Fue Franklin D. Roosevelt quien comenzó la tradición de hacer un balance de los primeros 100 días al reciente gobierno. Era el año 1933. Había llegado a la presidencia en medio de la crisis económica y social más grande de Estados Unidos. Así que le propuso al parlamento y a sus pueblos que en esos 100 primeros días ejecutaría un primer plan para enfrentar la pobreza y la criminalidad y que, si se veía que el plan no funcionaba, pues tendría otro y otro hasta que se viera la mejora del país. Fue el mismo presidente quien sintió la responsabilidad de someter a balance su gestión y así acelerar la reconstrucción de un país quebrado. Murió al terminar la segunda guerra mundial, días antes del primer balance de su cuarto gobierno consecutivo. Ya para ese entonces, EE. UU. era el país de Supermán.
Aquí en Perú, Keiko Fujimori no venía de gobiernos consecutivos, sino de cuatro postulaciones a la presidencia de la República. (Su padre fue quien nos intentó gobernar hasta tres veces seguidas mediante golpe de estado o compra de los medios de comunicación). En esta última postulación, quizá sin imaginar que ganaría, Fujimori debía asumir la responsabilidad de gobernar un país que gracias a sus congresistas se encuentra corroído por la economía ilegal, la corrupción de las fuerzas del orden y el blindaje a los intereses de los grupos empresariales.
Y ad portas de la crisis que dejará el paso del Fenómeno del Niño más radical desde que su impacto se haya medido en 1950.
En estos 100 primeros días, Fujimori y sus voceros mediáticos y parlamentarios se dedicaron a reclamar la solicitud de facultades para acelerar las reformas necesarias del gobierno. Todos nos quedamos sorprendidos al ver que algunas de las facultades ya las tenían, que se notaba que no había ningún plan de por medio y que respondían a fortalecer los intereses del país que líneas arriba acabo de describir. A eso se sumó el nuevo y mal diseñado sistema bicameral y el reclamo de sus senadores por la necesidad y urgencia de las facultades. Nada más.
La presidenta, sin presentar ningún plan y a través de una incansable campaña mediática para su popularidad ha tenido respuestas como pedir a la población del norte que ya está sufriendo las inundaciones que deje de una vez sus casas sin ofrecer alguna opción, salvo un bono que se desconoce el monto, cómo y cuándo se entregará. Ha promulgado que corten el pelo a los escolares y a los presidiarios y que vigilen su uniforme como propuesta disciplinar. Bueno, es que ella también es disciplinada y cumple lo que le ordena el imperio mayor.
Desde que Donald Trump empezó su segundo gobierno, asumió que la estrategia principal para gobernar y dejar hacer, sería simplemente mediática. Así, tras al arribo al Perú del embajador Bernie Navarro, el empresario apenas llegó fue a tomarse fotografías con el presidente provisional, José Jerí. Jerí paseaba delante de la policía todas las noches vestido como Bukele y las redes lo difundían hasta el cansancio. Superándolo, Fujimori fue hasta Centroamérica, desconcertando al mismísimo presidente salvadoreño. El fin es que figurasen juntos en los medios.
En este juego de imágenes, Fujimori, sin permiso del Congreso, firma que el Perú se integra al Escudo de las Américas, que no es otra cosa que recibir a la fuerza militar estadounidense para luchar contra el narcotráfico y comprar, desde que llegó Navarro, piezas bélicas en desuso tras los cambios en la tecnología militar contemporánea que ya no requiere de aviones o de tantos soldados para combatir. Y cuando en nuestro país más grave es la minería ilegal que el desusado narcotráfico.
Para imaginar una injerencia tan grande de EE. UU. en Perú tendríamos que regresar a los tiempos cuando al igual que la Unión Soviética favorecía a los países que se plegaban a su postura en la Guerra Fría. La modernización del Perú bajo el gobierno de Odría fue su tarea, a cambio de venderles nuestras tierras con los mejores recursos. Velasco detuvo ese negocio y al emerger el neoliberalismo desde el gobierno de Reagan, esa ayuda en infraestructura llegó a su fin. Se redujo a la militar. Los guerrilleros, los terroristas, los narcotraficantes. A todos los combatían con fracasadas estrategias militares de tiempos de la guerra de Vietnam. A cambio estaban los programas humanitarios apoyados por USAID. Si el Perú venció a Sendero Luminoso fue cuando en 1989 la policía decidió romper con las estrategias que nos ofrecían desde EE. UU. y crear un grupo dedicado a comprendernos e investigar.
Hoy, nos dice Navarro, estamos obligados a comprarles aviones y otras piezas de guerra que no vamos a usar; que debemos romper con China, nuestro principal mercado; que permitamos la manipulación mediática y religiosa de la población que provoca su gobierno; que debemos formar parte de la guerra al narcotráfico mientras también les venden armas a los criminales. Y no hay nada a cambio para la población. De hecho, apenas llegó Trump eliminó USAID, retiró a su país de instancias internacionales que velan por los derechos humanos en el mundo, incluidas secciones de las naciones unidas, robó el petróleo de Venezuela, y hoy boicotea el petróleo del Oriente próximo, disparando el precio del combustible en el mundo entero, cosa que sólo le conviene a él y sus allegados.
Si debo pensar en los 100 primeros días, el gobierno de Fujimori ha hecho todo lo contrario a lo que Rossevelt hizo en su país: analizar los problemas reales y resolverlos. Fujimori ha optado por lo más fácil: convertirnos en su colonia, más aún cuando están desesperados por su propia crisis económica al punto de querer quedarse con todos los recursos que tenemos mientras nos inoculan religiosamente falsos enemigos para rematar con nosotros los restos de su industria militar.