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viernes, octubre 7, 2022

La descalificación, un peligro para nuestra democracia

Por Paula Távara

Si inicio reiterando que esta puede ser la campaña electoral más polarizada de los últimos años seguro estaremos de acuerdo; y es en el marco de esta polarización que empieza a hacerse cada vez más común el uso de la descalificación y la agresión como mecanismo de interrelación política.

Resulta preocupante que estemos viendo a personas, redes y liderazgos políticos, que en lugar de confrontar con ideas y propuestas a quienes tienen otras ideas y opciones políticas promueven más bien mecanismos de desacreditación basados en insultos y descalificaciones.

Estoy pensando en el terruqueo, pero también hablo de la alegación de resentimiento social o de ignorancia. Lo digo también por quienes creen que todo el que se les opone tiene un taper. Con estos adjetivos, y otros muchos insultos, viene floreciendo una dinámica de socialización política en que se equivoca todo aquel que no piense como yo, y no sólo se equivoca, sino que no merece respeto (y por eso le violento) y ni parece tener espacio en sociedad.

Esta desacreditación compulsiva va minando la capacidad de crítica de los ciudadanos y ciudadanas y su libertad de expresión, no porque estos dejen de ser capaces intelectualmente de hacerlo, sino porque ante el temor de la estigmatización y la agresión, empiezan a callar sus cuestionamientos y opiniones. Cada quién puede empezar a cuestionarse si sus dudas o reclamos son realmente justos o si están equivocados, en vista de las reacciones que despiertan.

¿Qué sociedad estamos creando si se señalan y sancionan los cuestionamientos? ¿Qué deseos de cambiar su propia vida por una vía distinta puede alimentar la joven estudiante a la que convencieron de que las cosas “son así” y todo lo que salga de la caja es radicalismo? ¿Qué libertad experimentamos si puede atacarse no solo mis ideas sino mis gustos musicales, los colores de mi ropa o mi lugar de origen?

En esta misma lógica respecto de no contar con espacio en la sociedad para ideas diferentes, y con ello en nuestra democracia, un sector de la derecha ultraconservadora parece querer promover la prohibición de determinados partidos políticos con ideas disímiles a las suyas, mientras un sector de la izquierda más radical plantea cerrar el congreso -espacio precisamente de representación política, y de ideas políticas, de la ciudadanía- si sus propuestas no fuesen aceptadas.

Olvidan desde ambos extremos, que para que una democracia funcione es necesario no que existan voces o pensamientos únicos, sino que todas las voces, pensamientos, matices e ideas tengan cabida y puedan defenderse y expresarse bajo las normas de la democracia.  Es en esa variopinta gama de opiniones, percepciones, críticas e ideas que se debe constituir el debate democrático, porque un país monocolor, por muchas elecciones que tenga, no deja de ser un autoritarismo competitivo.

Me preocupa particularmente, más allá de este proceso electoral, el riesgo de que la descalificación a priori se instale en nuestra cultura política, que se use con tanta ligereza una acusación tan grave como ser un terrorista en un país al que el terrorismo hirió tan gravemente o que limeño o limeña empiece a tener connotaciones distintas a un lugar de origen.

Como hemos dicho antes, el 7 de junio, el 29 de julio, seguiremos conviviendo y ni las agresiones ni los calificativos se los llevarán las urnas. A la derecha y a la izquierda dialogantes, que felizmente existen, quizás les corresponda la tarea de distanciarse de las violencias y recuperar el diálogo, el debate democrático. Con ese ejemplo desde la política, quizás también ciudadanos y ciudadanas podamos empezar a sanar heridas y mirarnos como iguales aunque diferentes.

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