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martes, mayo 21, 2024

La traición de Piérola desarmando al Ejército del Sur

Fuimos notificados en su oportunidad, que tras la fuga de Mariano Ignacio Prado en diciembre del año 1,879, estalló la crisis nacional que culminó con el golpe de Estado, que bajo la supuesta misión de salvar el país ha encumbrado al caudillo Nicolás de Piérola, que regresó recientemente de sus negocios con Chile; supuestamente culmina así la guerra civil entre los civilistas y el dictador arequipeño que duró décadas.

Señalamos preocupados que sus primeras acciones del nuevo gobernante, en dividir al Ejército del Sur en dos secciones, es un grave error estratégico; descuartizar el mando y las tropas en guerra, por sus odios y rencores hacia Lizardo Montero, Almirante y Jefe del Ejército del Sur, acusando su condición de civilista, es colocar la politiquería por delante de la Guerra Patria. Esta fragmentación ya tiene sus primeros costos, confirmando que la parcelación de la fuerzas, tendrá graves consecuencias en el teatro de operaciones y en su ulterior desenlace.

Para justificar esta división del aparato militar en plena guerra, teóricamente originó y asignó para que el nuevo Ejército del Sur I, estuviera a cargo de la protección territorial de Tacna y Arica, bajo el mando del Almirante Montero; en tanto que el Ejército del Sur II, bajo el mando del pierolista Coronel Segundo Leiva, con responsabilidad en Arequipa y jefaturando ocho mil soldados, tendría la misión de construir la retaguardia estratégica, para socorrer y movilizar tropas y logística, en ayuda a los combatientes y emplazados en pleno enfrentamiento bélico en el extremo sur.

En el colmo de la arrogancia, justificaron este premeditado error; propagando de boca para afuera que con dicha fuerza, pasarían de la derrota de los “otros de abajo” a una contraofensiva victoriosa desde Arequipa; buscando hacer consentir al país que los verdaderos combatientes del sur, somos una tropa de fracasados y derrotados, que debíamos ir a la justicia militar, como amenazaron a nuestros oficiales mayores, hecho que fue rechazado y repudiado por el conjunto de los soldados y oficiales.

El heroico Ejército del Sur I, está arteramente abandonado y traicionado por Don Nicolás de Piérola que funge de Presidente de la República y su Comandante del Ejército en Arequipa; nunca llegan los refuerzos en: armas, municiones, uniformes, alimentos y vituallas a los combatientes de San Francisco y Tarapacá, tampoco posteriormente al Campo de la Alianza en las puertas de Tacna, el 25 de mayo de 1980, en el que sucumbieron no por falta de conducta y voluntad guerrera; cayeron por la supremacía en tropas y calidad de armas por la chilenada, siendo diezmados y repasados por la soldadesca enemiga.

Con un Estado Mayor del Ejército del Sur, dividido entre civilistas y pierolistas, los verdaderos oficiales que están al margen de la politiquería barata, vieron el desastre cercano, cuando el Ejército Boliviano fue retirado de los campos de batalla, abandono que costo la destitución del presidente boliviano Hilarión Dazza, acusado por defección en el campo de batalla y reemplazado por Eleodoro Camacho y Narciso Campero después. En verdad pese a los abrazos entre las tropas aliadas y oficiales, nunca hubo voluntad de constituir un mando único entre ambos ejércitos, por los entretelones de la política criolla en el Perú y Bolivia.

Nunca llegó el socorro del Cuartel de Arequipa, a los desesperados llamados de los defensores del Morro de Arica; la dictadura entregó a la muerte a Francisco Bolognesi, Alfonso Ugarte y otros tantos mártires; primó la conducta cobarde e indolente del Coronel Segundo Leiva, que luego de pasear un momento por esos lares, prefirió regresar y acantonar sus tropas en Arequipa, sin disparar una bala y desenvainar una bayoneta, todo por defender la estabilidad política de su gobierno frente a sus potenciales enemigos internos; mientras morían millares de peruanos ejemplares en las fronteras.

