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No toque su televisor: la falla es de origen

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Desde el punto de vista comunicacional, el gobierno de Keiko Fujimori padece aquella clásica advertencia de los televisores de los años setenta. Pero, ajustándola a estos tiempos, habría que decir: no toque sus redes sociales; la falla es de origen y está en la gestión del Ejecutivo.

Porque un gobierno no debe limitarse a ser visible. Debe, más bien, darle valor a esa visibilidad con mensajes de buen contenido y, si le alcanza el esfuerzo, hacer que esos mensajes conecten con las necesidades reales de la población.

Usualmente, en sus primeros 100 días, se le exige a un gobierno dirección, capacidad de gestión y legitimidad. Lamentablemente, encontramos tres fallas en esa aspiración.

Primera falla: no comunicar el propósito del gobierno. A pesar de las expectativas que despertó su mandato, Fujimori no ha tenido la capacidad (o la habilidad) de comunicar qué desea lograr: cuál es la visión de país y qué reformas profundas del Estado o planes de largo aliento busca impulsar para una transformación real del país.

Por el contrario, el debate político se centró en dos temas de corto plazo: el Fenómeno de El Niño y la inseguridad ciudadana. En medio de ambos, se posicionó el pedido de facultades legislativas, asunto que originó una crisis temprana en el Ejecutivo y, a la larga, lo desgastó por las controversias y por los resultados obtenidos.

Al no transmitir una visión clara, Fujimori desaprovechó la oportunidad de convertirse en una líder capaz de inspirar un cambio real. Pudo, por ejemplo, explicar el alcance de las 70 propuestas presentadas en su mensaje a la Nación del 28 de julio; la Política General de Gobierno 2026-2031 expuesta por Luis Galarreta en el Congreso el 20 de agosto; o la Política Nacional de Educación 2026-2031, anunciada el 14 de septiembre, de la cual solo quedó el corte de cabello, las faldas largas y las uñas pintadas.

No hay propósito ni comunicación gubernamental, porque este tipo de comunicación cumple un rol pedagógico fundamental: traducir el lenguaje burocrático en mensajes comprensibles, explicando el porqué, el cómo, los plazos y los indicadores de cada iniciativa.  ¿Qué se entiende por Reforma del Estado? ¿Cómo fortalecerán el sistema de salud? ¿Qué planes tienen para combatir la desnutrición crónica infantil? ¿Qué significa un nuevo diseño curricular? ¿Existe realmente un plan para enfrentar la delincuencia? Si no se realiza esa explicación, se pierde la gran oportunidad de conectar con los ciudadanos y de involucrarlos en esos proyectos.

Comunicar con valor no es ordenar desde una oficina, que se bajen antenas, ni que el ministro de defensa se grabe en una supuesta intervención militar, ni que varios ministros repitan que el Niño será una “situación terrible” y exijan una evacuación inmediata sin ofrecer alternativas de mudanza. El ministro de salud, Luis Dyer, se dedicó a diagnosticar por TikToks los problemas que ya conocemos, sin anunciar de inmediato reformas cruciales para la salud.

 

Segunda falla: Ausencia de vocería institucional. La conformación de un Gabinete que incluyó a personalidades cuestionadas o con trayectorias ya conocidas en la política generó desde el origen críticas innecesarias. Varios ministros debieron justificar su designación antes de presentar sus propuestas de gestión; el de Transportes renunció, dejando en evidencia la improvisación en la elección de los perfiles. Finalmente, Galarreta no ha cumplido su principal rol de vocero político.

¿Por qué ocurre esto? Porque se desconoce que la comunicación del Gobierno sirve para ordenar la agenda pública y explicar el rumbo, las prioridades y los plazos; y que para ello se requiere una vocería constante. Sin embargo, desparecieron las habituales conferencias de prensa posteriores a los Consejos de ministros, mientras que la propia presidenta mantiene distancia con los medios de comunicación. Sin una vocería frecuente, se instala la percepción de poca transparencia y rendición de cuentas.

 

Tercera falla: Tono y estilo. Toda estrategia comunicacional define desde el inicio su tono y estilo: formal, persuasivo, asertivo, pasivo o agresivo. Eventualmente, puede intensificar el tono para acentuar la discusión de un tema, pero los cambios radicales deben ser la excepción, no la regla.

¿Y por qué es importante elegirlo desde el inicio? Porque un gobierno define allí cómo desea ser percibido y entendido por los ciudadanos; allí elige la identidad comunicacional y el lenguaje que permita conectar con sus expectativas reales.

El cambio de tono es evidente: el 15 de julio, al recibir las credenciales del Jurado Nacional de Elecciones, Fujimori ofreció un mensaje conciliador y casi humilde, llamando al “reencuentro entre los peruanos”. El 28 de julio adoptó un tono más severo para referirse a autoridad, orden y seguridad. Pero el cambio más notorio llegó en setiembre, ante la ONU, cuando viró hacia un discurso beligerante: habló de “imposición de agendas ideológicas”, de “guerra” contra la delincuencia, criticó al Poder Judicial y adoptó una inclinación por el estilo Bukele.

En octubre, el endurecimiento fue más evidente al plantear una disyuntivita: paz o violencia; víctimas o agresores, fuerzas Armadas o Movadef y Sendero Luminoso, emplazando al Congreso a tomar posición mientras se discutían las facultades legislativas. El objetivo era activar la memoria antiterrorista frente a una amenaza que no es el terrorismo, sino la delincuencia.

Sin embargo, el riesgo de asumir un tono confrontacional es que luego no se encuentre el camino para el retorno. Frases como “se está poniendo a prueba nuestra paciencia”, “los perros ladran…” o “tenemos que saber de qué lado están” pueden dificultar consensos posteriores. Pero hay un riesgo mayor: si esa dureza discursiva no se traduce en disminución tangible de la inseguridad, la aprobación de Fujimori continuará disminuyendo. Esta será la prueba real de su comunicación presidencial.

En conclusión, ser visible es relativamente sencillo: las plataformas digitales que hoy ofrece la tecnología lo permiten. Lo difícil es conectar con coherencia, con lo que el Gobierno realmente hace. El problema de Keiko es que su visibilidad no se condice en resultados visibles ni verificables durante sus primeros cien días de gobierno.

Porque no se puede gobernar mal y comunicar bien. Una comunicación eficaz parte de la realidad: políticas claras, avances concretos, plazos definidos e impacto medible. Cuando eso no ocurre, el costo es reputacional y se traduce en menor confianza.

Por eso, no toque su televisor ni su internet; no cambie de canal ni ajuste la antena de su atención. El problema no está en la señal, sino en un Gobierno que confunde visibilidad con comunicación y transmite movimiento en lugar de dirección. La falla, en definitiva, es de origen: falta rumbo, gestión y resultados.

José Salazar
Escrito por

José Salazar

Columnista en Pata Amarilla.

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