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lunes, septiembre 26, 2022

La lección chilena, para la izquierda peruana

En la cultura política de los sectores extremistas de la izquierda latinoamericana, se imagina siempre de un modo determinista, que un estallido social o un auge de la protesta social, siempre se reflejará en los resultados electorales. Se cree que una correlación social obtenida en una determinada fase de un proceso, será lineal por un largo tiempo y motivo suficiente para justificar un discurso que avala a regímenes dictatoriales como el de Cuba, Nicaragua y Venezuela. Esa matriz cultural es la que ha fracasado en Chile y pone en evidencia no solo un probable triunfo de la extrema derecha en Chile, en la segunda vuelta electoral, sino que la nueva carta magna que elabora la actual Convención Constituyente sea desaprobada en el referéndum de octubre del 2022.

 

Esa cultura, tiene a la base un pensamiento binario, sobre el cual se construye un discurso de polarización de “clase contra clase”, “pueblo versus oligarquía”, “socialismo versus neoliberalismo” o “pueblo contra capitalistas”, como si el capitalismo actual fuera el de hace un siglo atrás. No toman en cuenta que las sociedades latinoamericanas, como las de todo el orbe, acusan ahora una estratificación social más compleja y atravesadas por la poderosa influencia de las redes sociales y el predominio de una cultura audiovisual. La derrota de la izquierda chilena en la primera vuelta, es también una dura lección para aquellos izquierdistas peruanos que creen que la derrota de la derecha peruana, en las elecciones de junio de este año, es un triunfo puro de una propuesta socialista y una derrota ideológica del neoliberalismo. Ninguna de las dos cosas.

 

La izquierda chilena, liderada principalmente por el candidato Gabriel Boric (Convergencia Social) cometió tres errores centrales en la campaña de la primera vuelta. En primer lugar, le faltó un firme deslinde con las dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela; con los excesos de violencia extrema en el estallido social de octubre del 2019, una actitud condescendiente con el narcotráfico y la subestimación de la demanda ciudadana de seguridad pública. En segundo lugar, la dispersión en cuatro candidaturas a la presidencia, erosionando el bloque social que sustenta la mayoría en la Convención Constituyente y, finalmente, la subestimación de los logros del modelo económico neoliberal que por largos años venía imperando en Chile. Todos estos errores tienen a la base ese equivocado convencimiento de que los aplastantes resultados electorales a favor de las izquierdas al elegir los representantes a la Convención Constituyente, iban a pasar por agua tibia la negativa influencia del Partido Comunista de Chile, en la campaña de Boric.

 

Los izquierdistas chilenos creyeron que el estado de ánimo promedio del electorado, era el mismo que en la elección de la Convención Constituyente o del propio estallido social de octubre de 2019. No se percataron que ahora la demanda de orden y paz se ha equiparado con la demanda de cambio con justicia social. No han entendido que el rumbo que tiene que avizorar la Convención Constituyente no es de una refundación total, sino de una renovación con continuidad. Esa falta de comprensión que los cambios no pueden ser maximalistas y abruptos es lo que explica porque la Democracia Cristiana chilena haya puesto reparos a la campaña de Boric y que, los sectores liberales emergentes, tengan desconfianza en la influencia del Partido Comunista, sobre el candidato de Convergencia Social. Pretender que todo lo que se hizo con el modelo predominante durante 16 años, es malo y descartable, es un grave error y es ese el discurso que ahuyentó a los sectores medios y la clase empresarial. La demonización del neoliberalismo es equivalente a aquella que hace la extrema derecha frente a toda propuesta que provenga de la izquierda. Con esa cultura dicotómica no se puede articular un nuevo contrato social.

