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sábado, mayo 18, 2024

LA CUOTA DE SANGRE

LOS MEDIOS Y LOS FINES

Debido a mi precoz infancia para los asuntos políticos, todavía recuerdo la infeliz frase que, en 1984, el malogrado ex líder aprista, Armando Villanueva Del Campo, manifestó sobre la posibilidad de que la derecha —léase, Acción Popular (AP) y el Partido Popular Cristiano (PPC)— volviera a ganar las elecciones en 1985. “Correrán ríos de sangre antes que la derecha vuelva a gobernar el Perú”, sostuvo, imaginando tal vez —como muchos partidos de la izquierda legal e ilegal de aquel tiempo y otros tantos de la derecha actual— que, aún vivíamos en un contexto político autoritario como el del Estado oligárquico en que el Partido Aprista Peruano (PAP) nació y tuvo que desarrollarse hasta clandestinamente y, por lo tanto, desconociendo la  democracia que se estaba construyendo y el fortalecimiento con el que en ese momento debían contribuir. Pensaba que la violencia era el camino para triunfar políticamente, como lo había enseñado en la practica la experiencia política de casi todo el excluyente siglo XX en nuestro país (Martín Navarro Gonzales, El origen de la unidad, 2016).

De similar forma y, bajo el mismo imaginario que el del aprista Villanueva, el grupo terrorista, Sendero Luminoso, se refería a la cuota. A esta, la podemos entender, como el acto heroico que todo militante —revolucionario o reaccionario, porque también es válido para la extrema derecha— debía realizar para que sus ideas —que eran asumidas como verdaderas— y, como consecuencia de ellas, la justificada guerra que desataron, triunfe. Y aunque todo esto ya se encontraba, de acuerdo con sus arraigadas creencias, predestinado al éxito, había que demostrar que la entrega de la vida, por medio de la violencia —y no de la política—, se encontraba subordinada a los supremos objetivos por alcanzar. La vida se subordinaba a la revolución. Eran los costos de la guerra para alcanzar un fin superior. El curso de la historia lo determinaba así, por eso la cuota debía ser fructífera.

El también ya fallecido sociólogo, Gonzalo Portocarrero, en su interesante libro sobre Sendero Luminoso, Razones de sangre (2012), la explica de la siguiente manera: “La “cuota” es el sacrificio que el partido tiene que pagar para poder crecer. Se parte de la idea que “potenciar los conflictos y radicalizar las oposiciones no puede tener otro efecto que acelerar la historia […] en la perspectiva que “estamos condenados a triunfar” […] La cuota supone que el costo de sangre puede ser una inversión ventajosa, llamada a fructificar […] “la cuestión de que para aniquilar al enemigo y preservar las propias fuerzas hay que pagar un costo de guerra, un costo de sangre, la necesidad del sacrificio de una parte para el triunfo de la guerra popular”” (p. 31). Los que ayer y todavía hoy creen en la divinidad de la cuota, tienen por fundamento explícito o implícito, consciente o inconsciente que las cosas en la política se definen por medio de la violencia y en un momento determinado por la entrega de la vida y no por su defensa. Como, una vez más, lo señala Portocarrero, “la causa de la revolución —o de los afanes políticos que cualquier organización extremista tenga, sea de derecha o de izquierda[1]— lo justifica todo” (p.30).

Desgraciadamente, esta semana, desconociendo todos estos nefastos antecedentes de nuestra política, se ha difundido un audio en el que el ex marino y hoy congresista por el partido Renovación Popular que lidera Rafael López Aliaga, Jorge Montoya, manifiesta que la “vacancia va a tener su cuota de sangre” (Diario UNO, 02/03/2022; El Comercio, 02/03/2022). Pero no solo eso, sino que, al ser consultado, en lugar de retractarse, justifica lo dicho: “Sí es posible (que haya usado el término). Yo creo que va a ver reacción. Castillo tiene apoyo y él ha estado llamado a la gente a que venga a defenderlo. Eso genera siempre una cuota de sangre. El choque, el enfrentamiento” (Infobae, 03/03/2022). Luego, en sus redes sociales, continúa argumentando que, el por entonces asesor jurídico de Perú libre y ahora presidente del Consejo de Ministros, Aníbal Torres, aseveró de igual forma que “correrán ríos de sangre” si es que los organismos electorales no reconfirmaban el triunfo de Pedro Castillo en la segunda vuelta ante las demandas de —la inexistente figura electoral de— fraude en mesa que Fuerza Popular y un grupo de abogados trató de probar para desconocer los resultados electorales y que la fiscalía, luego de la respectiva investigación, desmintió (La Repúbica, 15/01/2022). En su Twitter, dice Montoya: “Lo patético es que no se manifiestan cuando su “aún” actual premier declaró que correrán ríos de sangre, que también declaró que los cerros bajarán y tomarán las calles […]” (02/03/2022).

