El fujimorismo la formó favor
El fujimorismo es creación de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. El fujimorismo nació frío en la acción, tuvo el engaño como política, el autoritarismo como autoridad, la manipulación populista como gobierno. Por eso proyecta una imagen contraria a la que afirma el historiador Alfonso Quiroz en “La Historia de la corrupción en el Perú”, para quien los 10 años autoritarios se sostuvieron por las amplias y profundas redes de corrupción. El país era un botín.
Fujimori llega a palacio en 1990, cuando Keiko tenía 15 años. Allí observó la política. Comprobó cómo crear atajos para hacerse del poder, comprar opositores y cortarle la cabeza al íntegro. Allí fue hija, primera dama, y “sobrina” del tío Vladi. Validó un régimen que tuvo el egoísmo como bandera, la persona como programa, el partido como poder y vanidad. Por eso el logo de Fuerza Popular es K. El personalismo hecho política. Y obtuvo más de 600 votos el 2006 como congresista, porque el fujimorismo necesitaba reivindicar al patriarca detenido en Chile.
Fujimori y su siamés Montesinos sometieron a quienes aceptaban firmar actas de sujeción. A los fuertes los dominaban con la fuerza del poder y así forjar alianzas de intereses mercantilistas. Fue un régimen percibido como recio y autoritario, pero humilde y servicial. Lo primero para imponerse y lo segundo para venderse. Keiko se aupó sobre ese modelo, pero no lo creó. Fue una testigo privilegiada, que aprendió trucos y mañanas, pero no la capacidad de gestión. Porque no gobernó ni realizó gestión pública. Fue decoración política como primera dama.
No se hereda capacidades
Por ello, heredar una imagen política no implica tener las capacidades que posibilitaron su construcción. Ella sabe los mecanismos para disputar el poder, pero no los necesarios para construir un proyecto político. En estos 100 días Keiko es una copia limitada del populismo autoritario del padre. No logra construir una identidad política que trascienda su herencia. Es líder sostenida en la lealtad basada en intereses y en la disciplina partidaria. Por ello, en su partido hay más incondicionales, que personal crítico y propositivo. De allí su crisis de gestión.
Por eso a 100 días del gobierno, ella no puede representar ese fujimorismo eficiente que proyectó. Ni el espectáculo populista del padre. Por el fenómeno del Niño dijo que ya se había hecho todo, dejándonos en el abandono. Su padre hubiera rescatado a alguien tomándose fotos. Ambición de poder tiene, pero es epidérmica, y lo usa desde “arriba”, apoyada en grandes fortunas y sonriéndole a los de abajo. Como no necesitó construir desde abajo su partido, no sabe cómo populistamente vincularse con las bases.
Además, su espíritu de samurái, es para destruir enemigos no para construir un proyecto. Y su ego arrollador hace creer al entorno que ella es la indicada. El problema es la ejecución, donde el contraste la hace inviable. Keiko representa la continuidad de un padre que encarnó populistamente el deseo conservador autoritario de las oligarquías explotadoras. Y por tanto busca íconos similares para colgarse y mimetizarse, como Bukele.
Espectáculo y no arte
Y es frívola porque nació políticamente desde la cima del poder. Ella supone que el poder y la dominación le son propias. Y eso la asimila a un guerrero samurai, apto para la guerra, para confrontar al enemigo. No para el análisis, como un shogun que lucha por el poder para gobernar como fue más el caso de su padre. Por eso abraza el neoliberalismo salvaje, ramplón, expresado en el Escudo de las América. El socialismo le es ajena, porque es arte y hondura humana.
Keiko no es artista, es espectáculo. Busca la escena pública como distracción. Por eso, sin ideología ni hondura, su política tiene mirada corta. Da un show de samurái en sus peleas como con su hermano. No es estratega. Eso explica que Keiko no esté rehaciendo el fujimorismo, sino desacreditándolo. Por intentar hacer, consciente o inconscientemente, una copia superficial de su padre, produce un gobierno mediocre. Y si bien, como su padre, compra medios de comunicación para evitar se note las mediocridades, hoy muchos medios no se venden.
Fujimorismo sin proyecto
Su visita a El Salvador fue para dotarse de un proyecto e imagen de la Bukele eficiente y poderosa. Aún no asimila la política democrática del reconocimiento de diferencias y búsqueda de soluciones compartidas. Por eso obtiene 100 días de soledad y crisis. Pasa de un triunfo electoral ajustado a una gestión empobrecida, sin consensos ni resultados, y con un desplome de su popularidad del 60% al 30%.
Por la herencia política de su padre, que representó bien el espíritu autoritario, conservador, mercantilista supérstite de la colonia, llegó al poder. Pero como no tiene capacidad de gestión, basa su eficiencia en su imagen ligera. Cree que un gesto de impacto supone una buena gestión. Es la corriente egocéntrica de tiempos ególatras y vanidosos como el de Trump. Y un fujimorismo sin proyecto puede entrar en mayores crisis, y, por tanto, en la tentación autoritaria. Es tiempo de un giro democrático y concertador. Muy difícil pero no imposible.