
Algo de potente y mucho de hipnótico tiene que haber para que resulte cautivante leer la última novela de Fernando Aramburu, “Los vencejos”. Tiene un título de pájaro, la forma de un diario y la decisión de un suicidio.
Con “Patria”, su libro anterior, que fue un categórico éxito de ventas, premios, crítica y reconocimientos, Fernando Aramburu había demostrado su maestría narrativa. “Los vencejos” no hace otra cosa que confirmarla.
La historia es simple pero dramática: Toni es un profesor de filosofía en un instituto educativo. Es un hombre de a pie, común, como cualquiera. Ha tenido una infancia tranquila, una adolescencia normal, un padre rígido y una madre infeliz con su matrimonio. La típica familia de clase media trabajadora de la mitad del siglo XX. Su hermano, Raúl, siempre fue considerado un indeseado accidente en su vida.
Como suele ocurrir, Toni se enamora de Amalia, una hermosa mujer con la cual se casa. Empiezan su vida en común y tienen un hijo: Nikita, lo llaman. La vida transcurre entre la grisura de la cotidianidad y uno que otro placentero encuentro carnal (y amoroso) entre marido y mujer.
Fernando Aramburu hace de Toni el personaje central para que, en primera persona, nos vaya contando su historia. Como si llevase un diario, nos relata sus vivencias, sus opiniones, sus afectos y sus furias, todo con un buen manejo de la prosa y de los ritmos. Las experiencias Toni las divide en doce partes, equivalentes a los doce meses previos al día de su suicidio. Y es que ha decidido quitarse la vida un 31 de julio. Su historia nos la cuenta desde el mes de agosto del año anterior a la que sería su partida por mano propia; coincidente con el regreso de los vencejos, los pequeños pájaros migrantes.
Así, entonces, mes a mes, día a día, con el magisterio literario de Fernando Aramburu, Toni nos va relatando su vida, lo que le pasó y lo que le sucede. Se trata pues, de una subyugante combinación de pasado y presente; de cómo lo actual se retrotrae a lo que sucedió, así como lo que ocurre se va sumando a la experiencia. Con sus propias características, la vida que Toni ha tenido es la que usualmente se tiene, aunque con las singularidades típicas de cada quien para confirmarnos que somos personas distintas. Los pleitos familiares, los momentos agradables, los amores frustrados, los sufrimientos y las penas, todo va hilvanándose con naturalidad y discurriendo con los altibajos propios de la vida. La pluma de Aramburu teje ese discurrir con mucha ironía, algo de humor y no menos profundidad reflexiva.
Toni ha decidido quitarse la vida por el aburrimiento, la mediocridad, la ausencia de estímulos y la suma de sus fracasos: un matrimonio que termina decayendo paulatinamente por el desamor y la malquerencia, hasta descubrir que su esposa es bisexual; un hijo desorientado y con varios déficits; una madre con demencia senil y un padre prematuramente fallecido. Su hermano Raúl solo engrosa sus frustraciones.
Pero, así como hay desgracias, esos acontecimientos que constituyen la savia de la vida, existen, también, afectos que conmueven y personas que los encarnan. Es la otra cara de la misma vida. Toni tiene un buen amigo, Patachula lo llama, y una amiga, Agueda, quienes lo acompañan en su día a día, transmitiéndole sentimientos distintos, sinceros y a veces estimulantes. Tiene también una perra, Pepa, su fiel acompañante.
El vencejo, que le da nombre a la novela, es una pequeña ave de grandes alas que se caracteriza por estar en vuelo permanente: se alimenta, duerme, se aparea, en el aire. Vuela en bandadas y migra de un lugar a otro. Solamente desciende, deja de volar, para que nazcan las crías, las cuales una vez paridas salen a volar.
Fernando Aramburu debe haber recurrido al nombre de esas aves para darle título a su novela, “Los vencejos”, para confirmarnos –se trata de una mera especulación- de que la vida es una sucesión de vuelos, hasta que terminan.
