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viernes, mayo 24, 2024

¿El mejor de los mundos?

Escribo esta columna un viernes por la noche, sabiendo que el domingo son las elecciones y que el lunes se publica esto. No estoy seguro sobre qué escribir. Dudo que muchas personas estén interesadas en leer sobre los temas de política exterior que suelo compartir por este medio.

Durante estos días de polarización política he reflexionado mucho sobre los motivos que llevan a diferir con tanta pasión respecto a quién nos va a gobernar (o, quién no nos debería gobernar).

La elección del domingo nos ha presentado dos opciones diametralmente opuestas. Los discursos de un lado suelen estar acompañados del miedo de perder libertad. Del otro lado, un anhelo por lograr igualdad es la motivación de muchas y muchos. En el centro de ambas opciones están la libertad y la igualdad, dos ideas contrapuestas —de manera particular en la política peruana— que muchos autores han desarrollado en sus planteamientos sobre cómo debería ser una sociedad justa.

 

¿Y cómo debería ser una sociedad justa?

John B. Rawls, filósofo estadounidense y autor de A Theory of Justice, imaginó a un grupo de personas en una “posición original”, en la que ignoran el lugar donde van a vivir, la posición social que tendrán, su riqueza, talentos, derechos, etc., y a las que se les encarga definir cómo estaría organizada una sociedad. Este grupo «ciego« elegiría las condiciones más beneficiosas posibles para todos, pues la aversión al riesgo de no saber qué lugar ocuparían en esa sociedad, los obliga a distribuir los derechos, libertades, oportunidades, la riqueza y los ingresos —a los que Rawls llama bienes sociales primarios— de manera equitativa. Rawls admitía la existencia de desigualdades sociales y económicas, siempre que estén asociadas a cargos y posiciones que son accesibles para todos. También pensaba que reducir las diferencias supondría un mayor beneficio para los miembros menos aventajados de la sociedad.

 

Ante estas ideas, Ronald Dworkin, otro filósofo y jurista estadounidense, autor de Law’s Empire, se opondría, en primer lugar, a la existencia de esos llamados bienes sociales primarios. Dworkin hablaría de recursos genéricos —todos con el mismo valor— y para ilustrar su idea nos colocaría en una isla desierta con abundantes recursos. En ella, somos un grupo de náufragos que tiene que organizarse en una situación en la cual nadie tiene un derecho previo sobre los recursos, los cuales se dividen en paquetes que se reparten entre todos aleatoriamente, y por ello, estaríamos obligados a crear paquetes equitativos. Para asegurar un reparto igualitario de los paquetes de recursos, los náufragos debemos someternos a “la prueba de la envidia”, en la que todos podemos intercambiar el contenido nuestros paquetes entre nosotros, crear recursos fungibles (como el dinero) y, al final, nadie debería envidiar el paquete del prójimo. De esa manera, todos pagamos el precio de nuestras elecciones, cada persona prefiere el paquete que tiene y nadie tiene lo que no desea.

 

Amartya Sen, filósofo y economista indio, ganador del Premio Nobel en Economía, diría que ambos están equivocados, porque no consideran que las personas somos diversas, tenemos capacidades diferentes y necesitamos cosas distintas. Los seres humanos habitamos escenarios heterogéneos. Por ejemplo: todos tenemos el derecho a votar, pero no todos tenemos la capacidad de ejercer ese derecho, es decir, de efectivamente ir a votar, porque podríamos vivir en un lugar alejado, o podríamos no tener las condiciones para movilizarnos adecuadamente. Ante esto, Sen señala que se debe garantizar la igualdad de capacidades básicas para poder realizar el funcionamiento de los planes de vida que las personas hayan elegido en libertad. Él pregunta si los derechos son algo que se debe dar o algo que no se debe quitar.

 

Martha Nussbaum, filósofa estadounidense que desarrolló el enfoque basado en las capacidades de Sen, añadiría: ¿qué cosas pueden realmente ser y hacer las personas? ¿Qué oportunidades tenemos realmente? Porque, según ella, no sirve de nada garantizar derechos si no hay condiciones instrumentales para llevarlos a cabo: si no tengo la capacidad para lograr mis planes de vida, no tengo libertad real.

 

Finalmente, Gerald Allan Cohen, filósofo canadiense, quien luego de hacer una aproximación crítica al marxismo, logró acercarlo a un mundo académico mainstream, protestaría diciendo que todas las propuestas presentadas por sus colegas tienden a forzar la igualdad. Él diría que el instinto de un individuo por preocuparse por su libertad (y su comodidad) inmediata es una debilidad que no debería convertirse en un principio a seguir. Su recomendación para lograr equidad es cambiar actitudes y decisiones individuales, es decir, tomar una posición respecto a los valores que queremos ver representados en una sociedad. En ese sentido, sostiene que todos viviríamos mejor si las fortalezas de cada individuo son disfrutadas por todas y todos.

 

Cohen defendería el principio de que no se debe permitir la desigualdad, mientras Rawls le respondería que la desigualdad es inevitable.

 

Entonces, ¿Cómo sería una sociedad justa?

Todos los autores citados ofrecen postulados que son la base de muchas ideas que coloquialmente definimos como de izquierda o de derecha. Lo cierto es que una sociedad justa se construye en base a ideas, pero también en base a acciones tomadas por personas que buscan beneficiar un interés que va más allá de su esfera personal.

