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sábado, mayo 18, 2024

Estereotipos de representación política y social

Por David Montoya

En medio de una crisis social y política generalizada en el país, algunas propuestas que se presentan intentan buscar salidas, en lo inmediato, al nudo político de la crisis de representación en el que se encuentra el país por las no decisiones del Ejecutivo y el Legislativo.

Total, como dice Joan Subirats respeto de la política y las políticas, estas son un cúmulo o serie de decisiones: “Decidir que existe un problema. Decidir qué se debe intentar resolver. Decidir la mejor manera de proceder. Decidir legislar sobre el tema, etc.”.

Por lo tanto, no decidir, también es una decisión política, que parece es la que prevalece en el choque de poderes del Estado, y que mantiene el statu quo conveniente para ambos. Pareciera que hay un comportamiento ajedrecístico de declararse “tablas”. Hay una inacción por sobrevivencia de mantenerse en el cargo durante todo el mandato, o hasta donde puedan.

Ante esta situación las propuestas de salidas a la crisis que se presentan para el corto plazo, son soluciones desde arriba, desde los partidos y desde la institucionalidad existente. Buscando provocar cambios que afiancen una suerte de primarias por bloques de derecha, izquierda o centro y desde allí establecer candidaturas presidenciales y congresales. Lo que implicaría cambios normativos que debe producir el parlamento, también para elegir congresistas.

Estas apuestas buscan superar la crisis y establecer un cierto orden o salida, pero no alcanzan a tratar el problema de fondo, la de una representación política y social en crisis, donde existe un disloque en tomar decisiones, convenir que esas decisiones son las que corresponden, y asentir o dar la anuencia de esas decisiones. El ciudadano mediante el voto obligatorio que emite en cada elección, hace suponer que éste otorga, un mandato formal de que determinadas personas hablen en nombre de él, lo representen en su interés público o demanda, y al final el electo hace casi lo que se le ocurre a su buen o mal entender. Hace todo, menos el bien común.

Cada cinco o cuatro años repetimos esta letanía de que hacemos como que elegimos personas que nos representan, pero al poco tiempo aparece la desafección, porque lo que prevalece es el interes subalterno del representante, pero no del representado. Pero, qué clase de representación es esa donde el representado es obligado a entregar esa potestad a un abanico de candidatos y que, en lo legal, pero no en lo real, hace a los políticos representativos de sus ciudadanos y de su sociedad.

Este es un primer estereotipo de la representación política. El sistema democrático y político, su institucionalidad nos indica que los electos como autoridades representan el interés los ciudadanos que votamos por ellos, aunque ese ejercicio crezca en desafección, como en la última elección presidencial o en los resultados próximos del 2 de octubre.

Otro estereotipo es que los electos creen tener el halo divino y permanente de la representación por el voto obligatorio que se emitió en un momento y creen que ese acto electoral los enviste para conocer el bien común o el interés público durante el período de su mandato. Claro, sin hacer el mínimo esfuerzo para ubicar al cambiante interés ciudadano.

Estos estereotipos de representación se afectan aún más, ante la inexistencia de vida partidaria más allá de las coyunturas electorales de las franquicias privadas electorales, que buscan sólo tener la mayor cantidad de elegidos; pero también de una crisis colectiva (del nosotros), frente a una afirmación cultural transversal del individualismo y la desconfianza, donde nadie se representa mejor, que uno mismo.

Desde lo social, existen importantes espacios colectivos que levantan sus agendas, mediante el activismo social. Labor importante, pero que suele agotarse entre sus miembros y no logra erigirse como ejes convocantes o movilizadores nacionales, porque frente a estas pocas agendas colectivas, se superponen otra agenda o la agenda de cada individuo.

Buscar salidas a la crisis profunda de representación política y social debe empezar por hacernos preguntas, como, por ejemplo: ¿A que aspira este grueso colectivo de individualidades, uno a uno, para ellos y para su país?  ¿A que aspira ese grueso poblacional entre los 25 y 35 años que es la mayoría del país y nacieron con la etapa Fujimori y el retorno a la democracia? ¿Cuánto el modelo económico y el mercado, con más de 30 años y las nuevas tecnologías han creado una matriz cultural en la sociedad que afecta la capacidad de organizarse y uno de sus efectos es la crisis de representación política y social?

Mirando nuestro espejo chileno, hace una década Kathya Araujo y Danilo Martuccelli a partir de una investigación sobre sociología de lo individual y la individuación en Chile, tomando como marco los 40 años de neoliberalismo implantado desde Pinochet, establecieron aproximaciones en el sentido de que el modelo de desarrollo neoliberal chileno, que algunos calificaron de revolución, supone un paradigma cultural con profundos procesos de individuación. El consumo como pauta de integración social, la erosión de las identidades de clase, la pérdida de confianza en las instituciones, el impacto de las nuevas tecnologías de la información y la presencia de los medios de masas, darían cuenta de una sociedad en la cual sus individuos buscan nuevas referencias para constituirse en sujetos. Para Araujo y Martuccelli, en Chile, junto a los cambios materiales que se han consolidado en la estructura económica, se ha impuesto una lógica cultural que afecta la constitución de la propia subjetividad de los chilenos.

