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domingo, octubre 17, 2021

La insurrección y guerra comunera en las Provincias Altas del Cusco

Los adolescentes desde las alturas de un cerro, lleno de grandes ichus y rocas, observan con terror el asalto final de una tropa de gamonales desesperados; montados en sus mejores pero cansados caballos y armados con fusiles y carabinas de cañones enrojecidos, tratan de romper a fuego graneado un pequeño cerco, construido con algunas piedras y ch’ampas de barro; la trinchera es defendida por unos comuneros huesudos y flacos, tienen los rostros preocupados ante la muerte y ennegrecidos por el frío de esos fatídicos días; responden lanzando feroces piedras con sus waraqas y otros con las manos, de cuando en cuando hacen sonar un tiro del viejo fusil, que manejan algunos de los jóvenes licenciados del ejército, que administran con cálculo mortal, sus escasas balas para frenar el asalto final, que dura cerca de tres días y sus noches.

El cansancio y la fatiga o tal vez la falta de confianza en esas horas de trance en ambos bandos, hizo que por el lado de los gamonales sus comuneros y peones escaparan o simplemente fugaran por miedo a derramar sangre por una causa que no era de ellos, porqué tenían que masacrarse entre comuneros y hermanos de sangre, por unos mistis o unos yuraq alqos o perros blancos, como maldecían a los terratenientes.

En esa circunstancia en que la batalla entra en un trance de incertidumbre, es que se conocen a los verdaderos líderes y guerreros de sangre, que pueden cambiar los hechos y modificar el enfrentamiento con un simple movimiento táctico; tal vez creyente en su reconocida valentía, que lindaba entre la temeridad y la audacia, el famoso Don Leopoldo junto a unos cuantos de su jefatura, disparó su carabina plateada con más puntería que nunca; sus espuelas de oro hicieron relinchar a Káiser su alazán blanco, el famoso terror de los comuneros subió embalado, para saltar la última trinchera del parapeto en el legendario y respetado Apu Rumi Taqe; lo que no calculó, es que no se puede afrentar al dios tutelar de los naturales y salieron los últimos tiros de los máuser viejos de los licenciados, que acabaron con algunos de sus acompañantes y espantaron a otros, que volvieron en grupa a la retaguardia.

Don Leo en cuestión de milésimas de segundo, quedo destronado de su montura por un certero liwi que lo trajo al suelo; atrapado y rodeado por los fieros comuneros fue golpeado y maniatado en segundos pese a sus amenazas y gritos; de nada sirvieron sus convocatorias y gritos a su ejército de gamonales y mistis, ninguno regresó o volteó la mirada para saber de su otrora jefe y comandante, estaban concentrados en fugar a sus casas y haciendas, tomar algo de dinero y tesoros escondidos, porque el vendaval de los ayllus estaba en marcha y creciendo. El empate sangriento y catastrófico que duraba diez años de la guerra comunera y gamonal, entre escaramuzas y batallas, se rompía ese atardecer y era mejor viajar con urgencia al Cusco, Sicuani o Arequipa en busca de sus hijos y mujeres.

La rabia contenida por los siglos de abuso, desde la invasión y colonia fue recordada al preso heredero de sangre azul y apellido castizo, por cada uno de los comuneros y comuneras; haciendo estallar el fuete o el zurriago liberador en el cuerpo blanquiñoso y envejecido del temible hacendado; corrieron litros de sangre y sudor con la mutilación de las manos castigadoras, nunca más en dichas pampas y quebradas, un explotador levantaría las manos contra los indefensos ayllu runas y ayllu warmis, como lo hacían hasta entonces ante un indígena compungido y esclavizado.

