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martes, mayo 17, 2022

EL LEGADO DEL 5 DE ABRIL

El 5 de abril del 92 yo estaba en tercero de media. Fue el año más convulso de mi vida, y no sólo por el golpe de Estado; ese año mi vida cambió para siempre. No recuerdo exactamente donde estábamos o cuando pasó; solo recuerdo el estupor de una generación que vio cómo después de la convulsión del paquetazo, Fujimori había vuelto a lo que pensaron que jamás sucedería: una nueva dictadura.

Yo iba a cumplir 16 años, mi padre ya no vivía con nosotros y mi madre trabajaba día y noche para darnos lo poco que teníamos. En Arequipa el terrorismo jamás llegó a las calles, pero si llegaron los efectos del gobierno fujimorista. Recuerdo que antes que sucediese hubo muchas protestas por el paquetazo, autobuses quemados, universidades paralizadas, gases lacrimógenos que nos hacían llorar porque vivíamos en el centro de la ciudad.

De pronto llegó el 5 de abril, y todo eso se paró de golpe, O EL GOLPE LO PARÓ; la gente tenía miedo, había hambre, pero nadie protestaba, porque mejor hambriento que desaparecido.

La calle se volvió más segura: nadie salía más allá de las ocho de la noche -ya Arequipa era muy tranquila antes de eso- pero al inicio del gobierno dictatorial de Fujimori las calles se volvieron más lúgubres: nadie hablaba alto, no se podía expresar en público la realidad de lo que uno pensaba, mucha gente aprobaba el cierre del congreso, pero mucha gente también sabía que no había votado por Fujimori, y que después del paquetazo escondido cualquier cosa podría esperarse

En la primera vuelta Arequipa fue bastión de su hijo predilecto: Vargas Llosa, el regionalismo arequipeño ganó; pero aun cuando Cambio 90 volteara las elecciones en segunda vuelta, la cámara de senadores y diputados estaban copados de FREDEMO, APRA e Izquierda Unida, Fujimori iba a sufrirla. Además, había basado su campaña en una mentira: NO HABRÍA PAQUETAZO… cuando todo el mundo sabía que para “salvarnos” de la situación desastrosa que el aprismo había dejado, había que tomar medidas correctivas drásticas; sin embargo él mintió, una característica que sería recurrente durante su gobierno: el uso de la mentira como medida populista. 

Y así fue: los años 90 y 91 el parlamento era una olla de grillos, con peleas televisadas y trabas democráticas para los proyectos de ley; el paquetazo marcó un antes y un después en las revueltas, y la escalada de la lucha terrorista en la ciudad de Lima dio el pie para el golpe. En Arequipa nosotros siempre habíamos sido pobres, pero por lo menos el domingo se comía algo de carne molida en los tallarines; para ese tiempo no tuvimos nada de carne durante seis meses, solo existían las lentejas.

Mi madre fue lo suficientemente previsora para comprar mucha menestra. Claro, nosotras estábamos acostumbradas, mucha gente no.

Sin embargo, lo peor no fue el hambre: creo que lo peor que le puede pasar a una sociedad es entregar sus libertades civiles por una mal entendida paz, renunciar a los ideales de una sociedad mejor por el neoliberalismo individualista de una sociedad de consumo donde cada quien tira para su lado, en la que no hay protestas ni huelgas, o los universitarios como yo terminan en cinco años, pero sus opiniones son silenciadas con miedo o con plata. 

Después del golpe y de la toma del poder por el fujimorismo y el montesinismo juntos, la sociedad peruana dio un giro hacia un abismo de donde no hemos podido salir aún; sólo un ejemplo: si antes de Fujimori había programas televisivos culturales, pasamos a tener a Laura Bozzo mañana tarde y noche, con el bien concebido plan romano de Montesinos: PAN Y CIRCO; una burda imitación de la televisión americana, donde se silenció la protesta y el hambre con entretenimiento barato y grotesco. Fujimori tuvo carta blanca para establecer su sistema neoliberal publicitándolo hasta en la sopa, subsidiando a un pueblo con migajas y haciéndole creer que es mejor que te regalen el pescado a que te enseñen a pescar. 

Montesinos, un estratega monstruoso y sumamente dotado, jugó todas sus cartas a compensar lo que lamentablemente siempre le faltó: DINERO y PODER. Se hizo con las arcas del Estado y apeló a lo peor de la naturaleza humana para conseguir sus propósitos: la avaricia. Propios y extraños pasaron por la salita del SIN: artistas, alcaldes, funcionarios públicos, militares; la degradación del Estado peruano fue tal que se transmitió inmediatamente a la sociedad peruana. 

Muy aparte del miedo y de los asesinatos, del abuso y del neoliberalismo descarado, los estamentos del Estado se deterioraron de tal manera, que ese pueblo subsidiado, terminó siendo nada sin el subsidio, y se le privó de servicios estatales de calidad. Este proceso de deterioro ha durado casi 30 años, y solo logró que la informalidad alcanzara a un 70% del total de las actividades económicas del país; al no tener Estado que ampare sus derechos, la gente se crea uno propio con sus propias leyes, en el que no se pagan impuestos y donde lo que denominamos calidad de vida es algo que deberíamos poner bajo una seria evaluación; en el que priman la coima y el dinero; en el que mientras estés bien, no importa que los demás se mueran de hambre. 

Esta es la herencia del Fujimorismo y su golpe; eso fue lo que significó para la sociedad peruana. Veamos el lío en el que estamos metidos en este momento: una clase política que no es tal, sino más bien una clase delincuencial; un país en el que el poder del dinero es lo único que persiste, donde los peseteros se confunden con los ladrones de cuello blanco, y en el que la sociedad ha normalizado el roba pero hace obra. 

Y en este panorama donde a veces el abismo es sumamente profundo ¿qué podemos hacer para sobreponernos? Tal vez debemos sentar las bases de una nueva sociedad y una nueva clase política, pues la que tenemos está podrida hasta el tuétano. Como diría el ángel a Lot: muéstrame diez justos y salvaré la ciudad. 

Supongo que los hay, pero en este momento no puedo llegar a verlos.

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