En el Perú, no tengo referencia sobre trabajos parecidos que relacionen el impacto del modelo económico en los procesos de individuación. Si existen estudios sobre el neoliberalismo, desde diferentes aproximaciones. Jorge Luis Juárez en la Revista de Sociología (2014) de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos presenta dos visiones del neoliberalismo desde la perspectiva legitimadora y otro desde una perspectiva crítica.

El primero expone trabajos de Rolando Arellano, Alfredo Torres y Jaime de Althaus quienes a favor del modelo hablan de un país más integrado por la iniciativa privada, los migrantes y su espíritu emprendedor; así como manejo técnico y no ideológico de la economía. En ese escenario, profundizar este proceso está en función de resolver los nudos de la arena política.

Desde la perspectiva crítica al neoliberalismo, Juárez presenta lo trabajos de Francisco Durand, Alberto Adrianzén y Nicolás Lynch donde muestran un país fragmentado por las políticas neoliberales, y donde los políticos y técnicos extrapolan el carácter técnico de esas políticas, sin debate público, ocultando la dimensión ideológica de dichas políticas. Planteando replantear la estructura de poder generada por el neoliberalismo a partir de que los movimientos sociales se articulen alrededor de un programa político reformista.

Tanto para la perspectiva crítica, de articular lo colectivo detrás de un programa político reformista; como para la perspectiva legitimadora del modelo, que busca resolver los nudos de lo político para profundizar el neoliberalismo; se debe resolver la tarea pendiente de la crisis de representación político y social. Sin ello no hay posibilidades de resolver la desafección por lo político, lo público, ni imaginar movilización, incidencia, costo de oportunidad cívico, y búsqueda y defensa del bien público.

Tenemos preguntas referidas a la representación política, por responder, pero es claro que desde la perspectiva legitimadora del modelo se acercan al conocimiento del consumidor, y desde allí fijan aspiraciones, el mestizaje y la búsqueda de realización. Desde allí establecen un perfil del ciudadano. Quizá desde este lado haya más supuestos avanzados como el que desde el 2004 hasta el 2020, 40% de peruanos salieron de la pobreza e ingresaron al mercado. Estos se ubicarían en los sectores C y D, y sería la población más numerosa donde ya no se constituye una pirámide social, sino un rombo. Esta perspectiva entiende que la sociedad no está clasificada por su dinero, sino por lo que parece que poseen, hecho que los lleva a ubicar el perfil del consumidor-ciudadano a partir de sus estilos de vida, matizando incluso lo que entiende por clase media.

Sin embargo, esta clasificación y perfiles que se elaboran no alcanzan a determinar procesos de individuación o movilización social en una perspectiva de avanzar en reconstruir una representación política y social, si eso es posible, todavía en tiempos, donde se privilegia la difusión de mensajes mediante las redes sociales, y se cree que eso es dar cuenta a sus representados de la labor política o las decisiones que se toman.

Asimismo, la perspectiva de que el mercado y el consumidor son los agentes principales del cambio, no sólo económico, sino también de lo político traslada los instrumentos del mercadeo y el marketing empresarial a la acción pública, donde lo que interesa es ver resultados, vendiendo productos llamados perfiles personales y carismas. Posicionando el producto para que voten por él. En esta lógica importa, sobre todo personajes conocidos y marketeros, antes que argumentos y propuestas sólidas de gobernanza. Por eso tampoco se necesitan militantes sino portátiles que aticen las estrategias marketeras, porque tampoco se necesita construir entes colectivos.

En la búsqueda de respuestas para abordar la crisis de representación, quizá las miradas legitimadoras o críticas al modelo económico, podrían virar a mirar que se entiende hoy día como idea de progreso está jugando en la idea de progreso en las personas que son hijos del modelo instaurado en los 90 y que tienen entre 25 y 35 años según el INEI y es la población mayoritaria del país.

Tratar de entender los caminos o aspiraciones para alcanzar ese progreso dentro de un proceso de individuación, tiene que ser, seguramente, distinto a la idea de progreso que los jóvenes de fines del 70 e inicios de los 80 manejábamos. Por tanto, las apuestas personales, sociales, colectivas o individuales hoy en día, deben, distar de aquellas, porque antes para hacer vida social y política había que buscar, encontrar, entablar relaciones y tener costos de oportunidad para construir organizaciones políticas y sociales. Hoy, con casi toda la información a disposición en la palma de la mano, la representación política y social acrecienta su crisis.

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