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martes, diciembre 7, 2021

En 1983 cursaba el primero de secundaria en el Cusco. La computación e informática empezaron a introducirse en el quehacer educativo y social de la antigua capital del Tawantinsuyo; lo más accesible a ese mundo nuevo fue el Instituto Khipu, institución educativa pionera en esos temas, rara avis en ese tiempo. Treinta y ocho años después, me encuentro con “Quipus. Mil años de historia anudada en los Andes y su futuro digital”, un breve, pero erudito y profundo, libro escrito por Manuel Medrano, joven matemático estadounidense de origen mexicano, quien afirma que “la ética matemática inca en la que estaba integrada el quipu —caracterizada por la comparación horizontal y la agregación vertical— anticipaba, de modo conmovedor, las operaciones informáticas” o métodos en el marco del macroanálisis, tales como la “visualización bi y tridimensional, inteligencia artificial y traducción global”, partiendo de la consideración de estos sofisticados artefactos (los khipus) como “macrodatos” (pp. 139, 129, 126). Su lectura ha sido para mí como si el puente Q’eswachaka hubiese adquirido de pronto características de futuro; recordé, cuando mi profesor y amigo, Felipe Zegarra Russo, hablando sobre José María Arguedas, repitió una frase que sigue instruyendo mis pasos: solo se construye sobre lo que resiste.

 

En una entrevista para la BBC, Medrano afirma que “Estamos ante una de las tecnologías más sofisticadas y complejas de la historia de la humanidad que tuvo su momento álgido en los Andes”, que nos dice que “el Perú o el mundo andino es un lugar de ‘genuinidad histórica’ y de una complejidad tan profunda que con toda la tecnología que contamos no hemos logrado completar el desciframiento”[1]. Es comprensible, pues “Antonio Molina Muntó concluyó en 1975 que cada cordel podía reflejar 1.65 millones de combinaciones distintas […] Una vez confeccionado —según el investigador soviético Vladimir A. Kuzmichev—, un quipu con tres cordeles colgantes habría podido exhibir más de 365 mil millones de configuraciones” (p. 31). Nuestros antepasados desarrollaron estos artefactos y el sistema que les dio sustento de manera realmente admirable; sin embargo, pese a aquella grandeza, el no haber logrado descifrar plenamente los khipus genera que la historia andina, incluyendo la de la conquista española (que dio lugar a un proceso de colonización o colisión alfabética, según nos recuerda Medrano), siga leyéndose a partir de las palabras de los conquistadores, por lo que leer dicha historia a partir de los khipus, en tanto fuentes primarias de los Andes, constituye una tarea, sin lugar a dudas, indispensable y aún pendiente.

 

El autor compara los khipus con una hermosa, amplia y plural biblioteca, rigurosamente organizada y señalizada en la que el lector ha conseguido un empleo. Sin embargo, dicha biblioteca —poco antes de que inicie sus labores— sufrió el ataque de un ladrón (la invasión española) que desordenó esa biblioteca, desperdigando los miles de libros y destruyéndolos total o parcialmente. La tarea que le toca realizar es la de ordenar esa biblioteca, la que contenía libros en muchos idiomas ignorados y cuya organización no comprendemos. Ese sería el símil de las tareas de quienes investigan el universo khipu.

 

Medrano, nieto de migrantes semi analfabetos, informa con plena transparencia que su motivación para estudiar los khipus “deriva principalmente de romper las asociaciones persistentes de los Andes prehispánicos con el analfabetismo” (pp. 109-110), marco ideológico que “ha dado lugar a la percepción de que las sociedades andinas prehispánicas lograron todo lo que hicieron ‘a pesar de’ carecer de una escritura, una especie de triunfo contra todo pronóstico” (p. 111). Hasta hoy, cierta gente cargada de esos prejuicios ideológicos sigue alucinando que las maravillas que nuestros antepasados inkas y preinkas nos legaron no pudieron ser edificadas por ellos, en base a sus capacidades y tecnología, y recurren a explicaciones metafísicas y hasta fantasiosas como aquella de la colaboración de extraterrestres.

