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jueves, enero 20, 2022

Recuento de los daños

Y haciendo el recuento de los daños -como diría Gloria Trevi-, 2021 no termina tan mal como el 2020, desde donde puedo verlo. En este momento el país tiene al 76% de la población objetivo vacunada; y alrededor del mundo, la apariencia de que el virus se va convirtiendo en lo que todos esperábamos: una gripe, fuerte, pero una gripe al fin.

Sin embargo, creo también que al terminar un año más, deberíamos repensar como se han asumido los liderazgos para combatir la pandemia, no solo en el país, sino en el planeta; podría decir, muy a mi pesar, que hemos fallado como sociedad, como humanos y como científicos. Este preciso momento, cuando una variante más, una de las muchas que ya han aparecido, pone en jaque no solo a los sistemas de salud, sino a la capacidad de respuesta adecuada entre líderes y científicos, demuestra que no hemos aprendido nada, absolutamente nada.

 

Podría justificar la forma en la que actuamos a inicios del 2020, cuando la urgencia por una respuesta rápida nos hizo asumir medidas que no sabíamos si tendrían el impacto correcto, como las medievales cuarentenas que aceptamos ante el pánico. Simplemente no teníamos información sobre su efecto a gran escala; tal vez podrían disminuir el contagio, pero no sabíamos cómo afectaría otros ámbitos de nuestra sociedad a largo plazo.

 

Este año comenzó con optimismo al iniciarse la vacunación en los países de alto ingreso a fines del 2020. Sin embargo, la aparición de Delta, con un porcentaje sumamente reducido de población vacunada, causó muchas olas en Europa y en países de mediano ingreso como India, en donde arrasó con todo, no dio tregua y se llevó a muchos.

 

En nuestro país, la primera y segunda ola se ha llevado a casi 200 mil peruanos, y poco o nada hemos hecho para entender el por qué y saber cómo enfrentarlo en el futuro. Hemos hablado hasta el cansancio del desastroso sistema de salud que tenemos, del neoliberalismo económico que provocó su estado, de nuestros conflictos internos, sociales y económicos. Hemos hablado, discutido y peleado; pero al final del camino, no hemos hecho absolutamente nada: cuatro presidentes, innumerables ministros, vacancias, golpes de estado, escándalos vergonzosos ( #vacunagate), elecciones, pugnas económicas… Hemos vivido en dos años lo que podríamos haber vivido en diez, y aun así no hemos conseguido nada.

 

Podríamos decir que en la parte tecnológica hemos tenido logros importantes pero fríos: por ejemplo, tenemos actualmente un gran sistema de colección de data genómica y un despliegue fenomenal de vigilancia genómica en algunos países, principalmente los de mayor ingreso; aunque desigualmente distribuidos, ambos son un gran avance; hemos creado y aplicado más de cinco tipos de vacunas eficaces y efectivas, todas en menos de un año; hemos logrado tener medicamentos que combatan la  infección también muy rápidamente. Estos tres logros son algo que no se puede negar, y deben ser celebrados y agradecidos como corresponde; pero la irrelevancia pública de sus consecuencias nos vuelve a demostrar que los humanos podemos ser gigantes para descubrir nuevas tecnologías, inspiradas en el mejoramiento de la calidad de vida, pero pésimos en elegir a los que dirigirán su uso.

 

Debo mencionar aquí algunas de las cosas que nos han expuesto colectivamente como parte de una parodia, de una grotesca comedia: la falta de empatía con el más vulnerable, el egoísmo, el pánico, el acaparamiento, la falta de liderazgo humano. Podría mencionar muchas más, pero creo que sería insulso. Al parecer no aprendemos de crisis anteriores, como la del VIH: actuamos con inequidad en el reparto de las vacunas, implementamos prohibiciones de viaje, autorizamos cortes de abastecimientos sin sentido, permitimos acciones nacionalistas antes que multilaterales, o un despliegue de tecnología restringido por los intereses económicos.

¿Hemos quedado a merced de nuestros malos gobernantes y de los intereses económicos de las grandes trasnacionales, y solo podemos esperar un apocalipsis, una tormenta de fuego y hielo? Creo que ya lo tenemos aquí: una sociedad que es capaz de crear maravillas, pero incapaz de alimentar a su prójimo hambriento, es una sociedad condenada al fracaso.

 

Aún con este balance terriblemente oscuro y poco amigable, creo aun que podemos hacer más: aunque muramos en el intento podemos dejar a nuestros hijos no un mejor planeta tal vez, pero si una mejor sociedad. Eso lo creo posible, y renuevo ese espíritu de esperanza que suelo tener, pero claro, como yo misma, muchos más debemos poner manos a la obra y dejar de esperar que alguien más haga lo que debimos hacer nosotros. Debemos tomar el destino en nuestras manos y sentirnos orgullosos por lo menos de haberlo intentado, para no tener que decirle a nuestros hijos que fracasamos antes de perder la batalla.

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