir en los asuntos públicos y convertir el diálogo en acuerdos y compromisos vinculantes y de corresponsabilidad.

Esta propuesta adquiere especial relevancia en una época en la que liderazgos autoritarios, como el de Donald Trump, promueven la concentración del poder, la confrontación y el debilitamiento de los contrapesos democráticos. Frente a estas tendencias, el municipalismo puede constituirse en un espacio de resistencia y reconstrucción democrática.

En su artículo «Alegato por un municipalismo transformador», publicado en Nueva Sociedad (n.º 323, agosto de 2026), Ricard Gomà sostiene que el municipalismo de izquierda constituye hoy un polo de resistencia democrática frente al avance reaccionario. Identifica tres ámbitos de innovación: los derechos sociales, la ecología y la democracia participativa. Nos detendremos en este último, por ser una de las claves para transformar la manera de gobernar los municipios.

La democracia participativa: compartir el poder

Gobernar con los vecinos no significa solo escucharlos, convocarlos a reuniones o reunir a cientos de personas. Se trata de construir un proceso democrático en el que la ciudadanía pueda deliberar, establecer prioridades y también tomar decisiones que afectan su vida cotidiana y su vida en sociedad. Este proceso requiere tiempo, método y voluntad política. Supone descentralizar el diálogo, garantizar una representación plural, proporcionar información y transformar los acuerdos en compromisos verificables.

La participación ciudadana significa democratizar el ejercicio del poder. Retomando las reflexiones de Manuel Castells, Gomà recuerda que los municipios son espacios de conflicto social y disputa por los recursos, los derechos y las decisiones colectivas. En ellos se confrontan distintas aspiraciones sobre cómo construir mejores condiciones de vida, vivienda digna, transporte accesible, educación de calidad, espacios públicos seguros y servicios adecuados. En este escenario, los barrios y los movimientos urbanos son importantes como agentes de transformación social, capaces de articular demandas, formular propuestas e intervenir en la construcción de políticas públicas democráticas.

La transformación municipal

La democratización del poder local tiene antecedentes históricos como la Comuna de París en el siglo XIX, y las experiencias de municipalismo socialista durante el siglo XX. Ya en la década de 1980, durante la ofensiva neoliberal de Margaret Thatcher en el Reino Unido, diversas experiencias de gobiernos locales de izquierda defendieron los servicios públicos, la vivienda y los derechos sociales, señala Gomá.

De esas tradiciones surge la concepción del derecho a la ciudad, que supone que sus habitantes puedan intervenir en la producción y organización de sus espacios cotidianos, así como en las decisiones que determinan sus condiciones de vida, como precisa Gomá. Así, los municipios pueden convertirse en instrumentos para reducir desigualdades, ampliar derechos y construir sociedades más justas. Y es allí donde se ensayan nuevas formas de relación entre Estado y población, como la justicia espacial.

El Hatun Rimanakuy

Estas reflexiones nos permiten revalorar una experiencia desarrollada en la Municipalidad Provincial de Huamanga en 2015, el Hatun Rimanakuy, que en quechua significa «Gran diálogo entre nosotros». Esta experiencia, impulsada durante la gestión del alcalde Hugo Aedo Mendoza, dio origen al concepto de municipio vecinocéntrico, como forma de gobierno local que coloca a las personas y sus organizaciones en el centro de la gestión pública. Además, las políticas públicas se discutieron horizontalmente con la población y se tradujeron en acuerdos de corresponsabilidad.

En el proceso participaron el alcalde, el gerente municipal, representantes de las distintas gerencias y funcionarios, dirigentes del Consejo de Coordinación Local y cerca de doscientos líderes de base, además de población en general. La convocatoria superó las diferencias partidarias, pues se dialogó con quienes habían respaldado al alcalde y con quienes habían apoyado otras candidaturas.

Este aspecto es fundamental. Gobernar para todo el vecindario, exige reconocer que el municipio pertenece a todos sus habitantes, no solo a los partidarios del alcalde elegido. La pluralidad política y social no debe entenderse como un obstáculo para la gestión, sino como una condición de la democracia. Así, su relevancia radica en plantear una relación democrática, transparente y eficiente entre quienes gobiernan y quienes son gobernados.

Construir poder compartido

La experiencia del Hatun Rimanakuy plantea una cuestión democrática municipal decisiva: ¿qué condiciones se necesitan para que el diálogo entre las autoridades y la ciudadanía transforme realmente la gestión pública y haga gobernable el municipio? La respuesta exige voluntad política, reglas claras, metodología, inteligencia emocional, información pública, representación plural y mecanismos transparentes de seguimiento y rendición de cuentas. Y todo eso lo iremos desbrozando en las siguientes entregas.

Jesús Ospina Salinas
Escrito por

Jesús Ospina Salinas

Magister en sociología por la Pontificia Universidad Católica del Perú, y licenciado en administración, por la universidad Inca Garcilaso de la Vega. Fue gerente municipal de la municipalidad provincial de Huamanga, en el 2015 durante la gestión del alcalde Hugo Aedo. Ha publicado el libro "El arte de gobernar con las y los vecinos. Creando una municipalidad vecinocéntrica". Escribe en el diario Jornada y tiene una columna en radio Santa Ana.

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