En asamblea nocturna y comunal en el Apu Rumi Taqe, los insurrectos agradecieron a su dios tutelar por el triunfo obtenido, tanta sangre y dolor, tantos años de sufrimiento y explotación estaban por cambiar; tomaron un poco más de valor con el alcohol rebajado con agua y sacaron sus mejores k’intus de coca. Los viejos Yachachiq y los P’aqos explicaron que la Pachamama reclamaba al preso, había que ofrendarlo con aquella ceremonia de castigo que merecen los malos hijos de la naturaleza; otros, los hombres simples y cegados por el odio y la venganza pedían la muerte expeditiva, pero los viejos y curanderos explicaban que la Mamapacha o Santa Tierra no podía recibir en su seno a un ser malvado y abusivo; los ancianos persuadieron y fundamentaron nuevamente que la Pachamama, ofrecía a la humanidad los mejores frutos y este personaje no era ni el orgullo, ni el mejor fruto de los dioses; el pueblo en respeto a sus Apus, no podía enterrar a este inhumano, hacerlo sería provocar a la tierra y a la naturaleza, debía tener otro final como mueren los animales salvajes y carroñeros, desbarrancado desde el alto de la colina, para que desaparezca fruto de la inclemencia y castigo del tiempo.

Antes fue amputado su miembro viril, por su conducta violatoria y pervertida, para que no pueda tener hijos nunca más, ni en la tierra ni en el infierno al que está condenado, dijeron en coro las mujeres; tampoco permitirían que vuelva en su condición de alma en pena, recorriendo pueblos y caminos, como lo hacen los condenados destinados al purgatorio; hasta el infierno es poco para estos miserables, gritaban las comuneras violadas por los hacendados, que hacían blanco de su odios al prisionero.

En esas horas de trance difícil ante la vida, que se escapa como el viento de la puna, Don Leopoldo prefirió callar y nunca volvió a pedir clemencia, su orgullo se antepuso y conociendo el final que le esperaba; entre la rabia y decepción que carcomía sus pensamientos, por la cobardía de sus tropas y amigos hacendados, que no hicieron nada durante toda esa fatídica tarde y ahora en la noche en tratar de rescatar o negociar por su vida. Repasó su compleja vida, pensó que era amado y temido, ahora comprendía sin embargo que había mucho odio encerrado entre sus ahijados y compadres, sus pongos y conocidos, que ahora eran sus principales detractores y fiscales, exigiendo la muerte a voz en cuello. Uno debe tener dignidad, hasta en la muerte se dijo, para animarse y enfrentar los últimos alientos de la vida.

Esperando la media noche, llegaron otras comunidades lejanas desde Q’oporaqe, T’oqroyoq, Qiqin K’ana, Pichigua,  para juntarse a los Ch’eqa, Qh’ewe, Langui y Layo, querían testificar con su presencia que el odiado gamonalismo que roba sus tierras y ganados, que explota la servidumbre de sus hijos e hijas, terminaba con la muerte del más simbólico de los terratenientes en toda la región a la redonda entre Puno, Arequipa y Cusco.

Fue ensillado en su amado y único leal caballo Kaiser, antes le ordenaron vestirse como lo hacía a diario y se colocó al final su poncho multicolor y sombrero a la pedrada, arregló sus bigotes todavía negros y ensangrentados, marchó en el caballo como se va al patíbulo a la espera del garrote o la guillotina; cuando llegaron a la cima del roquedal, un ligero viento anunció la puerta de un surco con rayos de luna en el cielo; los comuneros sabían que la sentencia era la pena máxima, él también lo presentía; los naturales entregarían al barranco al más respetado y temido de los gamonales, al más abusivo de todos, pero al mismo tiempos el más cercano y querido en sus fiestas y costumbres en las que participaba gustoso y regalonamente con su charango y guitarra.

Cuando sonaron los pinkullos del Aya Taki, increíblemente como si fuera por el miedo o por alegría temerosa, brotaron unas lágrimas silenciosas en todos los asistentes y con la fuerza acumulada, empujaron y sacrificaron al noble animal junto a su controvertido jinete; un aire de libertad recorrió sus mentes y creció en los corazones comuneros, volvieron a degustar el alcohol de sus latas, más tarde regresaron a sus comunidades con el deber cumplido, sin festejo y sin remordimiento, la nueva vida sin el eterno miedo a los terratenientes empezaba; la deuda de sangre estaba cobrada y derramada; la Pacha Mama debía asumirla.

La Batalla de Rumi Taqe fue la continuidad de otra batalla en las llanuras de Kallpapampa, el 28 de julio de 1,921 coincidentemente con los festejos en las capitales de Región y la República por el Centenario de la Independencia del Perú; en cambio en las Provincias Altas las cadenas de la opresión y la libertad seguían presentes, en una larga guerra revolucionaria por las tierras y derechos conculcados, por su condición de ayllu runas y comuneros.