 

Vivir en democracia implica aceptar que hay ideas contrapuestas que deben ser cuidadosamente balanceadas. No podemos aspirar a una libertad individual plena y sin restricciones viviendo en una sociedad donde compartimos derechos y obligaciones con otras personas que son diferentes a nosotros y en donde todos tenemos acceso a los mismos bienes y servicios. Tampoco podemos aspirar a vivir en una sociedad donde todos seamos iguales, sin darle importancia al talento o esfuerzo que despleguemos para distinguirnos del resto. La idea es equilibrar ambas —libertad e igualdad— y tratar de construir una sociedad en la que la mayoría de personas tengan los mayores beneficios posibles.

 

Estas reflexiones sobre los fundamentos que sostienen una política nacional nos acercan (o alejan) a otras naciones con valores similares. Porque finalmente lo que queremos todos aquellos interesados en la política de los Estados, es que todos podamos compartir condiciones mínimas de libertad y de igualdad a la vez, y que éstas sean a su vez, la base de acuerdos y de cooperación que permitan superar conjuntamente los retos colectivos, logrando beneficios equitativos para todos los países.

 

Lo que queremos todos es vivir en el mejor de los mundos posibles.

1 Comentario

  1. Ciertas sociedades se denominan democráticas pero no lo son. Hay algo muy básico para que en una sociedad democrática sus ciudadanos vivan en en libertad: el estricto respeto a la ley y protección a la propiedad privada. Cuando no se respeta la propiedad privada, no puede haber libertad. Si no tenemos libertad, nuestra vida, la de nuestra familia y amigos corren gran riesgo o están en peligro inminente. Los esclavos no eran libres ni tenían propiedad, sus amos podían azotarlos hasta la muerte o someterlos a prácticas en q su vida peligraba.
    En un estado totalitario, si alguien discrepa con el régimen, sencillamente lo encarcelan e incomunican y puede morir, la mayoría de las veces sin derecho a reclamo. También pueden cortarle la tarjeta de racionamiento o botarlo del trabajo. Si el Estado es el mayor empleador, de qué va a vivir o donde irá a trabajar para el sostén de el mismo o su familia? Por ello en Estados comunistas, con regímenes corruptos, totalitarios, donde aplastan al individuo, la vida de los ciudadanos peligra.
    Referente al tema de la igualdad, los romanos decían que todos los individuos eran iguales al nacer. Fue un avance inicial que el cristianismo recogió, pero añadió que todos los hombres eran también iguales ante Dios. Los mandamientos «no matarás» (para proteger la vida), «no codiciarás bienes ajenos» (respeto a la propiedad privada) son normas morales que se han universalizado. Posteriormente, los ingleses llegan a sostener que todos los hombres son iguales ante la ley, que es un principio fundamental de las sociedades democráticas en nuestra civilización occidental.
    La ideología marxista sostiene que los hombres son iguales en logros, reduciendo dicho aspecto a percibir el mismo estipendio o ninguno por distinto rendimiento y trabajo que se realice. Es decir, todos tendríamos derecho a un sólo e igualitario beneficio hagamos cualquier actividad y aporte a la sociedad, con el fin de ser «todos iguales», «tener lo mismo» y por «sentido de justicia», puntos que Marx enunció pero que no supo resolver. Ese concepto de igualdad es el perjudicial. No todos somos iguales en logros, en rendimiento, ni en pensamiento. Nuestro aporte a la sociedad (al Estado, empresas, instituciones, etc.) es distinto y por ende tiene intrínseco el sentido de justicia incorporado de forma natural en los individuos, específicamente para tener el sentido de percibir un reconocimiento y estipendio por lo que se valora como aporte y logros.
    Algo importante es ser todos sin excepción iguales ante la ley, por ello los sistemas de justicia y una fuerza de seguridad impolutos para su cumplimiento, protección de nuestra seguridad (vida) y patrimonio (propiedad); con estadistas conscientes de su rol para la búsqueda del bien común y del Estado de Derecho son indispensables en el buen funcionamiento de una sociedad democrática.
    El mayor esfuerzo y experimento que se hizo en nuestra era, en aras de buscar «la igualdad» entre los hombres, fue en Camboya por los Khmer Rouge. En esa revolución de los comunistas extremos radicales suprimieron la libertad de todo el pueblo y hubo una eliminación total de la propiedad privada. Quien tenía auto, casa, propiedades, vivía en las ciudades, hasta usaba lentes (se presumía que leía mucho y por ello estaba infecto de capitalismo), era fusilado donde se le encontrara o sometido a trabajos forzados agrícolas. Esa utopía de un ensayo de sociedad igualitaria y comunista; costó la vida entre 2 a 3 millones de seres humanos, un cuarto de la población camboyana. En realidad fueron asesinados sistemáticamente por hambre, enfermedades, fusilamientos y trabajos forzados. Un verdadero genocidio del grupo marxista/Leninista/maoista que tomó el poder en dicho país, de la misma línea del grupo terrorista Sendero Luminoso que quiso tomar el poder en el Perú, pero que felizmente fue derrotado. Se calcula que, de haber triunfado la revolución terrorista de dicho grupo en el Perú, hubiera ocasionado entre cuatro a seis millones de muertes.
    Hay un sólo lugar donde todos seremos iguales: la tumba.

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