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EL JUEGO DE LAS SILLAS

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En el juego de las sillas, los competidores bailan alrededor de una fila con la expectativa de –en el momento indicado- ocupar cualquiera de los asientos y no quedarse fuera del juego. Siempre falta una silla y, por tanto, sobra un jugador. Nadie tiene asignada una silla en especial ni controla el momento en que la música ha de detenerse; se dan de caderazos para sacar al otro de la competencia. Lo que importa es quedarse con la única silla libre.

Se parece mucho a la política peruana, a esa que llamamos política “nacional” o política de “alto nivel”, tan alejada de la cotidianeidad de la gente.

Hace tiempo que en la política nacional los actores cambian el color de la camiseta partidaria con tal de entrar al juego por ocupar alguna de las sillas. Lo vemos en las elecciones regionales y municipales, tanto como en las parlamentarias y presidenciales, en las que no son pocos los candidatos y candidatas que han vestido dos, tres, cuatro o hasta cinco camisetas diferentes, bien diferentes.

Una vez que alcanzan a sentarse hacen todo lo que esté a su alcance para no perder la silla, aunque eso signifique cambiar las reglas del juego, acusar al que pone la música o taparse ojos y oídos cuando el público pide que el juego empiece otra vez con –o sin mucha- esperanza de que los nuevos jugadores sean mejores que los actuales.

No es novedad, lamentablemente. Pero sí encuentro que en el actual juego de las sillas a la peruana se ha llevado al extremo ya no sólo los cambios de colores, sino la mezcla de los mismos de forma tal que confunde al más experimentado en distinguir matices y dar nombre a esa pérdida de identidad que algunos se atreven a justificar de las maneras más absurdas e inverosímiles posibles.

Ya no sabemos quién está a la izquierda y quién a la derecha, menos aún si hay un centro realmente existente. Los límites se difuminaron al extremo que quien hasta hace poco se hacía llamar marxista-leninista, ahora anuncia coincidencias con la derecha procapitalista para combatir a un nebuloso “caviarismo”. Se difuminaron también cuando quien se decía diferente a todos los demás por extracción y tradición, se vuelve uno más en la larga lista de políticos manchados por la corrupción, la mediocridad y las malas praxis.

Defienden todos y cada uno su silla, su sillón o su curul, mientras la hidalguía para renunciar reconociendo el error, la falta ética o el delito se va perdiendo en el fondo de un océano contaminado del cual ¡ojalá! logremos más temprano que tarde salir y limpiar.

Gerardo Távara Castillo
Escrito por

Gerardo Távara Castillo

Columnista en Pata Amarilla.

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