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lunes, julio 22, 2024

Deuda de sangre e impuestos de guerra

Nosotros hijos del pueblo, en particular sangre de comuneros y artesanos del sur peruano, defensores armas en mano como cuerpo y nervio central del ejército, ante todo el abandono del Gobierno Nacional, señalamos nuestra extrañeza ante la carencia absoluta de la logística y la economía, para proseguir la guerra.

Las erogaciones obligatorias y los impuestos de guerra, que suman millones de soles en dinero provienen del aporte obligatorio de nuestras familias. Así como miles de toneladas en alimentos y productos, recolectadas abusiva e imperativamente en nuestras chacras y estancias, nunca llegan a nuestras trincheras.

Las municipalidades provinciales y distritales, se encargan en desangrar a nuestras familias anémicas por la crisis, con obligaciones tributarias para los fondos de la guerra, no sólo en dinero sino requisando ganados vacunos y ovinos, llamas y alpacas, maíz y trigo, ch’uño y moraya, lana y bayeta, coca y café, que fueron confiscadas en nombre de la patria en desgracia, para una guerra en la que estamos en primera fila.

Mientras enflaquecen pueblos y derrumban nuestras familias, las autoridades nacionales, regionales y locales engordaban a manos llenas sus arcas; porque según algunas autoridades y oficiales las malditas contribuciones nunca llegan completa y oportunamente a su destino en Lima y Arequipa, ubicaciones del Gobierno Nacional y el Estado Mayor del Ejército del Sur. Sabemos que las contribuciones se quedan en el camino y en las casas de nuevos ricos que surgen aprovechando y traicionando la guerra.

Esta sangría económica que dura toda la guerra y en los años posteriores tendrá resultados desastrosos; mientras una minoría de gamonales amplían sus propiedades, invadiendo nuestras tierras comunales y campesinas, en unos casos bajo la prepotencia abierta del despojo forzado y en otros con las tinterilladas de los préstamos anticipados o anticresis por los terrenos y casas de nuestros ayllus, que nuestros padres comuneros tienen que pagar deudas de la guerra, en la que estamos en primera trinchera y somos los que más nos sacrificamos; mientras ellos disfrutan con riqueza ajena y corrupta.

Somos los hijos de los ayllus, comuneros y artesanos, que somos diezmados uno a uno en los diversos campos de batalla; sin embargo nuestra estirpe y familia son brutalmente explotadas y saqueados en la guerra interna y oculta, proveniente de la corrupción del estado y la voracidad latifundista y comercial; para estos últimos la guerra se ha convertido en un gran negocio y un botín de nunca acabar.

Tampoco falta la viveza de las camarillas gobernantes, en crear fondos de guerra con los préstamos en dinero y productos del propio Estado, que ulteriormente dice que serán reconocidas como deudas en Bonos de Guerra; así se intervienen las cajas del tabaco, licores y venta de la coca, con préstamos y adelantos que jamás serán reconocidos y restituidos; perjudicando en el futuro la economía de las regiones productoras y comercializadoras de dichos recursos. El saqueo surge por todo lo alto y bajo.

Amasan fortuna también los comerciantes de hilo de alpaca y lana de oveja, aprovechando las deudas de guerra contraída por los comuneros, les compran sus quintales de lana a un precio menor y robando en el peso; de la noche a la mañana, estos comerciantes crecen como hongos en el Sur del Perú, traficando lana y tierras a precio de regalo. La demanda de esos insumos fue grande en Cusco, Puno y Arequipa, para la confección de uniformes, ropa y zapatos, contratos con fábricas y talleres que tampoco han cumplido; el bloqueo marítimo que impide la exportación de lana por los puertos, fue reemplazada por el mercado interno de la guerra, ahora observamos que diversas fábricas textiles y cuero crecen al compás del conflicto.

La iglesia y los seminarios, que tienen una cultura milenaria del aprovechamiento y el saqueo, cortan también la parte grande de la torta; primero ocultaron las inmensas y ricas joyas de santos y vírgenes, encajonando sus cálices, cruces, bandejas, campanas de oro y plata, para justificar una pobreza mentirosa; ahora despliegan una intensa campaña de misiones y limosnas, dice para salvar nuestras almas divinas de los soldados muertos y cobrar sus sacramentos, en el esquelético cuerpo popular y comunero de nuestros padres; los asuntos terrenales de la guerra permiten nuevas fortunas celestiales de curas y frailes; como en las cruzadas, desfilan por las arcas eclesiásticas una millonada de riqueza.

De todo este dolor y drama, surgirá de todas formas una generación que reivindique la justicia ante tanta tragedia, alguien como Manuel Gonzáles Prada o Clorinda Matto que escribirá dramática y certeramente, la cruda realidad: «En las provincias en las que se cría la alpaca, y es el comercio de lanas la principal fuente de riqueza, con pocas excepciones existe la costumbre de reparto antelado que hacen los comerciantes potentados, gente de las más acomodadas del lugar”.

 

Continuara: “Para los adelantos forzosos que hacen los laneros, fijan al quintal de lana un precio tan ínfimo, que, el rendimiento que ha de producir el capital empleado, excede del quinientos por ciento; usura que, agregada a las extorsiones de que va acompañada, casi da la necesidad de la existencia de un infierno para esos bárbaros”.

Y culminará: «Los indios propietarios de alpacas emigran de sus chozas en las épocas de reparto, para no recibir aquel dinero adelantado, que viene a ser para ellos tan maldito como las trece monedas de Judas. ¿Pero el abandono del hogar, la erraticidad en las soledades de las encumbradas montañas, los pone a salvo? No… El cobrador, que es el mismo que hace el reparto, allana la choza, cuya cerradura endeble, en puerta hecha de vaqueta, no ofrece resistencia: deja sobre el batán el dinero y se marcha en seguida, para volver al año siguiente con la LISTA ejecutoria, que es el único juez y testigo para el desventurado deudor forzoso”.

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