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lunes, septiembre 26, 2022

Crisis de guerra

Se trata de una regla básica, quizás la principal, en cualquier gestión de crisis: no mentir. Tampoco declarar medias verdades y, menos, negar u ocultar los hechos. Desafortunadamente, esto es lo que ha hecho el presidente Pedro Castillo para justificar sus visitas furtivas e inapropiadas a la casa del pasaje Sarratea, en Breña.

 

Hace más de 100 años, y en medio de la Primera Guerra Mundial, el senador estadounidense Hiram Johnson expresó que “la primera víctima cuando llega la guerra es la verdad”. Unos años después, desde Londres y ya en épocas de la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill declaraba que “en tiempos de guerra, la verdad es tan preciosa que debería ser protegida por un guardaespalda de las mentiras.

 

El presidente Castillo no está en una guerra, pero sí en medio de una crisis, una muy severa, la más crítica en su corto período de gobierno, que puede terminar en guerra. Una guerra que enfrenta al Ejecutivo con una parte del Congreso que, por estos días, busca su vacancia. La guerra ya está declarada y dependerá de lo que haga el Mandatario para, en el mejor de los casos, enfrentarla adecuadamente sin que hayan muertos y heridos civiles. Ganarla será imposible porque Pedro Castillo, y el gobierno en general, carecen de gestión y buenos reflejos. En este campo de batalla, la otra parte no solo tiene respuestas rápidas, sino que cuenta con mejor “logística” militar.

 

¿Qué armas o estrategias de guerra podría exhibir el presidente Castillo para enfrentarla adecuadamente? Propongámosle solo tres.

La principal, sin lugar a dudas, es la más difícil para él: decir la verdad. La mentira agrava la crisis, la enciende hasta niveles poco controlables. Además, desgasta a quien está en medio de ella porque le crea un ambiente de desconfianza total, lo deslegitima ante los otros. No importa lo que diga o haga; cualquier declaración siempre será asumida con duda extrema. Por ello, aceptar el error y corregir siempre será el mejor camino. Optar por el silencio tampoco es recomendable porque el silencio suele expresar culpabilidad o, en el mejor de los casos, falta de decisión y ausencia de compromiso para enfrentar el problema. Además, el silencio siempre será llenado por otros y no necesariamente de manera favorable.

 

La segunda estrategia es más operativa, pero igual de conveniente para esta etapa de la crisis: formar equipo. Esto significa formar un comité de crisis y encerrarlo en el war room, término este prestado de las actividades militares para describir aquel cuarto donde se reúne un grupo reducido de personas para dedicarse, en forma exclusiva, a gestionar la crisis. En este espacio, de manera consensuada y rápida, se toman las principales decisiones en torno a la gestión misma de la crisis: caminos para abordarla, acciones de corto y largo alcance, estrategias de comunicación, así como los voceros y mensajes a comunicar.  Se trata de un comité que debe actuar con prontitud debido a que tenemos a un Presidente con poca capacidad de decisión y respuesta rápida. Basta recordar los 10 largos días que le tomó despedir a su secretario general, Bruno Pacheco, a pesar de que todas las evidencias indicaban que había cometido actos ilícitos en su gestión. Igual ocurrió con otros ministros y funcionarios cuestionados.

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Última estrategia por considerar: prevención. Dado que, al parecer, el gobierno va a ir de crisis en crisis, bien haría en mapear constantemente los escenarios políticos y sociales para elaborar planes de respuestas o de relacionamiento. Citar a los líderes políticos a pocos días de la discusión de vacancia en el Congreso no parece ser una decisión pensada con anterioridad. Cada batalla se gana o se pierde antes de ser empezada, decía Sun Tzu en “El Arte de Guerra”.

 

En conclusión, las crisis se gestionan; no se ignoran o subestiman. Y se gestionan desde la aceptación de los hechos, de las culpas, mostrando arrepentimiento, corrigiendo errores, despidiendo o separando a los culpables o sospechosos. También enviando señales de control de la situación, o control de daños, a través de una comunicación pronta y transparente. Decidir, resolver y comunicar son las máximas en una gestión de crisis. Pero además de comunicación, se requiere liderazgo en la gestión misma.

 

El presidente de la República es la autoridad más importante del país y su conducta no solo impacta en las expectativas y el ánimo nacional, sino también en la gobernabilidad, la democracia y la continuidad del gobierno.

Han pasado muchos años desde la Primera o Segunda Guerra Mundial, pero si algo podemos rescatar de Johnson y Churchill es el concepto de la verdad: un valor potente, tangible, invariable y apreciado que nunca debe perderse.

¿Le interesa al Presidente ponerse la armadura de la verdad y salir victorioso de esta crisis?

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