Un lamentable grito congeló nuestra alma: Carajo, ha muerto el Comandante Ladislao Espinar, exclamó furioso el corneta mayor, soldado que acompañaba en el asalto a los pozos de artillería chilena cerro Dolores arriba; superando el dolor, la sed y casi descalzos, con apenas unas ojotas de cuero y trapo, estaban a la ofensiva en el sector de la batalla asignada. Luego de interminables horas de combate, cuando llegó la noche y con el recuento de bajas, efectivamente uno de los oficiales más ejemplares y temeraria audacia había entregado su vida, tratando de capturar una de las armas, que más dañaba a nuestros compatriotas.
Los paisanos, que más conocían desde sus andares, en el Cusco y luego como Prefecto de Azángaro del Comandante Espinar, derramaron unas lágrimas por el oficial caído; jóvenes que por los azares de la guerra se convirtieron en oficiales y soldados, bajo la convocatoria del Prefecto del Cusco, Teniente Coronel Andrés Avelino Cáceres; hijos jóvenes y adolescentes de las familias más conocidas del Cusco como los Paredes, Baca, Aranibar, Vargas, Ceballos, Tejada, Galdo, Zamalloa, Mendoza, Aparicio, Olazabal, Cáceres, Gárate, Barrionuevo, por los altipampinos los Álvarez, Salas, Castelo, Atajo, Saico, Armendariz, Yawri, estos últimos se plegaron en los pajonales del Apu Laramani de los legendarios Yawris y K’anas, dejando familias y animales queridos, para enfrentar en una desigual guerra a la inexplicable ambición chilena.
Fueron muchas las conversaciones con Ladislao Espinar, en la marcha hacia Arequipa y luego al campo de batalla en el desierto; él un poco mayor que los moceríos, cabalgando por las llanuras y quebradas charlaba, acerca de sus experiencia en los combates contra España, que por el año 1,866 pretendió reconquistar y volver a colonizar la patria, aprovechando el desgobierno y la irresponsabilidad de los gobiernos nacionales, metidos en insuperables disputas internas, por la angurria del poder y el dinero corrupto.
Sin tiempo para el entrenamiento y experticia militar en territorios inhóspitos y desérticos, nuestras tropas pasaron de una simple escaramuza, luego de una agotadora marcha y sin descanso participaron en una desordenada batalla, el 19 de noviembre de 1,879 en San Francisco. Unos días y horas antes por la cercanía a la muerte, hubo un abrazo fraternal entre las tropas de los naturales del Ejército Peruano y el Ejército Boliviano, llamado Ejército de los Aliados bajo la jefatura del General Juan Buendía; el Batallón Illimani era igual que nosotros un cuerpo de cetrinos y andinos como los legendarios Zepita, con uniforme de bayetas y lanas como toda la tropa del sur peruano.
En verdad fueron los únicos y pequeños los tiempos de esperanza, que permitirían hablar de un Ejército de Aliados, que jamás entrenó conjuntamente y tampoco se conocían entre sus mandos y tropas; es cierto que había voluntad para enfrentar al ejército chileno, conociendo la preparación militar y logística de años, propiciado por el Imperio Inglés en armas, enemigos interesados en el salitre de estos terruños; como explicó detalladamente el oficial Don Alfonso Ugarte, natural de estas tierras y que dispuso sus bienes y dinero para tratar de armar un ejército de emergencia.
El inicio y final de la Batalla de San Francisco, está lejos de ser considerado un enfrentamiento regular de ejércitos, de acuerdo a los conocimientos de táctica y estrategia recibidos en el Instituto Militar de Francia junto al entonces Capitán de Infantería Andrés A. Cáceres durante el año 1,862; fue una contienda contra el caos y el desorden en ambos bandos; tan desordenada y caótica fue la cruzada en el Cerro Dolores, que nadie supo quién ganó las diversas escaramuzas; la tropa peruana a pesar de la inferioridad en armamento, sin caballería y artillería demostró coraje e iniciativa; precisamente uno de ellos fue el Comandante Ladislao Espinar, que semanas antes pasó del trabajo en la Intendencia Militar a dirigir las tropas de infantería, a su petición y exigencia.
Comprendiendo el Comandante cusqueño, que la única forma de suplir la falta de una formación marcial en las tácticas de la guerra y la batalla con tantos soldados nuevos, era el ejemplo y el liderazgo, los asumió plenamente; junto a sus soldados y montado en su caballo blanco, buscó romper la artillería chilena, alcanzando la cima en compañía de sus más intrépidos compañeros; pero primero fue cegada la vida de su alazán y luego él recibió un tiro, estando a metros de capturar el pozo de la artillería sureña, como reconoció el propio oficial enemigo. La pérdida fue sentida por la tropa plebeya con la dolorosa muerte del Comandante Espinar, a sus escasos 38 años de existencia; los compañeros de armas y más cercanos a él, juramos en nuestros corazones, que su ejemplo perduraría para siempre.
A pesar de actuar en un escenario totalmente desconocido y adverso, para la gran mayoría de nuestras tropas comuneras provenientes de los andes, frente a un enemigo con soldados acostumbrados a las pampas desérticas, que son de su dominio y por tanto una ventaja táctica, dotados de artillería y caballería organizada; la respuesta peruana fue descomunal, ante la ausencia de colinas para la defensa y seguridad, falta de agua, carencia de alimentos, escases de municiones; el Perú marcho contra la adversidad y la enfrentó sin temores y regateos.
De este inusual resultado del combate, el propio Tayta Cáceres señaló en el Consejo de Guerra del Estado Mayor en plena marcha, el primer balance lacónica y directamente: «La batalla de San Francisco, si bien no pasó de ser una acción táctica de escasa magnitud, tuvo, sin embargo, trascendentales proyecciones de carácter estratégico. Fue ciertamente un triunfo obsequiado por los aliados al enemigo común, pues en rigor no hubo derrota de las armas aliadas, sino que ellas mismas se causaron el desastre».