 

El libro consolida la información con que se cuenta en relación con lo que Medrano denomina como “milenio quipu”, el periodo que va de los años 950 a 1950, en los que está fuera de dudas el uso del khipu, aunque “es necesario mantenerse siempre atento a las particularidades de sus cuerdas cambiantes y del orden político que los rodea” (p. 60). Nos dice que hablar de este milenio “Es hacer referencia a crónicas y retratos del pasado andino, plasmado en nudos. Poder interpretarlos significaría la revelación de una historia del mundo andino prehispánico contada por ese propio mundo; acceder, finalmente, a ‘lo no leído’ andino” (pp. 144-145). En el siguiente gráfico trato de mostrar la temporalidad de ese universo khipu.

Como lego en estos temas, debo señalar que he quedado gratamente sorprendido al haber leído que los khipus siguieron utilizándose incluso hasta mediados del siglo XX, y que aun hoy en la comunidad de Tupicocha seguirían elaborándose estos artefactos. ¡Qué incomprensible que sigamos siendo una nación enajenada respecto a esa poderosa identidad!

 

La complejidad de los khipus tiene tal alcance que podría quebrar incluso la bidimensionalidad de la escritura occidental. Aunque todavía no se ha podido explorar mucho en los denominados khipus no numéricos, lo cierto es que en los khipus numéricos (que son la mayoría de sobrevivientes), esta bidimensionalidad se vería superada. Así, por ejemplo, “los quipus incaicos y de estilo inca conforman un sistema simbólico tridimensional que mezcla nuestras concepciones del habla, la escritura y las matemáticas”, por lo que resulta pertinente preguntarse “hasta qué punto la educación occidental, sea cual sea su definición, valora la minimización de la cantidad de sentidos fisiológicos que usamos en cualquier momento” (p. 57). El matemático nos dice que “Hoy por hoy, se sabe que los quipucamayos, los guardianes de los quipus, los habrían leído en voz alta cuando pasaban sus manos sobre los cordeles, ayudados por las relaciones espaciales y táctiles que tenían con sus vecinos, pero no queda claro exactamente cómo lo hacían” (p. 31). Es decir, se trataba de artefactos para la conservación, sistematización y difusión de información que se elaboraban, reproducían y transmitían hasta en tres dimensiones, incluyendo la táctil.

 

Según se ha podido documentar, ya en el siglo XVII, los invasores habrían arreciado su afán destructor de los khipus, especialmente los de contenido histórico y religioso, toda vez que como consecuencia de las disposiciones del Tercer Concilio Limense se buscó incinerarlos (p. 84). No obstante, y quizá paradójicamente, la iglesia se valió de estos artefactos para promover la evangelización de los habitantes de estas tierras; así, Medrano destaca la utilización de los khipus eclesiásticos con fines subversivos, pues se habrían estandarizado ciertos khipus utilitarios como ayuda a las personas que debían cumplir con la confesión católica, señalando qué confesar y qué no. Esto habría generado horror en ciertos miembros eclesiásticos.

 

Medrano tiene optimismo en el desciframiento futuro de los khipus, pese al número reducido de artefactos sobrevivientes, a la enorme dispersión de estos ejemplares y a los avances modestos que se han logrado, pese al transcurso del tiempo. Él mismo señala que encontró una insólita coincidencia, la “correspondencia numérica casi perfecta entre las sumas de las dos formas de nudo y las dos parcialidades hipotéticas formadas por los ayllus” de San Pedro de Corongo, lo que califica como su particular “momento Rosetta” (pp. 21, 20). Y prevé que la digitalización de los khipus y la transcripción y traducción de archivos españoles a idiomas distintos al español y al inglés será fundamental para lograr el desciframiento pleno a futuro. Esta traducción, pienso, debería darse también a idiomas como el kechua y el aymara, pues eso ayudaría a su contextualización idiomática también, que creo sumamente relevante.

 

Por último, la complejidad y amplitud de la información que podía procesarse y difundirse a través de los khipus muestra, en esta área también, un desarrollo científico de primer nivel en los Andes prehispánicos que debe añadirse a otros campos más conocidos. El mismo Medrano cita al misionero jesuita José de Acosta, quien escribió que “es increíble lo que en [los quipus] alcanzaron, porque cuanto los libros pueden decir de historias y leyes y ceremonias y cuentas de negocios todo eso suplen los quipos tan puntualmente que admira” (p. 74).

 

Todo esto es motivo de orgullo, por supuesto, pero debe constituirse en el acicate que, como nación, requerimos para seguir explorando sus (nuestros) códigos y retomar esa senda genuina de nuestras civilizaciones madres.

[1] MEDRANO, Manuel. Entrevista en BBC Mundo. Ver en: https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-59079240.

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