Para que las nuevas administraciones municipales en el país fomenten, innoven y desarrollen una nueva cultura municipal, donde la población sea corresponsable en la vida de su localidad, se debe promover “canales de participación donde realmente se otorgue poder a la gente.” (Victory 1999) Justamente, para experiencias resolutivas como el Hatun Rimanakuy, HR, dar “poder a la gente” es fundamental para que ejerza su “derechos en la gestión” local.
Acciones como el HR, contribuyen a diseñar una nueva arquitectura para modernizar la gestión municipal, reduciendo los conflictos que se producen por estructuras tradicionales que no responden a las demandas de participación ciudadana. Y si bien se “ha incrementado la capacidad de los gobiernos locales”, para mayores cambios requeriría de mayores transferencias económicas.
Simultáneamente, para Huber et al (2003) hay una “ciudadanía que privilegia su participación a través del voto, y no tanto en (…) procesos de participación en la gestión local.” Esto se debería a que los mecanismos participativos consultivos producen decepciones colectivas que inviabilizan las energías participativas. Por eso Tognoli, de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, CEPAL, dice que “la participación ciudadana en la gestión pública aún no es una práctica extendida y consolidada en nuestra región.”
Periodización municipal
Para situar e impulsar las experiencias resolutivas municipales de participación ciudadana como el HR, proponemos una periodización de seis etapas desde mediados del siglo XX. La primera es la presencia democrática de sectores de la población mediante las elecciones de 1963 y 1966, en el marco de la Ley Orgánica de Municipalidades del año 1892, que permitió una inicial participación ciudadana a través de cooperación popular y en los cabildos abiertos.
La segunda etapa se inició en 1968 con el golpe militar y el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas (1968-1980), en donde se interrumpieron las elecciones, se fortaleció la centralización, se abrió la participación ciudadana promovida y controlada desde “arriba” de sectores históricamente excluidos como el campesinado, aunque esto no se dio en los municipios, y sin partidos políticos.
En la tercera etapa, de 1980 a 1992, se reinician las elecciones municipales, se da el voto a los analfabetos en castellano y se incrementan los programas sociales como el Vaso de Leche, en tiempos de creciente inflación y crisis económica. Ello impulsó experiencias no institucionalizadas de participación desde los movimientos sociales y auspiciadas por municipios de izquierda. Internacionalmente hubo experiencias como el Presupuesto Participativo en los municipios brasileños controlados por el Partido de los Trabajadores.
La cuarta etapa es la cooptación neoliberal autoritaria, liderada por el fujimorismo, entre 1992 a 2000. Arroyo e Irigoyen señalan que aquí surgieron de un lado experiencias “pioneras”, y de otro lado, el fujimorismo sometió a los municipios para usufructo clientelista del poder nacional, y así bloquear a las municipalidades que se enfrentaban al autoritarismo fujimorista. Ese avasallamiento fujimorista impidió que la sociedad civil rechazara esa década autoritaria y pudiera desligarse del “consenso autoritario”.
En la quinta etapa, del 2000 al 2010, se desplegó la democracia participativa a través de los mecanismos consultivos de participación, desarrollados entre el 2002 – 2003 con la reforma constitucional, y la implementación del Consejo de Coordinación Local, con resultados inicialmente auspiciosos.
La sexta etapa, del 2010 hasta la actualidad, se caracteriza por el agotamiento del proceso iniciado en el 2003, momento que la academia denomina de “apatía”, por la inefectividad de los mecanismos consultivos, convirtiéndose en una formalidad o en una oportunidad para el clientelismo, generándose una sociedad civil dependiente, pasiva, permisiva.
Tres momentos
La primera etapa se basa en municipios tradicionales, jerárquicos, excluyentes. Estos son cuestionados por las últimas etapas. Y ello plantea nuevas perspectivas. Así, hay dos grandes momentos en estas 6 etapas. El primero -de la primera a la cuarta etapa-, es de continuidad con ajustes del municipio tradicional, en un creciente, disperso y puntual desarrollo de la democracia participativa.
En el segundo momento están las dos últimas etapas, donde se quiebra el consenso tradicional municipal. Donde se institucionalizan mecanismos consultivos de la democracia participativa. Pero, decaen y se paralizan por no ser resolutivos, en un contexto creciente de sociedades más democráticas y participativas que rechaza los espacios consultivos.
Estamos en el nacimiento de un tercer momento, cuyo eje es la consolidación de los mecanismos participativos resolutivos de la democracia participativa, en el marco de la democracia representativa. Ello porque existe una mayor democratización municipal, y experiencias como las de Hatun Rimanakuy, que dan poder y hacen corresponsables a los vecinos en la gestión municipal, contribuyen a gestarlo y profundizarlo.