Rumi Taqe fue el Apu salvador, que permitió la reorganización y preparación de la milicia comunera; durante los días 26 y 27 incendiaron praderas preparando sicológicamente a sus huestes, habían llegado refuerzos de todos los pueblos circundantes y otro de T’oqroyoq de un pelotón que no pudo culminar con un ataque a la Hacienda Boston del Congresista Héctor Tejada; los preparativos culminaron con la batalla abierta el 28 de julio, enfrentando y derrotando al ejército de gamonales y mistis, que culminó con la fuga de la mayoría de ellos a Cusco, Puno y Arequipa tras la muerte cruel de su jefe Don Leopoldo, permitiendo la recuperación de las tierras de los ayllus y comunidades, una verdadera primera Reforma Agraria en la tenencia y propiedad de las tierras.

La Batalla de Kallpapampa, el 25 de junio de 1,921, fue la antesala bélica de Rumi Taqe; una parte de los comuneros que regresaban a sus labores agrícolas, luego de ocho días de intensas refriegas en la Batalla de Ch’eqa Pukara, fue sorprendido por un pelotón de caballería de los mistis, con más de trescientos jinetes, ocasionando cientos de muertos; la batalla fue desigual entre la caballería y la infantería de los comuneros sin arma de fuego; la defensa se circunscribía al enfrentamiento de cuerpo a cuerpo, ni siquiera habían piedras para la defensa del sorpresivo ataque que culminó con la derrota y muerte de varios insurrectos. Solo la alta y embravecida moral de lucha, permitió hacer fugar a los enemigos antes de una masacre final, varios de ellos con las justas pudieron escapar de la muerte y con la rabia creciente preparar una nueva Batalla en Rumi Taqe, bajo la dirección de Luís Condori, como fue el acuerdo y orden en Ch’eqa Pukara.

Precisamente meses antes, había culminado en un empate militar la Batalla de Ch’eqa – Pukara, cuya acción fue planificada y preparada durante meses en el Ayllu de Sausaya, donde fueron concentrados guerreros de Ch’eqa, Hamp’atura, Qh’ewe, Layo, Langui, algunos de Espinar y Chumbivilcas. Días antes conformaron un Estado Mayor a cargo de los ancianos la parte política y dirigencial, mientras los licenciados se ocuparon de la parte bélica, entrenamiento, compra de armas de fuego en Bolivia y Puno.

En todo ese tiempo la tropa latifundista pidió ayuda al Ejército Nacional, los oficiales desconfiando de las tropas naturales, por el posible cambio de bando en la batalla, tardaban en el refuerzo, obligando a constituir un cuerpo básicamente de mistis y blancos con la colaboración obligatoria de sus empleados y pongos.

Encabezados por Domingo Choquehuanca, a mediados del 17 de junio del año 1,921, iniciaron los hostigamientos con más de 1,500 combatientes, frente a otro milenio de tropas gamonales, mejor armados que resistieron en la población y la iglesia, con carabinas, revolver y arma blanca. La confrontación fue iniciada con el incendio de los pajonales aledaños, luego con ataques de caballería e infantería, coreando una guerra sicológica de arengas e insultos.

La defensa cerrada de los mistis alcanzó a victimar a más de cincuenta comuneros y con pocas bajas en la parte de los potentados, mantuvieron a raya la búsqueda de la lucha cuerpo a cuerpo que deseaban los ayllu runas; estando a punto de concertarse un encuentro frontal, una polvareda circunstancial fue confundida con la llegada de tropas del Ejército Nacional, que obligó a los comuneros a replegarse y dejar el ataque a la iglesia y plaza principal que desarrollaban.

En el Estado Mayor del Ejército de los Ayllus, luego de un debate aprobaron cambiar el escenario de la guerra hacia Layo y Langui; conocida la fracasada insurrección en T’oqroyoq en Espinar, plantearon una nueva reconcentración y en esa perspectiva una pequeña parte de las tropas, emprendieron caminó por las orillas de la laguna, en que fueron sorprendidos en Kallpapampa.

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