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martes, septiembre 21, 2021

Vargas Llosa y la llamada de su tribu

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De los más recientes libros de Mario Vargas Llosa, quizás el más valioso sea La Llamada de la Tribu, conjunto de ensayos en los que el escritor peruano brinda su propia visión sobre el liberalismo al que se ha adscrito desde la década de 1980 en forma nítida, así como sus impresiones en torno a los pensadores que lo guiaron en su paso luego de la decepción generada por el curso que siguió la Revolución Cubana. Smith, Ortega y Gasset, Hayek, Popper, Aron, Berlin y Revel son presentados en juicios en los que el Nobel de Literatura, sin dejar de expresar su admiración, también señala críticas pertinentes a varias de sus actuaciones públicas o de sus ideas.

 

Cuando revisé este texto tras su aparición hace tres años, me llamó la atención que no aparecieran otras figuras que han caracterizado el pensamiento liberal y que, además, han tenido una preocupación genuina por la democracia y los derechos humanos, por los que Vargas Llosa bregó durante varias décadas de su carrera. En particular, resaltó la ausencia de John Rawls y Amartya Sen. Y no terminaba de entender las razones de dichas omisiones.

 

Pero quizás hoy sea más nítida la razón de esa ausencia. Como varios de sus campeones intelectuales – salvo las excepciones de Smith y Berlín -, Vargas Llosa ha devenido de liberal en conservador. Algo que ya se atisbaba en su ensayo La Civilización del Espectáculo, en el que cuestiona las expresiones más frívolas del mundo occidental, sin preguntarse en cuanto el mercado puede haber generado una degradación de los estándares informativos – por ejemplo, MVLL no se cuestiona la crisis del modelo de negocio de los medios y como la misma ha generado un fenómeno como las fake news – o cómo el Estado podría contribuir a aquellas soluciones de compromiso – como una hora obligatoria de debate político en la televisión, que no es más que una concesión de un bien estatal – de las que él hacía gala que un liberalismo no dogmático podría abrazar.

 

Uno podría entender que el otrora incendiario derive en bombero o en conservador generador de diatribas frente a una sociedad que no entiende. Incluso uno podría comprender que las naturales alergias a satrapías como la cubana, la venezolana y la nicaragüense – que este columnista comparte – llevaran a una natural desconfianza hacia un candidato como Pedro Castillo.

 

Lo que parecía incomprensible es como una persona meridianamente informada como el más insigne de nuestros novelistas termina comprando la narrativa falsa del fraude montada por la señora Fujimori y sus seguidores. A menos que recordemos un rasgo natural de nuestro escritor: el dogmatismo político. De hecho, una exploración serena sobre su aventura electoral de 1990 nos lleva a señalar que una visión política en la que primaba la convicción que buena parte del país se había convertido en liberal era, como el título de un buen texto sobre aquella campaña, una gran ingenuidad. Y eso es lo que ha pasado con nuestro Nobel, quien por segunda vez en 35 años ve que los peruanos no deciden seguirlo en el camino recomendado.

 

Como los predicadores abandonados, Vargas Llosa cree que el problema está en la grey, en factores externos – como un presidente que ha sobrevivido a las justas a los petardos del Congreso que lo eligió – o en un fantasma de fraude inexistente. Tal vez, para no aceptar que la prédica no prendió. O que, simplemente, la oferta que nos brindó era, sin duda alguna, intragable para la mitad más uno de los peruanos. Tal vez, haya llegado el momento en el que, mirando desde Madrid la avenida Tacna sin amor, Zavalita entienda que el Perú, más que jodido, ha cambiado. Y que tal vez haya dejado de entenderlo.  Es hora que mire menos a su tribu y más al país que hoy dista de reconocer.

4 Comentarios

  1. Entonces, el señor novel busca algo para alguien. Tal vez quiera posesionar politicamente al herederero que sale siempre junto a él, o no?

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