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domingo, octubre 17, 2021

Estas semanas, a raíz de una grata invitación de Penguin Random House, tuve la oportunidad de darle una dedicada lectura a El ocaso de la democracia de la periodista e historiadora Anne Applebaum. Un libro muy relevante en estos tiempos para entender el cómo, por qué y gracias a quiénes el autoritarismo ha ido cobrando fuerza en la última década en países donde, en principio, la democracia liberal parecía ya establecida e inamovible.

Con mucho pan por rebanar a partir de su lectura, no he podido dejar de darle vueltas a que, mientras Applebaum centra su análisis en el surgimiento y fortalecimiento de los autoritarismos de extrema derecha, en nuestro país la retórica y cercanía con el autoritarismo (entendido como un sistema político caracterizado por el abuso de autoridad) está presente, en distinta forma y nivel, en ambos polos del espectro político. ¿Qué tienen en común estos extremos? ¿Qué hilo invisible une a fuerzas políticas que se enorgullecen más bien de ser antagónicas? ¿Es sólo el afán de poder y control?

Applebaum dirá en este libro, citando los estudios de Karen Stenner que “el autoritarismo es algo que atrae simplemente a las personas que no toleran la complejidad: no hay nada intrínseco «de izquierdas» o «de derechas» en ese instinto.”

¿Se les ocurre un mayor punto en común entre Rafael López Aliaga y Guido Bellido que su incapacidad para aceptar la complejidad de las identidades de género y las preferencias sexuales? ¿Cuánto hay en común entre quienes desde cada extremo niegan la visión del otro y cierran los oídos a sus perspectivas, preocupaciones, intereses o realidades?

En una sociedad con complejas, complejísimas, fracturas y clivajes, es posible y esperable, (aunque no deseable), que exista una búsqueda de respuestas sencillas. De blanco o negro, de gin o yang.

Dirá Applebaum que la tendencia al autoritarismo es antipluralista. Y qué poco hemos hecho en el país por entender nuestras pluralidades, empezando por las culturales, las lingüísticas (que tantos debates nos trajeron hace solo unos días), las étnicas y las sociales.

Quizás sea allí, en esa vertiente del autoritarismo que rechaza la complejidad y la diversidad de ideas, emociones e identidades, que yo encuentro los mayores riesgos hoy en día para nuestra convivencia democrática: La polarización que los partidos políticos alimentan está reduciendo a tal punto los matices de la sociedad, pretendiendo forzar a las personas a tomar un partido (aunque signifique renegar de familia, amigos y afectos), que de la apuesta por la democracia pluralista nos va quedando solo la confrontación electoral.

Así, el ideal de una sociedad intercultural e integradora, siempre tarea pendiente, pierde lugar frente a las respuestas sencillas y unilaterales: o ellos o yo, o mío o suyo (nunca nuestro), libertad o comunismo, economía o derechos. No se puede tener todo.

Nuestra frágil y aún joven democracia se encuentra jaloneada ahora por fuerzas con poca vocación para el entendimiento de la complejidad, con poco ánimo de escucha y con disposición a arrasar. Fuerzas que parecen haber asumido que es más sencillo construir torres que tender puentes. Pero si solo hay torres, bastiones, ¿cómo podremos encontrarnos en algún punto para poder ser colectividad?

Confieso que no tengo respuestas, pero necesito creer que es posible.

 

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