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miércoles, junio 12, 2024

Cambio y unidad

Por Juan De la Puente

Luego de año de pandemia, buena parte en encierro forzado, el Perú exhibe el dramático cuadro de una nación asolada por varias crisis al punto que la misma palabra -crisis- nos dice poco. Una gran depresión y un desorden general cada vez más parecido al período de la Guerra con Chile, ha llegado y hace carne entre nosotros.

Los sentimientos confusos que albergan este cuadro se traducen en relatos generalmente rudimentarios sobre las salidas. La tierra prometida de esta travesía adopta los rostros de los intereses en juego que no se esfuerzan en ocultar. La apuesta a que solo la economía salvará al Perú lleva implícito el mandato inmovilista, el no tocar la estantería neoliberal desbaratada. Frente a este mensaje se levanta la reivindicación del cambio en varias claves simbólicas, desde cambiarlo todo, incluido lo bueno, hasta cambiar lo adjetivo para que no cambie nada, la vieja receta gatopardiana tantas veces exitosa en el Perú.

Otra apuesta es la estrictamente “política”; ella asume que los males actuales son propios de las instituciones y personas, de modo que sus ofertas van desde la sustitución radical de las personas -todos nuevos, todos- a las promesas de reforma radical e inmediata de los poderes. Reducido a mensajes vacíos, el institucionalismo nunca fue tan infecundo e improbable.

La tercera apuesta es la moral que se viste indistintamente de cruzada por el orden o las soluciones finales contra las libertades. Los verbos exterminar, liquidar, expulsar y suprimir se asocian a soluciones llamativas y aparentemente fáciles. Son anticipos autoritarios que reemplazan las respuestas democráticas para un país hundido que demanda otros verbos de acción igualmente firmes e inclusivos -sobrevinientes a la crítica- como dialogar, pactar, reformar, consultar e integrar.

Varias campañas alcanzaron el propósito de asociar el cambio a la división. Su éxito es paradójico; muestran un país dividido en el que predomina el discurso de una elite económica y política resistente a cualquier innovación y dispuesta a la guerra. En lugar de avenirse y acaso liderar un nuevo pacto social, esta dirigencia ha preferido resguardarse en el pasado y ha vuelto a darle las espaldas al futuro.

El pueblo no se ha mezclado en las guerras de arriba, pero votará. Es probable que la elección del 11 de abril nos entregue un veredicto ciudadano en favor del cambio, aunque se trata de un pueblo que a la vez quiere oxígeno, vacunas, bonos, empleo, que las empresas no cierren, que no asesinen a las mujeres, y no morirse de hambre o de covid.

Es igualmente probable que los poderes que emergerán de la primera y segunda vuelta sean débiles, imprecisos y tempranamente enfrentados. El mismo mandato de las reformas será indeterminado y tendrá varios apellidos.

El Perú carece de liderazgos para esta hora y es posible que esta necesidad no sea proveída por las urnas en la medida de lo requerido. Una dispersión sin nombre antecede a varias formas de fragmentación estéril que se vive en la campaña electoral y que amenaza extenderse más allá de las elecciones. Imaginemos que las palabras caos y desastre están más cerca que nunca en el último siglo.

La única fórmula realista y optimista se localiza en nosotros. La experiencia resiliente en otros ámbitos de nuestra existencia debe hacerse cargo de la imperiosa necesidad del cambio y la unidad nacional, al mismo tiempo. Ambos desafíos deberán atenderse desde la sociedad. Será difícil hacerlo desde los poderes próximos a renovarse.

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