Por Claudia Arévalo
Falta una semana para las elecciones en el Perú, y considero importante mencionar algunos cambios que pienso debe producirse en nuestro sistema de salud desde la instalación del nuevo gobierno, y que nosotros como comunidad deberíamos respaldar para que no sean temporales, sino que sirvan para sentar las bases de un futuro diferente.
Después de 30 años de políticas mercantilistas que priorizaron el crecimiento económico sobre el desarrollo de la comunidad, en los que se ensalzó el denominado ‘chorreo’ económico, las “grandes obras de infraestructura” y se antepuso el interés de los grandes poderes, empresas corruptas y monopolios al bien común, ha llegado el momento del cambio.
Revisemos: el estado de nuestros centros de salud, postas y hospitales no es distinto al de hace 30 años: carencia de material, personal cansado y mal remunerado y sobrecargado de trabajo, que a veces causa falta de empatía con la población; eso no es una novedad para los que trabajamos cerca al sistema, y sabemos que esos factores influyen en la manera que la comunidad mira el sistema y si confía o no confía en él.
Además, soy a la vez una profesional que trabaja en la salud pública y una ciudadana que se atiende hace muchos años en el sistema público, y no es novedad para mí -creo que para ninguno- que este deterioro iba a llegar al limite en esta emergencia y que muchos de sus programas, como la vigilancia epidemiológica de enfermedades infecciosas, programas de lucha contra el SIDA, la lucha contra la anemia, tuberculosis o el bienestar materno-infantil, iban a ser afectados de una manera peligrosa.
Seamos claros: a pesar de que por años se ha tratado de fortalecer la atención primaria en salud a través de programas como el MAIS y el PROFAM que, en base a una combinación de programas educativos e incentivos al personal, pretendían impulsar la prevención, una de las necesidades más grandes en el sistema, esos esfuerzos han sido insuficientes no solo por la falta de voluntad gubernamental, sino por el colapso creciente del sector, y la poca evaluación de la realidad social. Esto ha provocado que los objetivos programáticos no se alcancen.
Todas las fallas enumeradas nos están pasando factura y como siempre las víctimas principales son los menos favorecidos. Por ejemplo, si antes se hacía cola por horas a la intemperie para conseguir una cita en un hospital público, algunas veces desde la madrugada, o se debía pagar por copias de historias clínicas, cuando a veces los pacientes no tenían ni para el pasaje, ahora esas mismas personas hacen colas por un balón de oxígeno que no podrán pagar o son quienes buscan una cama UCI a la que no accederán por falta de dinero; son esas personas las que empeñan la casa o acaban con sus ahorros para salvar la vida de sus padres, hermanos o hijos, o en el peor de los casos, son ellas las que mueren en las colas de espera.
Sabemos que no podemos seguir así; los profesionales de la salud pública no podemos permitir que el sistema de salud continúe por este camino. Si las proyecciones son precisas, esta es solo la primera pandemia que afrontaremos; otras vendrán y debemos estar seguros de que podremos salvar vidas, que la gente no morirá, que nuestros estudios y esfuerzos significarán algo para la vida de las personas y no serán solamente páginas de producción científica; si logramos estas metas, seremos artífices de un cambio verdadero y estructural.
Si queremos lograrlas debemos apostar por la implementación de un servicio de salud universal que priorice a la gente, con un sistema de recolección de datos que sea eficiente, interconectado y de libre acceso, para que pueda ayudar a la investigación y a la vigilancia epidemiológica, y que integre todos los sistemas de información del Estado para que en momentos de emergencia como el que estamos viviendo, la respuesta sea rápida y se pueda focalizar en las poblaciones de riesgo para protegerlas y atenderlas.
Estamos en un punto de quiebre y debemos aprovechar la ola de cambio global; todos los organismos internacionales, como CEPAL o el FMI, están proponiendo medidas que, aunque algunos puedan tildarlas de populistas, son las únicas que podrán sacarnos del desastre de salud en el que nosotros mismos nos hemos metido y que la pandemia ha venido a develar tan eficientemente. Es por eso por lo que debemos implementar un sistema de salud universal, luchar porque las vacunas sean un bien público y de acceso generalizado y priorizar la vida y no la economía, porque, aunque parezca idealista o romántico, la gente muerta no produce y si no se produce no hay economía.
El nuevo gobierno tiene entonces como primera responsabilidad, junto con el ataque a la pandemia, la restructuración del sistema de salud y cooperar con la creación de un nuevo paradigma para la salud global. Confío sinceramente que nuestro camino en este año junto a la enfermedad traiga cosas buenas no solo para el desarrollo científico, sino para la justicia social que tanta falta nos hace.