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Una generación cansada… cuando ya nadie espera nada

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Hay algo que debería preocuparnos tanto como los problemas que enfrentamos: acostumbrarnos a ellos.

Las protestas que se producen en distintas partes del mundo, protagonizadas por jóvenes y adultos que expresan su malestar frente al costo de vida, los servicios públicos deficientes y las dificultades para construir un futuro digno, me han llevado a pensar en nuestra propia realidad. Aunque las causas y las demandas varían según cada país, estas movilizaciones ponen sobre la mesa una preocupación compartida: la distancia entre nuestras necesidades cotidianas y la capacidad de las instituciones para responder a ellas.

En el Perú, esta reflexión adquiere un significado especial, hemos desarrollado una extraordinaria capacidad de resiliencia: resolvemos problemas sobre la marcha y continuamos con nuestras vidas, incluso cuando el costo de vida o los propios servicios públicos no responden como esperamos. Esa capacidad es valiosa, pero me pregunto si también puede convertirse en una trampa: ¿en qué momento aprendimos a aceptar como normal aquello que debería indignarnos?

No se trata de afirmar que los peruanos somos indiferentes ni que hemos dejado de protestar, los acontecimientos recientes de nuestra historia demuestran que existe descontento y disposición a movilizarse, como ocurrió durante las protestas contra el gobierno de Dina Boluarte o las recientes protestas en Loreto y Ucayali contra el alza del combustible. La pregunta es otra: ¿por qué resulta tan difícil convertir ese malestar en cambios sostenidos? ¿Qué sucede cuando los problemas se repiten, las respuestas parecen insuficientes y la ciudadanía comienza a pensar que, haga lo que haga, nada cambiará?

Quizá el cansancio no consista únicamente en enfrentar una crisis tras otra, también aparece cuando dejamos de esperar que las cosas funcionen de otra manera. Cuando una deficiencia deja de sorprendernos, una promesa incumplida ya no genera expectativas y la indignación termina cediendo, nos reasignamos, entonces la normalización del problema se convierte, en sí misma, en un problema político y social.

Aristóteles ayuda a mirar esta situación desde una pregunta fundamental: ¿para qué existe la comunidad política? En su pensamiento, la polis no es una simple estructura para administrar necesidades, sino una comunidad orientada a hacer posible una vida buena. Esto implica que la política no debería reducirse a mantener el funcionamiento mínimo de la sociedad; también debería contribuir a crear las condiciones para que las personas puedan vivir con dignidad y desarrollar sus capacidades.

Desde esta perspectiva, la baja calidad de los servicios públicos no es solamente una dificultad administrativa: afecta las posibilidades concretas de las personas y condiciona su vida cotidiana. Si debemos invertir tiempo, dinero y esfuerzo adicionales para compensar aquello que las instituciones no resuelven, nuestra capacidad individual para salir adelante puede terminar encubriendo una falla estructural. Resistir se vuelve una obligación, cuando debería ser posible aspirar a algo más que sobrevivir.

Por ello, es necesario preguntarnos qué ocurre con la confianza ciudadana cuando las instituciones no responden de manera adecuada o cuando sus representantes parecen actuar al margen de sus responsabilidades. No toda deficiencia pública equivale a un abuso de poder, ni cada promesa incumplida demuestra, por sí sola, una ruptura de la legitimidad. Sin embargo, cuando las fallas persisten y no existen respuestas convincentes, la distancia entre las instituciones y la ciudadanía se profundizan. El riesgo es que la desconfianza deje de ser una evaluación crítica de quienes gobiernan y se transforme en la convicción de que la política, en general, no sirve para cambiar las cosas.

Al final, vuelvo a una inquietud inicial: ¿qué hacemos cuando parece que ya nada nos sorprende? Tal vez debamos comenzar por recuperar la capacidad de distinguir entre lo inevitable y aquello que hemos aprendido a tolerar. No podemos controlar todas las circunstancias, pero sí podemos cuestionar las decisiones, las omisiones y las prioridades que contribuyen a producir o perpetuar muchos de nuestros problemas.

Una sociedad no pierde la esperanza de un día para otro, puede perderla lentamente, cada vez que aprende a esperar menos del gobierno y todo el aparato estatal que lo compone, y a conformarse con resolver por su cuenta aquello que debería funcionar. Por eso, no quisiera que nuestra resiliencia desaparezca; quisiera que dejara de ser la principal respuesta a nuestras crisis. La pregunta no es únicamente cómo seguimos adelante, sino qué tendríamos que cambiar para que las próximas generaciones no hereden nuestra misma capacidad de adaptación, sino mejores razones para participar y esperar algo distinto.

Alejandra Castillo
Escrito por

Alejandra Castillo

Columnista en Pata Amarilla.

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