En efecto, el presidente del Consejo de Ministros —y no premier, pues este cargo es propio de los sistemas de gobierno parlamentaristas, pero que parece ignorar el congresista implicado—, Aníbal Torres, afirmó la misma idea, aunque con palabras distintas a las que Montoya asegura: “Si están intentando un golpe, correrá mucha sangre, pero no lo van a lograr” (Exitosa, 28/06/2021). Pero, aquí surgen algunas cuestiones: Si el opositor dice algo incorrecto y los demás, incluyendo sus partidarios, no reclaman por ello; entonces, ¿es correcto que yo también lo sostenga? ¿Es que acaso Montoya, y los que piensan y desean lo mismo que él, sean de derecha o izquierda, no se percatan que la ideología política que profesan es tan extremista, antidemocrática y criminal como la de Sendero Luminoso? ¿Acaso los peruanos no hemos aprendido nada de lo que nos pasó en el conflicto interno como para justificar las aún palabras del presidente del Consejo de Ministros o del congresista en mención?

Es por eso que, en el tiempo político que estamos viviendo, parece oportuno traer a la memoria lo que el recientemente fallecido líder de la izquierda peruana, Carlos Tapia, reveló acerca de la violencia en la política peruana sobre algunos partidos políticos de izquierda: “Para nosotros fue una decepción que en una sesión política ante la CVR, para que la izquierda dijera su punto de vista sobre el periodo de violencia política en el país, no se atrevieron a realizar una verdadera autocrítica sobre las posiciones sostenidas a favor de la violencia en los años setenta. Creo que es bien difícil construir algo sobre esta base […]” (Alberto Adrianzén, Apogeo y crisis de la izquierda peruana, 2011, p. 496).

Sin embargo, como vemos, no solo la izquierda carece de esta autocrítica o, dicho de otro modo, no solo cierto sector de la presente izquierda peruana carece de esta necesaria reflexión ético política —el ejemplo más evidente es el de Perú libre—; sino también y, sobre todo, el Partido Aprista Peruano (PAP) y las derechas vigentes. Seguramente, si hiciéramos un ejercicio clasificatorio de cuáles partidos políticos contemporáneos siempre han profesado y mantenido un comportamiento democrático, nos quedaríamos con muy poco o nada, y todo el resto debería ser proscritos por haber, a lo largo de su historia, creído o aun creer, practicado y todavía practicar, la violencia y el autoritarismo como método para la política, aunque ignoren que no son lo mismo (Martín Navarro Gonzales, Pata Amarilla, 24/02/2022). Así, sobre este asunto y comentando lo afirmado líneas arriba por Tapia, en nuestro libro, La unidad de las izquierdas una Torre de Babel (2016), sostenemos que aparte de cierto sector de las izquierdas: “también lo acompañan el PAP, con las acciones producidas en la llamada rebelión de Trujillo que hoy serían calificadas como terroristas; o como la justificación en la que tozudamente insiste el fujimorismo respecto de la necesidad del golpe de estado del 5 de abril de 1992 para combatir el terrorismo y la hiperinflación. En conclusión, como vemos, el uso de la violencia en la política peruana es una constante no reconocida, justificada por las derechas y atribuida como identidad privativa de las izquierdas” (p. 99). También el repudiable, “nosotros matamos menos que los gobiernos que nos antecedieron” (La República, 19/05/2011), del fujimorista Jorge Trelles, entra en esta triste taxonomía de frases infaustas que debelan toda nuestra miseria política.

Así es, la violencia en la política peruana es una constante y no una excepción. Por eso debemos estar atentos a lo que se esté formando en nuestras derechas conservadoras y reaccionarias —ser conservador no necesariamente lleva a una posición reaccionaria—. Cuidado y se esté alimentando uno o varios nuevos senderos, pero esta vez a la extrema derecha, por la que se pida a sus irracionales seguidores —como los de La Resistencia— una cuota de sangre para, paradójicamente, democratizar y salvar, desde el extremo fascista, al Perú de un alucinado comunismo realmente inexistente.

[1] El paréntesis y su contenido es mío.

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