Con ese tipo de comportamientos es previsible, que ingresen las tropas chilenas en Arequipa, con el aplauso y petición de la Municipalidad, en el que encontraran más de 10 mil rifles de guerra, totalmente nuevos y encajonados junto a sus municiones, que corresponden a los embarques bolivianos destinados para el uso del Ejército Peruano del Sur, en recompensa al abandono que hicieron al Perú en plena ofensiva chilena. Resulta incompresible y una felonía que no se haya enviado esos pertrechos y refuerzos tan urgentes y necesarios.

Es evidente que el Presidente Nicolás de Piérola, ignora el arte y la ciencia de la guerra, obsesionado en sus pugnas con los civilistas, tiene los oídos sordos para escuchar al Estado Mayor, con experiencia y academia militar; esta grave falacia estratégica, llega a un punto final porque ha dispuesto la disolución y el licenciamiento de los batallones sobrevivientes de San Francisco, Tarapacá y Tacna; por sus odios y temores a los brillantes oficiales en curso, ha terminado liquidando el ejército regular; incluso en un caso de ignominia, ha tratado mediante sus compinches iniciar un juicio sumario a los únicos oficiales que combatieron y resistieron la invasión.

Así fue regalado los territorios de Tarapacá y Tacna, sin intentar una nueva contraofensiva, como fueron las propuestas de los oficiales y tropas. El Consejo de Guerra en Tacna a través del Coronel Andrés A. Cáceres, propuso pasar de una estrategia de resistencia frontal a una estrategia de desgaste y alta movilidad, conformando un ejército irregular junto a las tropas regulares,  guerra de guerrillas o montoneras, experiencia victoriosa estudiada en la Academia de Estudios Militares en Francia, que fueron recogidos en las guerras de España y México.

El Tayta Cáceres explicó a los emisarios del Ejército del Sur de Arequipa de la siguiente forma y precisión “…gran rapidez en los movimientos para dispersarse prontamente ante el peligro y volver a reunirse para caer de improviso sobre el enemigo, teniéndolo siempre inquieto y hostigándolo por todas partes.

Sus marchas deben realizarlas, por lo general de noche, acampando o vivaqueando durante el día en las alturas inaccesibles o caseríos aislados, donde no pudieran ser fácilmente descubiertas. Debían los guerrilleros eludir todo combate formal, y solo aceptarlo estando seguros de las ventajas de su posición y superioridad numérica. Sin embargo, no pocas veces deben contravenir estas ordenanzas, impulsados por sus arrebatos de entusiasmo.

El jefe de la guerrilla debe estar en primer término, cuidar constantemente del buen trato de la población civil, con cuyo apoyo ha de contarse siempre. La actitud y sentimiento de la población civil tienen grandes influencias en todo movimiento guerrillero”.

La delegación militar proveniente de Arequipa escuchó sin inmutarse, ahí comprendimos todos que semejante traición y felonía, estaba instalada en la propia Casa de Gobierno y en la Presidencia de la República. Las tropas licenciadas y desarmadas junto a sus oficiales, regresamos a nuestros pueblos rumiando derrota y odiando la cobardía de Nicolás de Piérola; recorrimos otros millares de kilómetros a pie; ingresando a Cusco por Puno, encabezados por el Tayta Cáceres; él también como los otros hijos de la patria, estaba traicionado, marginado y decepcionado.

Ante la inminente invasión chilena a la Capital de la República, como pregonan los enemigos, no quedará otra forma de usar la guerra de guerrillas para la defensa de los Andes en el que debemos ser imbatibles e inexpugnables, en el que los comuneros y breñeros armados con hondas, rejones, galgos, milicias, propinaremos importantes derrotas a la invasión chilena, salvando el honor del país hasta expulsar al enemigo invasor.

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