 

Eso explica, también, porque el discurso del candidato derechista, José Antonio Kast (Partido Republicano), poco a poco, se haya apoderado del discurso propositivo de paz, orden, lucha contra la delincuencia y el narcotráfico, descafeinando sus propuestas ultraconservadoras, mientras que el candidato izquierdista Boric, se encapsuló en su discurso reduccionista de justicia social, sin haber perfilado un nuevo periodo de cambios sociales que acaben con un largo periodo de movilización social, que tiene un alto costo social y de la propiedad privada; sin certidumbre de hacia a dónde va la sociedad chilena, algo que hasta ahora no se perfila en lo avanzado del nuevo texto constitucional. Una hipótesis del desanimo de una parte del electorado de izquierda, es el hecho que la cantidad de electores que asistieron a las urnas fue del 46.5%, mientras que para la Convención Constituyente fue del 50.9%, esta vez con una alta ausencia de jóvenes, aquellos que probablemente hubieran votado por Boric.

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No todo está perdido para la izquierda chilena, sobre todo porque la diferencia entre Boric y Kast es de solo 2.7% de diferencia. Bastaría que el candidato de Convergencia Social logre convencer al 5% de ausentes en la primera vuelta, para que vayan a votar en la segunda vuelta y pueda alzarse con el triunfo. Pero, Boric, tiene que replantear su estrategia electoral y oferta de gobierno. Requiere romper ese dique de una disputa de época con Kast, entre quien pretende no cambiar nada, mientras él pretende cambiarlo todo, sin ofrecer un paradigma de nuevo orden a la sociedad chilena. Ninguna sociedad tolera tanto tiempo una oferta de cambio social e institucional, sin acabar con la incertidumbre. La demanda de justicia social no tiene porque estar en entredicho con la demanda de orden y paz social.

 

Boric pueda revertir el resultado si apela dos factores. Primero, lograr una moderación creíble y exitosa de su propuesta, que vía acuerdos con otras fuerzas políticas le permita conquistar nuevos votantes que en la primera vuelta no lo apoyaron o no fueron a votar; y segundo, articular una amplia coalición en contra de Kast, a quien debe presentar como el “mal o peligro mayor” a evitar. Eso implica, también, que el Partido Comunista tenga un perfil muy bajo y, de ser posible, modifique sus propuestas, algo muy difícil de lograr, por ahora.

 

Los resultados electorales en Chile son también una dura lección a la izquierda peruana, empecinada en proponer una Asamblea Constituyente, casi como un ideario ideológico, pero sin una plataforma de cambios constitucionales específicos que prefiguren un nuevo orden. Demuestran cuanto daño le hace la dispersión y la división a una izquierda que en estos días muestra en el Perú, su falta de vocación orgánica de construir un estado mayor para ser soporte de gobernabilidad. Muestra la ausencia de una tecnocracia social capaz de dirigir el estado, más allá de discursos generales y contestatarios. Devela la ausencia de una estrategia comunicacional para construir un escenario de gobernabilidad alternativo a la primacía de una opinión pública dominada por una nomenclatura mediática que pone por delante sus propios intereses, a costa de la propia gobernabilidad y de la Constitución que pregonan defender, tal como se expresa en el intento de vacancia presidencial.

 

Y, así como los izquierdistas chilenos no han podido sacudirse de las acusaciones de conciliación con las dictaduras de izquierda, de condescendencia con el narcotráfico y su escasa voluntad por abordar el tema del orden y la inseguridad ciudadana, los izquierdistas peruanos en el gobierno de Pedro Castillo, afrontan el desafío de no ser una continuidad de un nuevo quinquenio de corrupción, tal como se muestra en estos días. De no producirse cambios en el gobierno de Castillo ni siquiera tendrán tiempo y apoyo social para alcanzar las firmas para una asamblea constituyente y menos para ganar en un referéndum. De lo que tienen que ocuparse todos los días es de gobernar cotidianamente bien, sin caer en la telaraña de una corrupción sistémica en el estado, empezando por el propio entorno presidencial. Deben cortarse bien las uñas.

 

En lugar que sectores de la bancada de Perú Libre hagan amagues de apoyar la moción vacancia, con el pretendido objetivo de presionar al presidente por puestos en el gobierno, deben ocuparse en desbaratar política y jurídicamente los pésimos fundamentos de la vacancia. Sino lo hacen, pronto se darán con la sorpresa que el resultado electoral reciente no fue lo que ellos imaginaron.

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