Dos personajes centrales, un padre y un hijo; una historia tenebrosa y una familia envuelta; una sociedad, una fe religiosa, algunas creencias, varias perversiones, no menos maldades, mucho dolor, algo de pena, en suma, el lado oscuro de la vida.

Combinar todos esos elementos y convertirlos en literatura es el loable esfuerzo que cumple Santiago Roncagliolo en su reciente novela, “Y líbranos del mal.” Con un lenguaje accesible y siguiendo un orden entendible, Roncagliolo nos introduce en el rincón de las maldades humanas y sus escuderas, la hipocresía y el cinismo.
El relato empieza en Brooklyn, Nueva York, un día cualquiera en el que el padre, Sebastián, y su hijo, Jimmy, reunidos familiarmente, escuchan el timbre del teléfono del departamento. Es una llamada desde el Perú. Al contestar, Sebastián cambia de semblante, palidece su rostro y marca el comienzo de esta dramática historia.
La Mama Tita, madre de Sebastián y abuela de Jimmy, reside en Lima y necesita que alguien la ayude pues su salud se ha resquebrajado. Es una mujer mayor y vive sola en la casa familiar de San Isidro.
Jimmy se sorprende por la actitud distante y desaprensiva de su padre ante la situación de su madre. Entre la llamada telefónica y la conducta incomprensible de Sebastián, Jimmy, un joven que acaba de terminar el colegio y todavía no tiene claro su destino, primero siente curiosidad y, luego, sorpresa. Por eso, él decide hacer el viaje.
Su estadía es un descubrimiento: Lima es una ciudad gris y desordenada, con pocos atractivos y mucho caos. Jimmy se acomoda y empieza a colaborar con su abuela en todo lo que ella necesita: hace las compras del mercado, la acompaña a las citas médicas, se ocupa de los quehaceres de la casa.
En los días que transcurren sin novedades y dentro de la aburrida cotidianeidad, Jimmy tiene dos encuentros que van acentuando la duda que tuvo desde la llamada por teléfono. Uno es el encuentro con un vecino del barrio en San Isidro, contemporáneo de su padre, y el otro es con el cura Gaspar, amigo de la familia, quien visita a la abuela frecuentemente para conversar y distraerla.
El vecino, con actitud belicosa y sin ninguna cordialidad, hará una hostil referencia a Sebastián. El cura Gaspar, a su vez, le irá revelando hasta donde conoce los entretelones de la vida de su padre cuando estudiaba en el colegio y luego se incorpora a la comunidad de vida cristiana de la cual fue un miembro destacado.
Roncagliolo, con la habilidad de alguien que maneja las palabras con oficio, nos va relatando cómo Jimmy sigue descubriendo más detalles intrigantes acerca de lo que hizo su padre cuando era un muchacho fanático del movimiento juvenil que, con el pretexto de seguir el ejemplo de Jesucristo, captaba colegiales imberbes para la causa.
En el libro se recrean diálogos y momentos que corresponden a la historia tal cual la vivió Sebastián en su momento. Desde su inicial deslumbrante encuentro con el líder de la organización, pasando por las relaciones sostenidas con algunos de los integrantes del grupo, hasta el enamoramiento con Marisa (para demostrarse a sí mismo que no era homosexual), el autor nos perfila la confusa personalidad de Sebastián.
Y el velo Roncagliolo lo descorre completamente, con destreza y sin exabruptos, cuando nos cuenta cómo Jimmy descubre efectivamente que su padre había sido un violador de menores, un abusador sexual de inocentes criaturas, todas engañadas con el mensaje de Jesucristo y su amor por todos nosotros. Una deliberada y despreciable crueldad.
La pedofilia es un fenómeno abyecto que ha sido tratado abiertamente y sin tapujos en el mundo entero. Lo que se sospechaba y en algún momento se murmuraba en voz baja, repentinamente quedó desnudado en toda su perversa realidad. El Perú no ha sido una excepción.
Santiago Roncagliolo recrea en “Y líbranos del mal” una ficción que puede leerse como una historia real y, en todo caso, verosímil. Y lo hace con la pericia que se requiere para que sea el lector quien decida imaginar el sufrimiento y las desventuras que sugiere. Allí está el detalle de un buen relato.
