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jueves, febrero 22, 2024

CACHAQUITO: GRINGAS SÍ, YANQUIS NO

MARIO GUEVARA, ESCRITOR CUSQUEÑO

La pandemia para unos fue un infierno y para otros un tiempo muy productivo. Hijo de esa concentración o encierro obligatorio fue recreado un estudiante secundario de nuestra generación, el relato es parte de un nuevo libro: Gringas sí, yanquis no de Mario Guevara. El Cachaquito Minaya nos recuerda el aroma de la marihuana o las narices blancas, que a veces eran de cocaína o el polvo de las muy famosas pastillas: mejor mejora mejoral.

Los estudiantes de La Salle o Salesianos, y los militarizados colegios Garcilaso y Ciencias, sentíamos envidia por los pelucones e informales alumnos del Colegio José Gabriel Cosío que se burlaban de nuestros uniformes y caminaban con sus pantalones bota ancha, sacos o casacas de cuero y daban vueltas interminables en la Plaza de Armas.

El Cachaquito Minaya, tiene la edad de mi primo Fernando y probablemente era parte de la collera o sociedad, como se denominaban por entonces los grupos de amigos. Para empezar, mi querido familiar, al igual que Guevara y Minaya, cantaba media docena de himnos colegiales, un prolongado popurrí que recogía las notas de todos los centros educativos por las que atravesó en su atribulada vida como escolar: aprobando, reprobando, faltando y, finalmente, como expulsado e infatigable repitente. Lo cantaba con orgullo y cachita, como quien dice: a la mierda con ustedes monses, no saben lo que es ser un foraja.

Encontrarse en la Plaza Mayor para la patota era una fiesta muy celebrada con ron barato, cuyas chatas y cigarrillos se compraban en la tienda de los Barrionuevo. Cada vuelta contando chistes y jodiendo a las chicas que también circulaban mascando dulces o haciendo antojar los chocolatillos con relleno. De pronto, para marcar la diferencia y examinar nuestra sagacidad para la aventura y los vicios, el chato Fernando ofrecía: gordo, tengo marimba colombiana, por Dios me lo han enviado unos contactos, no es del macetero que tengo en la casa, anímate, es de primera. ¡Todo gratis!

Borracho sí; fumón, para nada, era la única defensa que esgrimíamos frente a las tentaciones de los malogrados; preferíamos subir a San Blas y hacer música en el malecón, conciertos de rock, baladas, cumbias y finalmente los waynos de remate. En cambio, los fines de semana, luego de los partidos de futbol en Saqsaywaman y la clásica chicha en las picanterías del barrio, iniciábamos el peregrinaje con las serenatas en las puertas y ventanas de nuestros amores platónicos.

Por esos años, empezó también nuestra curiosidad por la política y la revolución, a la que concentramos todo nuestros esfuerzos. Era más emocionante y aventurado trompearse con los policías o subirse al viejo rochabús en las marchas de protesta contra la dictadura militar.

Sin embargo, cada miércoles en que cambiaba la cartelera en los cines, salíamos escapando del colegio en el turno de la tarde para estrenar las películas y asistir a tres funciones distintas ese día. A esas citas el Chato Fernando era puntual, y aportaba dinero para los que no tenían o no les alcanzaba con sus propinas. Mario Guevara ya estaba en primera fila, puntual y con cigarro en la boca como todo un cinéfilo consumado.

Al igual que el autor del cuento, que no tiene certeza cuándo y dónde murió el Cachaquito Minaya -tal vez en las ligas mayores del narcotráfico y sus disputas entre mexicanos y colochos- un día estando muy lejos del país, sentado en el coche del metro, escuché una canción del grupo Abba titulada Fernando; la intuición y el pensamiento, como un rayo, me trasladaron hasta mi querido primo, compañero de adolescencia y juventud, me salieron unas lágrimas automáticamente de recuerdo y nostalgia por el terruño y la familia; años más tarde, al regreso por estos lares, me ratificaron su partida luego de una maldita enfermedad.

Bien que Mario Guevara retrate a sus amigos y compañeros, a muchos de sus personajes los conozco y hasta brindamos con unas chelas tras acabar con el encierro y el miedo a la pandemia. Hasta el título del libro de Gringas sí, yanquis no, recoge en cierta forma el espíritu y los humores de esos tiempos.

 

 

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